Con ella el actor sella una carrera marcada por una inseguridad tan grande que cuesta creer… y por la que plantó incluso a Fellini.

Comenzó con papeles pequeños en televisión y teatro, pero tuvo que esperar 12 años para que su talento fuera mundialmente reconocido. Con El graduado (1967), Dustin Hoffman comenzó a escribir su nombre junto al de los grandes de la industria.
The voice, como se le conoce por su inconfundible y potente voz, compró un boleto de ida hacia el estrellato y ganó un sinnúmero de premios por su talento, entre ellos dos Oscar, cinco Globos de Oro y más…
Pero debió esperar 50 años para vencer sus miedos y, al fin, dirigir su propia película que por estos días llega a Chile: El cuarteto, una adaptación de la obra de Ronald Harwood que retrata la vida de cuatro cantantes de ópera retirados que viven juntos en una mansión (la casa Beecham) y que organizan, una vez al año, un concierto para recaudar fondos que les permitan mantenerse. El filme —comedia mezclada con drama—, sella la exitosa carrera del actor de 1.66 metro, y fue, de hecho, el encargado de cerrar el Festival de Cine de San Sebastián, donde Hoffman recibió el Premio Honorífico Donostia, de manos del actor argentino Ricardo Darín.

Pero la película también da cuenta del largo y difícil camino recorrido para superar inseguridades frente a la pantalla grande. Además, habla sobre las oportunidades desperdiciadas y de la desilusión que le causó a muchos directores antes de convertirse en la leyenda que es.
Hoffman maduro y pos terapia admite que fue un colegial bastante aislado que sufrió por las burlas de sus compañeros. Y en su familia, a sabiendas que sus padres esperaban el nacimiento de una niña y no de otro niño, debió buscar siempre la forma de diferenciarse de su hermano. Dos situaciones que lo marcaron, que alimentaron su vulnerabilidad y que, mirado desde otra perspectiva, pudo alentar su genialidad.

INSEGURO FUE SIEMPRE. POR ESO, ESQUIVÓ OPORTUNIDADES, convencido de que muchos papeles que le ofrecían no eran idóneos para él y rechazó a directores estrellas. Una vez dejó plantado a Samuel Beckett cuando se iban a reunir para discutir un proyecto. “Debía juntarme con él en un bar de París para una nueva versión de Esperando a Godot, pero seguí caminando a lo largo de la cuadra. No pude entrar por esa puerta. Le dije que no sabía que nos reuniríamos ese día. Siento vergüenza de mí mismo”.
—¿Le contó a su mujer lo que hizo?
—No. Ella me preguntó ‘¿no tenías una reunión hoy?’. Le dije que era sólo tentativo, que nunca habíamos cerrado el acuerdo.
El actor reconoce que constantemente buscó razones para no hacer algo y que, por eso, desperdició muy buenas ofertas. Hoy se arrepiente. “He desilusionado a muchos por no creerme lo suficientemente bueno. Incluso planté a Federico Fellini”.
—¡¿También a Fellini?!
—Me hice esa misma pregunta durante años. La razón es que nunca usaba el sonido original, sino grabaciones pre hechas. Pensé que el resultado no iba a ser el mejor, por lo que decidí negarme a trabajar con  él. Yo amaba a Fellini y lo desilusioné…
—Ya no haría lo mismo, imagino.
—Por supuesto que no. Existen personas alcohólicas, algunos adictos a drogas y otros que desperdician grandes momentos en la vida. Creo que pertenezco a esa categoría.
—¿Por qué lo hizo?
—Es muy complicado de explicar. No era una excusa para no trabajar, sino que me era muy difícil permitirme el éxito. Hubiera estado mucho más cómodo sobreviviendo a costa de la actuación, que era lo que en verdad quería. El graduado fue sólo un accidente que traté de desconocer por muchos, muchos años.
Sobre la película que acaba de dirigir y que ya tiene a una de las actrices (Maggie Smith) nominada a un Globo de Oro como mejor actriz en comedia, Hoffman reconoce que ésta era una oportunidad que no podía dejar pasar y que, de haberlo hecho, su mujer lo hubiera abandonado.

“LEÍ EL GUIÓN Y LLORÉ. SABÍA QUE ERA MI OPORTUNIDAD después de tanto tiempo. Mi señora y mi terapeuta me ayudaron mucho en este proceso. De no ser por ellas, nunca hubiera tomado la iniciativa”.
Un aspecto que emerge inmediatamente después de ver la cinta es la capacidad del protagonista de Kramer vs Kramer (película por la que ganó su primer Oscar en 1980) para sacarle lo mejor a su elenco británico (Michael Gambon, Billy Connolly, Pauline Collins y Maggie Smith), a quienes califica como los mejores actores con los que ha trabajado.
—Es curioso que alguien con su reputación reclutara a la temible Smith para hacer un protagónico. ¿No le tenía miedo?
—Me advirtieron que ella te puede destruir si no haces las cosas en serio. Eso no iba a pasar. Cuando la conocí nos sentamos en un sillón. Le dije que ambos teníamos la misma reputación: ser duros con los directores. Y nos llevamos bien de inmediato. Es brillante.
—¿Y usted cómo se define en el rol de director?
—Soy menos demandante que los dos primeros con los que trabajé. Llevo años en este rubro y conozco bien la relación actores-directores. Es un alivio hacer lo que los demás directores no hacen: dejar a un actor acercarse al monitor, ponerse los audífonos para escuchar mejor las escenas… La gran mayoría no permite eso, les gusta tenerte como un subordinado.
Hoffman reconoce que ha vencido a un demonio y que se siente muy tranquilo “Estoy en mi mejor momento, tanto personal como profesional”, dice a la vez que agrega que le pidió a su sicóloga que siguiera con él una vez muerto.
“Visité a mi sicóloga durante 10 años para que me quitara el miedo a dirigir. Con un buen terapeuta, uno puede conseguir cualquier cosa”, agrega el actor que en 2012 recibió también el Kennedy Centre Honours que entregó el Presidente Obama por su contribución a la cultura artística americana.

Ese mismo año Dustin fue motivo de otro titular: ‘Hoffman le salva la vida a un abogado’. Era un corredor de 27 años que se desplomó cerca de él, a causa de un infarto en un parque de Londres.