Después de eso, ni ella ni el lugar volvieron a ser los mismos. Y del moreno que la sedujo no supimos más…

Fue un amor fugaz e intenso, un romance de verano. De esas historias inconclusas que se graban a fuego en los corazones de quienes las viven: Buzios quedó marcado de por vida; Brigitte Bardot se encandiló con su naturaleza salvaje y aunque después decidió dejar el ‘romance’ hasta ahí, la caleta no volvió a ser la misma: la bomba francesa la transformó en el ‘Saint Tropez’ de Brasil. Y Bob Zagury, el playboy brasileño que en ese entonces estaba con ella, pasó a tercer plano en este triángulo.
BB tenía 30 años cuando le cambió el destino a uno de los cientos de pueblos de pescadores de Brasil. Buzios —a casi 200 kilómetros de Río de Janeiro— había sido poblada por indios, portugueses y piratas franceses. Y fue, también, un punto de tráfico de esclavos. Para la primera visita de Bardot, en enero de 1964, sus más de veinte playas ‘eran’ para unas pocas familias de clase alta carioca que —desde los ’50— habían descubierto este paraíso aventurándose por caminos de tierra y buscando un lugar rústico, casi privado, que se puede recorrer prácticamente entero caminando a la orilla del mar. Y que, después de Brigitte, saltó al escenario mundial del turismo.
Todo empezó cuando la actriz —que estaba en lo alto de su fama— voló a Río para ver a Bob Zagury. Al aterrizar se percató de que el escape romántico se había filtrado y una ola de paparazzi también la esperaban en el aeropuerto. La leyenda dice que la pareja arrancó dejando todas sus pertenencias allí, incluido el pasaporte.

Después de unos días —donde apenas pudieron salir del departamento por el acoso de los fotógrafos—, ella se preparaba para volver a París cuando se les ocurrió llegar a un trato con los medios: se alejarían de la ciudad rumbo a un lugar tranquilo, junto a su amigo y fotógrafo francés Denis Albanèse, quien retrataría las vacaciones de Bardot, y compartiría las fotos con la prensa, a cambio de que los paparazzi los dejasen en paz. La oferta funcionó.

Partieron en un yate con destino a Armação do Buzios. Allí se instalaron por tres meses, viviendo entre pescadores y niños, un tiempo de paz, amor, naturaleza y libertad. Luego, BB embarcó a París y volvió a fines del mismo año, aunque después de ese segundo viaje, nunca más regresó.
Imágenes de ese tiempo se pueden ver en una sala-museo ubicada en la calle que recorre el balneario, donde está también la famosa escultura de BB, en bronce, a tamaño real, frente a  la Praia de Armançao.
Pese a que sólo dos años después de la visita de Bardot, el vocalista de los Rolling Stones, Mick Jagger, llegó a la península y tocó la guitarra en la Praia do Canto para los pescadores y un grupo de jóvenes cariocas, y a lo largo de los años varias estrellas, incluyendo a Madonna, han pasado por ahí, nadie ha provocado el impacto de BB.

FUERON DÍAS DE BAJO PERFIL, AGUAS TIBIAS Y AMBIENTE APACIBLE. Ella paseaba con su gato, vestía sus pareos tahitianos, flores en el pelo y sorprendía con los primeros topless en arenas casi vírgenes. En filosóficas conversaciones abogaba por un camino de amor y contacto con la naturaleza y los animales, la importancia de la ecología, el no consumo y la celebración constante de la vida. Sus días transcurrían en la playa con algunas amigas, esperando que los hombres trajeran la pesca para la comida, y luego quizá venían unas caipiriñas mezcladas con un guitarreo, donde cantaba, bailaba y el mar le hacía de testigo.

Las más de 400 imágenes prometidas por Albanèse a la prensa mundial no sólo mostraban la belleza espontánea de la rubia en bikini, sino que además las preciosas playas. Demoraron poco en dar la vuelta al globo poniendo a todos de cabeza para localizar aquel paraíso terrenal.
La publicidad fue tan tentadora y Buzios comenzó a llenarse de curiosos que querían bañarse en las mismas aguas que la estrella francesa. En un par de años abundaban cientos de turistas, posadas y tiendas de artesanía. Hoy, cuatro décadas después, es el balneario top por excelencia, con más de 400 posadas, y donde veranean la elite brasileña y argentina, además de viajeros de todas partes.
Parada obligada de los cruceros de lujo, mantiene su aire apacible y, a ojo de buen observador, sigue siendo un lugar donde grandes casas con enormes ventanales no necesitan rejas ni barreras eléctricas. Vecina a Río tiene, sin embargo, una realidad a años luz, si de seguridad hablamos.
Los espacios que ocupaban las rústicas tienditas o picadas, hoy son boutiques de exclusivas marcas y elegantes restoranes. La romántica Rua das Pedras, donde se hospedaban, se convirtió en un bullicioso paseo peatonal que vive de día y noche.

“COMPRENDO QUE NO HAYA VUELTO.  MIL VECES LA HAN INVITADO LOS ALCALDES con la esperanza de hacer el gran acontecimiento, pero Brigitte nunca aceptó… Es lo bastante sabia para saber que nadie pudo detener el tiempo. Y para saber que el mejor regalo para los buzianos y demás visitantes es no confrontarlos con la BB de tercera edad. “Mejor que se queden con el mito”, dijo la argentina Marcela Mayol a O’Globo. En ese entonces ella estaba casada con Ramón Avellaneda y hospedaron a BB en su casa de adobe que ahora es la Pousada do Sol y el restorán Cigalon. No había agua corriente ni electricidad, pero “con un pescado a las brasas, una viola y 27 años, ¿qué más hacía falta?”, preguntó Marcela a O’Globo.
Sonia Persiani le arrienda a Marcela parte de la casa y es fiel testigo de que la curiosidad hacia Bardot sigue viva. “La mayoría de los turistas viene a conocer dónde se quedaba y permanecen largo rato mirando las fotos de esos tiempos. Quieren saber dónde iba, qué hacía”, cuenta. Incluso los franceses se impresionan e, incluso, sugieren que la actriz es más famosa allí que en su propio país. Basta decir que el paseo principal costero se llama Orla Bardot, el cine local y una galería también llevan su apellido, y su imagen yace inmortalizada en una escultura de la artista local Christina Motta. Mirando el mar en la playa de Armação, congelada en el tiempo e idealizada por su amado Buzios, se ve a la “fundadora” sentada frente a la puesta de sol, cerca de tres pescadores que recogen sus redes.

¿Y CÓMO BUZIOS NO IBA A ENAMORARSE DE ELLA?… “Era verdaderamente fascinante. Entretenida, muy educada, culta… ¡tenía memoria de elefante! Cantaba, bailaba, cocinaba, ¡todo bien! Se merecía la admiración que tuvo”, dice su amiga chilena Goya Silva. Conoció a Brigitte en Ginebra a mediados de la década y forjaron una gran amistad. “Había ido hace poco a Buzios por segunda vez y hablaba del lugar con un gran cariño, sobre todo porque podía pasear libre y la gente era muy amable, la trataban como reina, no la acosaban”, comenta.
Los pescadores de entonces, que trabajaban por trueque y vivían del mar y para el mar, ya no están. La casa de Raúl Avellaneda en la Rua das Pedras sigue en pie, pero la rodean construcciones modernas y antiguas que se mezclan, dando cabida a todo tipo de locales comerciales, bares y restoranes que nunca cierran. El bullicio es intenso de día y de noche. Arriendo de buggies, tiendas de ropa de marca, elegantes boutiques, más restoranes y más tiendas… ¿qué diría Bardot al ver cómo el consumo se impuso en su caleta?

Quizás ahí tiene otro motivo para no volver. No sólo el balneario se encontraría con otra BB —como advierte su amiga Marcela Mayol—, sino que ella también se enfrentaría a otra realidad. Poco queda de la caleta que la hipnotizó y de las playas vírgenes que la escucharon cantar. Tal vez es mejor, tal como en esos romances inconclusos, que ambos se queden con lo que fue y vivan de la memoria.