Woody Allen tiene un espíritu incansable a pesar de que a él le gusta quejarse de los caprichos y las decepciones de la vida. Le gusta reclamar. A lo largo de su ilustre carrera ha meditado sobre el romance, las relaciones y las contradicciones inherentes a la vida diaria. Desde Manhattan a Crímenes y pecados hasta Match Point, ha prosperado en la exploración de la angustia existencial que él cree que define la condición humana.

Su nueva entrega, Irrational Man marca la película número 46 de su carrera. La estrenó en el último Festival de Cannes, donde siempre ha sido considerado como una figura mítica por los franceses.

Esta producción tiene un tono más oscuro que títulos recientes como Magia a la luz de la luna (con Emma Stone) o la aplaudida Blue Jasmine (que le valió su segundo Oscar a Cate Blanchett). Sí, una vez más, Allen aborda el papel que el azar juega en los caminos inesperados que nos lleva la vida.

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“Nunca he creído en el destino”, dice. “Siento que todo es una cuestión de suerte. La vida es caprichosa e impredecible. A pesar de nuestras mejores intenciones se rige por una serie de eventos y circunstancias inexplicables”, dice. “Pequeñas decisiones como conseguir una taza de café también pueden ser responsables de tu muerte en una forma totalmente incomprensible”, añade el director.

En Irrational Man, Joaquin Phoenix interpreta a Abe, un profesor de filosofía confundido y desesperado que se libera de su angustia tras un crimen sin sentido. El académico se fija en los encantos de su brillante y atractiva estudiante Jill (Emma Stone), mientras desarrolla en paralelo una relación con Rita (Parker Posey), una profesora de química bebedora y sexualmente voraz que está infelizmente casada. En este contexto, el protagonista encuentra una inesperada ligereza interior después de un asesinato ilógico. Tranquilidad que intriga a quienes lo rodean.

El realizador neoyorquino ya tiene 79 años y se ve en buena forma después de dormir “sólo tres horas” en el vuelo que lo trajo a Cannes, donde lo entrevistamos. Inquieto, todavía trata de crear “una obra maestra que me defina”. Admite que aquello es lo que lo mueve para seguir trabajando.

—Woody, ¿qué situaciones lo vuelven irracional?

—¡Muchas cosas! Esta mañana tuve el deseo irracional de matar a todos después de que mi reloj no sonara para despertarme y estar listo para mi rueda de entrevistas. Pero mi ira no se dirige a nadie en concreto, es contra el mundo en su conjunto. Es la condición humana. Creo que gran parte de nuestra angustia y rabia proviene del hecho de que la vida no tiene sentido. Esa es la realidad fundamental y absurda que enfrentamos: envejecer, sufrir, no encontrar la felicidad de forma duradera. Y no podemos hacer nada al respecto. El poeta W.H. Auden dijo que la muerte acecha a la vuelta de la esquina tal como “el lejano sonido de un trueno en un día de picnic”

—¿Cree que estamos condenados a llevar vidas inadecuadas?

—Sí. Cada persona se enfrenta a elecciones, decisiones y acciones que pueden cambiar toda su existencia, ubicándote en un curso completamente diferente. El héroe en mi película (el personaje de Joaquin Phoenix, Abe) encuentra significado en su existencia después de la fase epifánica que sigue a un asesinato sin sentido. De alguna manera, estamos a merced de que algo extraordinario puede cambiar todo. En el caso de mi protagonista, su elección es irracional; pero si nos fijamos a un nivel más profundo nos damos cuenta de que no lo es tanto. Es tan absurdo como un montón de nuestras acciones cotidianas.

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—Usted no ve estructuras que nos den sentido…

—O sea, tenemos que creer en algo, aunque sea producto de una invención. Es por eso que las personas adoptan un cierto sistema de creencias para seguir adelante cada día sin llorar mientras caminanos por las calles. La religión puede ser una opción irracional. Llegar a convencerte de que al final de la vida vamos al paraíso o el cielo es tan insensato como pensar que matar a alguien puede mejorar tu existencia. Filosofía y religión ayudan a dar esa sensación de que al llevar vidas buenas se mantiene esa promesa de una hermosa ‘vida después de la vida’. Pero eso es totalmente inexplicable. Realizar actos correctos o ser bien intencionado puede conectarse con muchos tipos de perspectivas filosóficas que no implican la promesa del paraíso u otra ‘recompensa’.

Irrational Man es su segunda película con Emma Stone. ¿Qué le gusta de ella?

—Es muy divertida y hermosa. Desde que la vi por primera vez en la pantalla pensé que sería genial contar con ella. O sea, busqué contratarla el día en que la conocí como actriz mientras yo ejercitaba en mi caminadora y sintonizaba algo para distraerme en la TV. Emma es una gran artista y ha sido tan maravillosa como esperaba. Cumplió todas las expectativas de lo que buscaba para Irrational Man. Tuve mucha suerte.

—¿Cuáles fueron sus impresiones de Joaquin Phoenix?

—Conocía su trabajo y lo admiraba. Tiene una presencia muy fuerte y filmar con alguien tan bueno se hace fácil. El podría decir “Pásame la sal” y convertiría esa línea en algo interesante frente a la cámara.

—¿Todavía siente que agoniza cada vez que termina una cinta?

—No, sólo las odio. Siento que no logré lo que me propuse cuando escribí el guión e imaginaba el filme. Match Point fue una de las pocas películas en que tuve la certeza de que se alcanzó todo lo que deseaba. Al finalizarlo me sentí muy bien. Igual fui muy afortunado en contar con Scarlett Johansson en esa oportunidad. Originalmente otra actriz iba a tomar su personaje, pero a una semana del rodaje se bajó del proyecto. Ahí fue cuando le pregunté a Scarlett y justo estaba disponible y con ganas de sumarse. Entonces todo se dio muy bien y con intérpretes que dieron actuaciones increíbles. Fue tanto así que, incluso, cuando necesitábamos lluvia en una escena del guión, se largó un aguacero ese día.

—Sus películas normalmente toman temas filosóficos y sicológicos. ¿Es su forma de encontrar respuestas: desarrollando preguntas fundamentales que sus personajes abordan?

—No. Por eso mis personajes quedan en un estado de duda o incertidumbre, o consolándose con cierto tipo de aceptación cínica o resolución absurda de las cosas… No hay respuesta a la triste realidad de la vida. Más allá de lo que apunten filósofos, sacerdotes o sicoanalistas, la vida sigue su propio curso y eso es todo. La única manera de encarar eso como artista es tratar de demostrar que la vida vale la pena. Tenemos que utilizar la astucia, engañarnos a nosotros mismos. Es imposible ser honesto o esclarecedor sobre el sentido de las cosas, porque al final no hay un significado. Todo lo que Shakespeare, Miguel Angel o Beethoven lograron desaparecerá. La existencia tiene su propia agenda. Nuestro único consuelo es el entretenimiento. Me gusta ir al cine porque por una hora y media puedo deleitarme viendo Fred Astaire bailar. Durante ese tiempo no creo en la muerte ni pienso en lo terrible de la vida. O sea, si estuviera en un hogar de ancianos me divertiría hacer cestas de mimbre. Pero en mi caso lo paso increíble al rodar películas. Es una distracción maravillosa.

—Pero, ¿cómo se consigue ‘sobrevivir’ el tiempo en que no está en eso?

—Con cosas normales como llevar a mis hijos a la escuela, caminar con mi mujer, ir a buenos restoranes y escribiendo. Esto último me gusta y da un propósito. Todavía tengo esperanzas de hacer una gran obra maestra que me permita asisitir a una retrospectiva de mi trabajo o un festival de cine, donde una de mis cintas se muestra junto a Rashomon, de Kurosawa; El séptimo sello, de Ingmar Bergman, u 8 1/2 de Fellini. Me gustaría y sentirme orgulloso de haber entregado esa importante y definitoria película. Eso es lo que me mantiene, a pesar de que sé que muy probablemente voy a fallar.