Arriba del avión que lo llevó a Cannes el año pasado, el canadiense Xavier Dolan sacó un lápiz y un papel y escribió un discurso. Tenía una certeza: no partiría de ese festival sin una recompensa. “Todo es posible para el que sueña, se atreve, trabaja y no se rinde”, apuntó, pensando en dar un mensaje a su generación e imaginándose con la Palma de Oro en las manos. Era la cuarta vez que participaba en el certamen más grande del mundo, tenía apenas 25 años y Mommy era su quinta película. Pero no bastaba con eso: Xavier Dolan lo quería todo, quería el mundo a sus pies, quería ser el cineasta más joven en ganar Cannes, el gran campeonato del cine mundial. Aunque no lo logró —obtuvo el Premio del Jurado ex aequo con Jean-Luc Godard—, leyó igualmente su discurso. Y entre lágrimas, dijo: “Nuestras ambiciones no tienen límites, salvo aquellos que nos construimos nosotros mismos”.

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Desde ese momento, Dolan (Quebec, 1989) se convirtió en el cineasta que todas las revistas querían en portada, desde las más intelectuales, como Cahiers du Cinéma, hasta las más masivas, como Premiere y Vogue. Su estética cuidada y su estilo al borde de lo hipster lo convirtieron en modelo ideal para las páginas de moda, pero fue su forma libre y rabiosa de filmar la que atrajo a los críticos. Odia las comparaciones, pero su interés por el mundo femenino, sus mujeres fuertes, sus diálogos arrebatados y su estética camp lo emparentan con Almodóvar. Dolan, sin embargo, se considera un hijo bastardo: más que una pasión cinéfila, lo suyo es un amor por un cine que funciona como terapia, como catarsis ante sus dramas y angustias. 

La historia comenzó con Yo maté a mi madre (2009) —estrenada en Sanfic 2010—, una cinta que escribió a los 17 años y que filmó a los 19, luego de abandonar los estudios secundarios. La trama era una especie de exorcismo de sus traumas de adolescente, de su aversión hacia su madre y del amor esquizofrénico que une a los hijos con esa figura femenina omnipresente e ineludible. Para filmarla, desembolsó el dinero que ganó de niño como actor de comerciales, y aprovechando su talento para la actuación decidió ser el protagonista. Ambicioso a rabiar, envió una copia a Cannes. Y así, lo que partió como un berrinche adolescente, terminó en una fama precoz y fulminante.

En esta película —que trata sobre un joven gay descarriado y su relación turbulenta con una madre difícil—, Dolan explora una estética muy cercana al videoclip; un estilo visual que oscila, a través del vestuario y los decorados, entre lo pop y lo kitsch, muy cargado de plush, brillos, telas de leopardo, fucsias y rosados que, en otras manos, podrían ser el epítome del mal gusto. “Un vestuario debe hablar por sí mismo antes de que el personaje abra la boca”, ha dicho el cineasta, que confiesa que si no estuviera en el cine, trabajaría en el mundo de la moda. Pero, ante todo, con Yo maté a mi madre Dolan demostró una fuerza creativa y una lucidez emocional que impactaron a la prensa especializada.

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Tras el éxito del filme, nunca más escarbó sus bolsillos para filmar. Y así vendría casi una película por año: Los amores imaginarios (2010), Lawrence Anyways (2012) y Tom en la granja (2013), tres cintas que exploran, de diferentes perspectivas, el descubrimiento y la explosión de la identidad sexual, como también la precariedad de las relaciones humanas. A pesar de los premios, Dolan ha luchado por credibilidad. “Niño prodigio” o “genio precoz” son los epítetos pueriles con que los críticos lo adjetivaban. Hasta que llegó Mommy (2014) y los dejó a todos en silencio. 

Cuando tenía 8 años y era un niño famoso en Quebec, Xavier Dolan soñaba con conocer a Leonardo DiCaprio. “Eres un gran actor y te admiro. Yo también soy actor”, le escribió en una carta que se hizo pública el año pasado. Su triunfo en Cannes le abrió las puertas de Hollywood, y su próximo proyecto, titulado The Death and Life of John F. Donovan, tendrá como protagonista a una de las actrices más codiciadas del momento, Jessica Chastain, y a la estrella de la serie Game of Thrones, Kit Harington. En el filme, de hecho, habrá mucho de ese antiguo amor infantil por las estrellas: la historia se centrará en una celebridad de Hollywood que mantiene una relación epistolar con un niño actor en Inglaterra, y que terminará por destruir su vida.  

“En mis películas, todo comienza con las madres, y así será también en este filme”, afirmó en una masterclass que dio en Francia, donde Mommy hizo un millón de entradas y se convirtió en un delirio mediático. “Entre Fassbinder 2.0 y Spielberg gay, Dolan sorprende y exaspera con su fantástica desfachatez”, publicó el diario francés Libération, que lo llevó en portada y, de paso, lo definió como un “Principito hipster convertido en un fenómeno cultural”. Mommy, que en Chile se estrenará a fines de marzo, es la historia de un adolescente que sufre un déficit atencional y una hiperactividad que lo convierten en un pequeño demonio que tortura a su madre —una mujer de clase media baja divorciada y tormentosa— con su agresividad y descontrol. Una vez más, Dolan experimenta con el lenguaje cinematográfico, delinea encuadres portentosos, juega con los movimientos de cámara y hace alquimia con la luz y el color para crear tomas únicas. Los diálogos delirantes y sin pausa hablan de su personalidad extrovertida y estrambótica, y las referencias a la cultura popular (como un hit relamido de Céline Dion) entregan eso que los críticos han llamado “una pincelada pop al género social”.

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No se trata de un filme perfecto, pero sobresale por la intensidad con la que retrata la historia de amor más primitiva y visceral del mundo, la de una madre y su hijo condenados de por vida a amarse y —a veces odiarse— desde las entrañas. “Si Yo maté a mi madre fue para vengarme de mi mamá, Mommy fue para hacerle justicia”, ha dicho Dolan, convertido hoy en un cineasta-personaje. Muchos lo detestan por eso, por ese afán de figuración, por su ego descomedido y por su comportamiento sentimental y exagerado. “No quiero vivir con la frustración de no haber logrado exactamente lo que quería (en una película)”, ha declarado contra los que lo han criticado por su perfeccionismo y exigencia.

Más allá de los juicios, hay algo indiscutible: Xavier Dolan llegó a dar nuevos aires y colores a un cine de autor muchas veces mustio y sombrío. También trajo a los festivales algo de humor: “Tengo un complejo —confesó en la masterclass—. Me encuentro bajo. Pienso mucho en eso, pero sé que si me hubiera tocado ser grande, sería el primero en pelearme en los bares. La vida quiso las cosas de otra forma. ¡En vez de estar en la cárcel, estoy en el cine!”, dijo entre risas. Aun así, hay algo físico en sus películas: Xavier Dolan pone el cuerpo —y el alma entera— en contar una historia. Y ojo, que esta historia —la suya con el cine— está recién comenzando.