Isabelle Huppert y ese halo de frialdad —que surge de su natural distancia en público— se vino abajo hace pocos días cuando la ídola parisina (63) escuchó su nombre como ganador en los premios neoyorquinos Gotham. “Estoy sin aliento. Sin palabras”, dijo en el escenario y al borde de las lágrimas. Con su trofeo a Mejor Actriz en las manos así explicó su reacción: “No lo esperaba, se los prometo. Me dijeron que era un premio estadounidense. Eres francesa y nunca lo conseguirás”.

Con una maquinaria publicitaria y de marketing que ya se desata en los días en que distintas ceremonias entregan los máximos reconocimientos al cine de la temporada, no estaba tan errada en su percepción. Aunque compite con famosos nombres locales como Natalie Portman (Jackie), Amy Adams (Arrival), Annette Benning (20th Century Women) y la encantadora Emma Stone (La La Land), Hollywood quedó boquiabierto con su trabajo en la película Elle, ya estrenada en Chile y donde hace una inédita sociedad con el director holandés Paul Verhoeven (Bajos instintos). 

La historia (basada en la novela de Oh…, de Philippe Djian, autor de Betty Blue) comienza con su violación, dejando en shock al público. Pese al traumático inicio, muchos medios definen la cinta como “comedia”.  

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Obvio, Huppert no teme a aguas desconocidas ni a la complejidad moral. Lo demuestra su amplia e intensa filmografía con títulos como La ceremonia (Claude Chabrol) y La profesora de piano (Michael Haneke).

En el caso de Elle se demuestra con la inesperada reacción de su ultrajada protagonista: la aguda ejecutiva Michèle Leblanc. La actriz llega al papel después de que una decena de luminarias hollywoodenses (incluida Nicole Kidman) no aceptaran la propuesta de Verhoeven.

En tiempos en que el ‘tema de género’ logra su espacio, esta cinta exponía a su protagonista a infinitas explicaciones por la manera en que aborda su violación. Nada raro que estrellas evitaran la polémica. ¿La postura de Huppert? “Michèle toma el poder y no se victimiza”, señala a Los Angeles Times. Así, su conocida actitud gélida también se instala en la pantalla. 

En entrevista conjunta con el director enfatiza que se trata “de la historia de una mujer, no una declaración dirigida al género femenino”.

La atrevida actriz, sin embargo, confesó al New York Post sobre esta apuesta: “Actuar es fingir y es lo que sé hacer. Pero ver esta película fue la parte más difícil. Resultó casi más duro que realizarla”. 

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Si el público masivo no reconocía a esta diva europea, después de Elle será difícil olvidarla. La prensa recurrentemente la presenta con la etiqueta de “la Meryl Streep francesa”. Ambas tienen un registro actoral que con el tiempo se hace aún más amplio. Y, como la multipremiada estadounidense, esta parisina tiene llamativos records, como sus 15 nominaciones al César, el Oscar galo. La estatuilla norteamericana le ha sido esquiva, pero el 27 de febrero del próximo año podría cambiar esa historia. Hay bastantes señales a su favor.

De familia burguesa, partió temprano en los escenarios. Cuando tenía 14 años su madre intuyó que tenía talento y la matriculó en el conservatorio. 

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Moderna, orgullosa de sus arrugas, con cabellera al viento y vestuario clásico se ubica entre las referencias de la moda en Francia. Después de Elle, muchos también ven en ella a un nuevo arquetipo de mujer por cómo define su papel: “Michèle es lo que llamaríamos una post feminista, que construye su propio comportamiento y espacio”.

Casada con el productor Ronald Chammah, la pareja tiene tres hijos. La mayor, Lolita, sigue sus pasos y el menor, Angelo, estudia en Nueva York. El segundo, Lorenzo, está a cargo de la programación del cine que la actriz compró en Barrio Latino de París y que ella bautizó como Christine 21. “No vendemos pop corn”, repara. Como si alguien pensara que eso es posible o quisiera desafiarla.