Se puso a ‘perrear’ en la TV estadounidense. Lo hizo increíble y no ‘se le cayó ninguna corona’. Helen Mirren (69) tiene trofeos para vanagloriarse y alzarse en un inalcanzable pedestal: el Oscar, Globo de Oro, Bafta y Laurence Olivier,  entre otros (sólo le queda pendiente el Tony, que podría llevarse el próximo año por The Queen). Cuenta con una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.  La Corona británica la declaró Dama. Esta inglesa de origen ruso usa el humor. Se mantiene conectada. No ha entrado al quirófano para rejuvenecer, pero en sex appeal le pone un pie encima a la más siliconada veinteañera. Ella es una diva y sin embargo no replica los moldes de antecesoras. Casi tiene setenta años, pero su estilo pasa por ser moderna entre las modernas.

A nuestro encuentro aparece con un vestido Dolce Gabbana de encaje blanco y sandalias de color rosa. Se ve impresionante, como siempre. En días en que la intolerancia, conflictos entre etnias, la religión como excusa de guerra se toman las noticias, la actriz promociona una comedia que toca con dulzura el tema de las diferencias. 

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Se trata de Un viaje de diez metros, basada en el best seller del mismo nombre, de Richard C. Morais. En él interpreta a una francesa que lidera en un rincón de su país uno de los más exclusivos restoranes de Europa. Un prestigio y rutina que se ven descolocados cuando, literalmente enfrente una sencilla familia india instala su propio negocio gastronómico.

Mirren tiene clara conciencia del impacto de la inmigración. Creció en la zona este de Londres, donde hace algunas décadas encontraron casa distintas comunidades. De repente, su británico barrio cambió de colores. Y ella amó ese ambiente cosmopolita y los nuevos aromas que salían de las cocinas.

En la campaña por esta cinta se vio enfrentada a la triste noticia de la muerte de Robin Williams. Mirren aprovechó ese momento para contar que ella también fue diagnosticada con Parkinson. Colabora con la causa y, al contrario del malogrado comediante, mantiene una actitud optimista frente al futuro. Al punto de darse el lujo de cumplir sus fantasías de adolescente: en Un viaje de diez metros, ¡por fin actuó como francesa!

—¿Se considera  una persona conectada con la tecnología?

—No. Pero me encanta. Es una de las razones por las que me gustaría vivir hasta los 150 años: para ver sus fascinantes cambios.

—¿Usa las redes sociales?

—No, es uno de los pocos temas que no me agrada. No es que me molesten, pero me parecen de mal gusto. Aunque sí los veo como una gran herramienta política y, obviamente, de marketing.

—¿Nunca los probó?

—No. Bueno… Confieso que entré a Facebook bajo un nombre falso sólo por 24 horas para conectarme con los chicos de la familia, mientras estábamos de viaje con mi marido (el director Taylor Hackford). Y rápidamente lo hallé muy intrusivo. No deseaba que extraños quisieran ser mis amigos.

—En la película Un viaje de diez metros su acento parisino es fabuloso, ¿la consecuencia de cinco años en colegio francés?

—En parte, pero también es el resultado de mi historia de amor con ese país. Cuando era joven todo lo que tuviera que ver con Francia me parecía cool y creía que su gente era la más chic del planeta. Quería desesperadamente ser francesa, hasta me conseguí un novio de allá (risas). Es lo más cerca que llegué. Tenía catorce años y todavía sé de él, Jean-Louis. Luego, trabajé en París durante seis meses con Peter Brooks en el Centro Internacional de Investigación Teatral.

—¿Tiene casa en Francia?

—La tuve por veinte años pero ahora, tristemente, la tengo en venta. Con mi marido nos trasladamos a Italia, nuestro nuevo hogar. Así que trato de aprender italiano.

—¿Cómo llegó a usted  esta película?

—Bueno, me emocioné desde el principio, porque parte de mi vida tuve como objetivo convertirme en actriz francesa. En los años ’70 cuando trabajé allá con Peter Brook me encantó: arrendé una pequeña buhardilla en La Rive Gauche, todo muy bohemio. Pero la vida toma otros rumbos y seguí recibiendo trabajo en Inglaterra que tomé para pagar cuentas, incluida la de ese departamentito parisino (risas). Por eso me encantó este proyecto es que, ¡por fin!, podía fingir ser una actriz francesa. Sí, por primera vez en mi vida.

—No es una gran cocinera, pero en la película tuvo que generar aprecio por la gastronomía.

—Bueno, por el negocio de tener un restorán. El proceso de crear uno profesionalmente es extraordinario. Requiere dedicación y te consume. Llegué a apreciar el hecho de que la comida es una forma de arte, tanto como la escritura, la música o la actuación. Las personas que se involucran en la cocina se obsesionan como cualquier otro artista.

—Esta cinta aborda el hecho de que la comida puede evocar un recuerdo. ¿Ha experimentado eso con algún plato?

—Absolutamente. Mi madre no era una gran cocinera, pero tenía un par de recetas que hacía de maravilla, como un increíble pirozhki para mi papá, quien era ruso. Era un tipo de tarta de repollo. Curiosamente, cuando visité Viena pasé por un mercado con un puesto que vendía pirozhki. Compré uno y se me vino de inmediato el recuerdo e imagen de mi mamá.

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—Durante muchos años, usted era la estrella más sexy de teatro inglés y todavía es considerada como tal.

—¿Era yo? No lo sabía… Nadie me lo dijo. ¿Desde hace muchos años? (bromea).

—¿Hubo algún momento en que empezó a ver algunos cambios en la actuación o hacia su cuerpo como herramienta en teatro?

—Pienso que siempre he sido consciente de esa precisa frase: Tu cuerpo es tu herramienta. La voz, cuerpo y mente son tus instrumentos principales como actriz. Quizá más en teatro que en cine. Pero siempre he sido muy consciente del aspecto físico en la actuación. Así que sí es agotador. Hay que estar muy en forma, especialmente en esas obras muy largas y exigentes. Pero no he hecho un enorme esfuerzo para permanecer en forma. De hecho, no lo estoy. Esta misma mañana, después de meses, retomé mis ejercicios.

—¿Qué hace?

—La verdad es que se trata de una disciplina muy anticuada. Una rutina de ejercicios llamada Sociedades Femeninas de la Fuerza Aérea. Te diré que es brillante. Sólo ocupa doce minutos y lo puedes realizar en tu pieza. Hay una tabla de tareas que hay que seguir, pero confieso que no paso al segundo nivel de gráficos. El objetivo es tener un lapso de tiempo en que no exista un día en que no hagas esos doce minutos. Ya que si te saltas el plan, no puedes subir al otro paso. Así, vas ascendiendo con distintas rutinas. No necesita ningún gran espacio. Creo que es brillante. Es el ejercicio que he hecho intermitentemente toda mi vida. Lo bueno es que te da una resistencia que permite que también puedas complementar con un gimnasio. A dos semanas de hacerlo todos los días y usted piensa, ‘Sí, yo podría ir al gimnasio ahora’.

—Entonces, ¿cómo se mantiene tan delgada si no ha ejercitado?

—De vez en cuando hago dieta. Soy del tipo clásico ‘yo-yo’. Así que no deberíamos estar hablando de peso (carcajadas). Hablemos de comida, que es mucho más interesante. Pero, la verdad, estoy siempre subiendo y bajando los mismos cinco kilos. 

—¿Le sorprendió el revuelo que causó su foto en bikini?

—Quedé impactada. Es alarmante, porque te conviertes en una carrocería y, honestamente, no es un asunto muy cómodo. Y sí, fue maravilloso y, de cierta manera, un gran elogio. Muy halagador, aunque no particularmente veraz (dice humilde). Pero insisto, fue un poco alarmante.