Dicen que puede ser un malentendido, una discusión absurda o un tonto accidente el que se transforme en la chispa necesaria para hacer estallar un polvorín. El insulto, del director Ziad Doueiri, calza perfecto con la descripción.

Aunque quedó eclipsada por el éxito de Una mujer fantástica en los últimos Oscar, su implacable humanidad, sumadas a las buenas actuaciones de Adel Karam, Rita Hayek y Kamel El Basha, la transforman en un gran representante de la calidad del actual cine de Medio Oriente. La historia nos sitúa en medio de un solapado conflicto en un barrio popular de Beirut, El Líbano, entre un hombre de origen palestino, que dirige una cuadrilla de construcción, y otro hombre, libanés, que no acepta que le arreglen un desagüe por que no le preguntaron. Una intrascendencia total como esta, escala hasta transformarse en un desastre a escala nacional.

Tan violento como absurdo, el incidente es un espejo sobre la situación actual en Medio Oriente, donde la violencia y el odio racial-religioso está normalizado y lejos de encontrar tregua, por lo menos a corto plazo.

Ambos protagonistas —un mecánico cristiano libanés y un constructor palestino musulmán— se cierran como ostras frente a una dudosa afrenta y sacan a relucir todo su odio acumulado por décadas cruzadas por guerras civiles, refugiados y manipulación política. De la tragedia doméstica se pasa a un conflicto judicial, donde quizá El insulto pierde algo de potencia, pero nada que finalmente le reste demasiado a una propuesta excesivamente humana en tiempos donde en la pantalla reinan los efectos especiales y la magia de los algoritmos. Un cine doloroso, que pocas veces se puede ver en Chile, que revela traumas recientes no resueltos, listos para estallar con demencia frente a la más mínima oportunidad. ¿Le suena conocido?