Her, de Spike Jonze de seguro será una de las pocas películas que pasará a formar parte del selecto grupo de cintas de culto del siglo XXI, entre las que figuran Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Michel Gondry), Los excéntricos Tenenbaum (Wes Anderson) o Perdidos en Tokio (Sofia Coppola).

Con un guión original que se llevó el Oscar, Jonze (El ladrón de orquídeas, ¿Quieres ser John Malkovich?) construye una insólita y —ni tan— futurista historia encabezada por un sólido Joaquin Phoenix, un retraído hombre recién separado, dedicado a practicar un oficio desaparecido: escribir cartas para otros.

En un tiempo imaginablemente cercano, las computadoras han avanzado tanto que ahora los programas tienen la capacidad de sentir y entender a los humanos. Una especie de Siri, la chochera de Steve Jobs que millones tienen en sus smartphones, pero aumentada a su máxima expresión.

En medio de su soledad existencial, Theodore Twombly, el personaje de Phoenix, decide comprar un sistema operativo —Samantha—, que se transforma, poco a poco, en su mejor amiga, consejera, secretaria, amante virtual e incluso su enamorada. La voz de Scarlett Johansson en el oído de Joaquin hace la magia y la escultural actriz ni se echa de menos.

Raro, pero para nada descartable que en un futuro cercano, los humanos tengamos permitido enamorarnos de nuestro sistema operativo y de su ‘personalidad única’. Jonze juega como niño chico con una realidad que descoloca. Ver como surge, tan real como el pelo, una relación amorosa ciber-humana ya es un desafío. Pero la narración, dulcemente realista, tiene las cuotas precisas de soledad, humor, los miedos de la adultez frente al compromiso, los límites de la privacidad y las infinitas formas que puede tomar el amor. Dinámicas universales que superan cualquier amague de encontrar en Her un mamarracho ridículo-nerd.

La potente banda sonora de Arcade Fire, una fotografía elegante y un Joaquin Phoenix nuevamente inspirado le dan sustancia a una película que posiblemente pase fugazmente por nuestra cartelera, pero que quedará en el disco duro de todos aquellos románticos exploradores de los límites de la imaginación.