A una semana del asesinato de JFK en Dallas, el mundo todavía tenía la imagen de esa falda Chanel color rosa y ensangrentada con la que Jacqueline Kennedy bajó del avión presidencial en Washington, acompañando el ataúd con el cuerpo de su marido. Pero ella, de sólo 34 años y a cuatro días del homicidio, ya vestida de negro riguroso invitó al periodista Theodore H. White a su casa en Hyannisport (Massachusetts) para que conversaran y que sus palabras llegaran rápido a las páginas de la revista Life. La bala le quitó la vida al demócrata un 22 de noviembre de 1963 y —luego de parar las prensas y con notas de edición del texto con letra de la propia viuda— el artículo ya estaba en portada el 6 de diciembre. En una actitud paralela a su shock, la ex Primera Dama no perdió tiempo alguno para asegurarse de que todos recordaran al malogrado mandatario como un héroe. Instaurar el mito, más allá de un mártir.  

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Así, desde la propia historia que sirve de inspiración para la película Jackie, se estableció el ritmo frenético de reacción para el director Pablo Larraín (40) y su hermano productor Juan de Dios (38). Algo nuevo para la dupla detrás de El Club y No, que tuvo únicamente 33 días para que Natalie Portman les entregara su mejor versión de una de las mujeres más enigmáticas y admiradas del siglo XX. Anuncio de un protagónico que sacó titulares en mayo de 2015 y que destacaba que tras el proyecto estaba Darren Aronofsky, realizador de Cisne negro (que le dio el Oscar a la actriz). Una ‘bomba’ dentro de la industria que explotó mientras los chilenos todavía trabajaban en Neruda. 

Contrarreloj —y tres meses antes de que los Larraín aterrizaran en Francia (para la primera etapa del rodaje)— un batallón de maestros trabaja intensamente para recrear a escala el interior de la Casa Blanca en los estudios La Cité du Cinéma, de Luc Besson (director que lanzó a la fama a una Portman niña en El perfecto asesino). Verdadera ‘reconstrucción’ del corazón del gobierno norteamericano que tiene la mirada del escenógrafo y diseñador Jean Rabasse (Vatel, Delicatessen, Cirque du Soleil). En esas paredes se concentró el drama durante 23 días de la filmación, a excepción de unas tomas de la estrella en un parque de la Ciudad Luz. En cuatro espacios gigantes también está el interior del Air Force One. 

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En paralelo, Natalie Portman (35), quien reside en la capital francesa con su hijo Aleph (5) desde que su marido Benjamin Millepied (39) fuera nombrado como director del Ballet de la Opera de París, estudia a Jacqueline Kennedy, con quien coincide en edad en el momento de la historia. ¿El desafío? No caricaturizar la particular voz de la mujer del presidente. Además de documentos, libros y audios, la artista vio películas para conocer sus movimientos y distintiva respiración. También tomó clases con la profesora de dialectos Tanya Blumstein. El resultado hoy se aplaude.  

Los hermanos chilenos llegaron en octubre de 2015 a París, previo a los atentados terroristas del viernes 13 de noviembre. Juan de Dios incluso vivió la experiencia con su familia que se trasladaba con él. Mientras Portman declara que la atmósfera de dolor en Francia coincide con su relato de luto en los primeros días del asesinato de JFK, en términos de logística el estado de emergencia impuso el primer desafío a los chilenos: la seguridad en un calendario ya apretado. En lo demás, los Larraín trabajan con códigos bastante similares a como se hace en todo el mundo: las estructuras de equipo y reuniones no tienen mucha diferencia. Sí en Chile el área de producción tiene más control en comparación a lo que pasa con la experiencia de Francia, en que la dirección asume todo el manejo. 

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Trabajar con el menor tiempo posible es la gran enseñanza de la experiencia. La presión es un buen alimento, pero cuando es demasiada puede generar problemas graves. Hay que aprender a manejarla. Y los hermanos estuvieron bajo mucha, mucha presión por cumplir los tiempos”, cuenta un testigo del proceso que contó con un equipo totalmente extranjero de 80 personas. A lo que se suma esas ‘discretas visitas’ de gente de la industria que va a darse unas vueltas para verlos. 

Entre los puntos altos está la relación de ambos con la protagonista, totalmente distendida. Portman siempre estuvo de buen ánimo, exhibiendo todo su oficio en los más de veinte días de intensas escenas en La Cité du Cinéma. Nunca tiene una pataleta o berrinche antojadizo. Como su casa está en París, se levanta como cualquiera del grupo que va al trabajo. Su hijo Aleph sólo aparece de visita en un par de ocasiones. Rutina que cambia cuando viaja a Washington, donde el niño y su mamá la acompañan para la semana y media del cierre de la producción.

La capital estadounidense impone otro tipo de trabajo. Se coordina un momento inolvidable y emotivo con el Ejército: el cortejo fúnebre con carruajes y caballos que replican al que tuvo JFK. Esa relación de colaboración se corona a fines de este mes con una exhibición de gala de Jackie para ellos. Instancia muy oficial en la que participará hasta la orquesta de los uniformados. 

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En Estados Unidos la película tiene varios momentos frente a escenarios reales. La prensa de la época registró a la viuda en cada movimiento, así que es imposible evitar esos hitos urbanos. La policía cierra un domingo por la mañana las calles para la procesión, servicio que se coordina con mucha antelación por los desvíos y tarifas a pagar por cuadras y funcionarios (a diferencia de Chile, donde Carabineros es facilitador). Así, a las afueras de la Casa Blanca, Natalie Portman, vestida de luto y con su cara cubierta por un velo, camina tras el cortejo de su marido por la Avenida Pennsylvania.

En esos diez días en Washington, el equipo se redujo (60 personas), pero el estrés sube. En el aeropuerto Easton de Maryland recrean la llegada del matrimonio gobernante a Dallas en el Air Force One sólo con la escalinata. En esa misma zona (con ayuda del telón verde para incluir a la ciudad original) filman el asesinato frente a la Dealey Plaza cuando la pareja saluda.

Tema aparte es la ropa destinada a Portman. Madeline Fontaine es la diseñadora de vestuario a cargo de este minucioso trabajo que los admiradores de la elegante mujer conocen al revés y al derecho. El Chanel rosa original manchado con sangre está en los Archivos Nacionales de Estados Unidos, luego de que su hija Caroline Kennedy lo donara en 2003 bajo la condición de que no estuviera a exhibición pública hasta 2103, cuando ya no estuviera vivo ninguno de los protagonistas del clan.

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Afortunadamente la historia que muestra Pablo Larraín (elegido director internacional del año por Variety) son sólo cuatro días en la vida de esta mujer legendaria que no repetía trajes. Fontaine dice a Vogue que el dos piezas rojo que aparece en el afiche fue el más difícil de elaborar. Hicieron dos versiones para dar con el tono correcto para la cámara de TV blanco y negro que la sigue en un recorrido que ella da por la Casa Blanca en 1962. En el resto hay sólo algunos detalles distintos (como un vestido de gala para el concierto de Pablo Casals en 1961) que se modificaron sutilmente para no acentuar la diferencia de altura y talla entre la actriz y Jacqueline Kennedy. Pero también prendas que hablan de su personalidad, como los guantes, de los que era fanática porque se comía las uñas.

Nadie de los Kennedy declara haber visto la película. Tampoco se acercaron a los chilenos durante la producción. La reacción queda a la espera porque son muy protectores del mito de su ‘Camelot’. El mismo que Jackie se encargó de que nadie olvide en su entrevista luego del funeral.