Con las sobrias y penetrantes actuaciones de Sandra Bullock, George Clooney y la voz de Ed Harris, la cinta es un viaje inmóvil por la tremenda fragilidad del ser humano, la inmensidad de espacio, el poder del silencio y la lucha de una mujer por sobrevivir mientras la destrucción arrasa y de fondo, la Tierra se ve como una adorable, hogareña pero a cada minuto más distante bola azul.

Cuarón logra, con ojo quirúrgico, colocar al espectador dentro de un traje espacial y sumergirlo en el cuerpo y alma de dos astronautas (Bullock y Clooney) a los que un inesperado choque con residuos de un satélite deja a la deriva en el espacio abierto y con todo en contra para sobrevivir.

Pero si alguien se atreve a calificar a Gravedad como una película de ciencia ficción, de seguro se quedará corto. Independiente del gigantesco trabajo de efectos especiales que luce, Cuarón y compañía corren la línea un poco más allá y nos hablan directamente, sin moralinas, de la lucha de una mujer —la novata astronauta Stone (Bullock)— contra la adversidad, de cómo enfrenta sus propios demonios cuando las reservas de oxígeno y de fe están casi agotadas.

Una pelea por la vida que sólo una mujer puede dar y que incluso deja en la pupila la sensación de que aunque vimos una película de astronautas, en realidad estábamos en una sala de parto.

Una pieza preciosa, en la forma y el fondo, que de seguro pasará a convertirse en uno de los nuevos clásicos del cine en 3D y de cualquier otro tipo, en realidad. Gravedad obliga a ser vista en una sala de cine y ojalá con algo, o preferentemente alguien, a quien aferrarse.