Basada en la historia real de Gary Webb (Jeremy Renner), un periodista de un diario pequeño en California, que se encuentra de frente con una desastrosa verdad que implica al narcotráfico y a los más altos poderes de Estados Unidos en una misma trenza.

Bajo la dirección de Michael Cuesta, que también condujo algunos capítulos de la serie Homeland, Matar al mensajero funciona poderosa como una intriga que crece como la espuma, tal como décadas antes lo hicieron cintas como Todos los hombres del presidente. Aquí, Webb se toma muy en serio una historia silenciada con amenazas de destruir su carrera y su propia vida. Desde un modesto periódico, en 1996 el periodista descubrió las conexiones entre la CIA con el narcotráfico en los ochentas y cómo el dinero por la venta de crack en los barrios negros de Los Angeles terminaba financiando armas para contrarrevolucionarios en Nicaragua.

La combinación entre una gigantesca historia contada por un medio pequeño le entrega todo el nervio a Matar al mensajero, donde Jeremy Renner se luce pasando desde la incredulidad sobre el tema que tiene en sus manos, al arrojo de reportearlo, la euforia de publicar la investigación y finalmente el calvario que tendrá que vivir cuando los poderosos quieran sacarlo del juego.

El caso, conocido ampliamente, pero tapado luego por el escándalo sexual de Clinton en la Casa Blanca, terminó con Webb —ganador del Pulitzer— “suicidado” años después. Pero su vía crucis, enmarcado en un thriller conspiranoico, sin estridencias, es simple y poderoso. Kafkiano en su mejor versión.

Cuesta maneja con elegancia una historia que podría haber sido decadencia pura. Dota de humanidad a un hombre enfrentado a decir la verdad cuando callar es la mejor opción. La ambientación noventera, con música de Pearl Jam mediante, es pulcra y cuidada.

Matar al mensajero es de esas películas que siempre llegan con medio año de retraso a la cartelera nacional, pero que debe ser vista por mentes inquietas, sobre todo por seguidores de series como Homeland o House of cards.

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