Ante una cartelera llena de blockbusters, la italiana Amores frágiles (Amori che non sanno stare al mondo) parece una guerrillera. Principiante y algo desarmada, su mayor mérito es estar en cartelera e intentar hablar del amor cuando se acercan, o se pasan, los cincuenta años.

La directora y guionista Francesca Comencini se lanza a la aventura presentando la historia de Claudia (Lucia Mascino) y Flavio (Thomas Trabacchi), dos profesores universitarios de literatura que se enamoran, inician un apasionado romance adulto, que después entra en crisis, con una esperable separación que luego da paso al duelo y la experimentación con otras relaciones. Hasta este punto, Amores frágiles no muestra ninguna novedad, aparte de la edad de los protagonistas, que rondan los cincuenta.

Para algunos millennials será sorpresa ver que a esos años todavía existe vida sexual y afectiva activa. Aparte de ese elemento y de la cómica intensidad de la pareja, la cinta se pierde entre escenas de sexo y un enredoso tránsito entre los momentos de amor y de fracaso que vivieron antes de separar sus vidas. Dramedia para adultos, Amores frágiles funciona irregular, se llena innecesariamente de lugares comunes (incursiones lésbicas, relaciones con décadas de diferencia) y desperdicia su difuso discurso de fondo: la fragilidad de la vida íntima, los dolores que acompañan el envejecimiento y la necesidad de sentirse vivo de los adultos maduros.