Alejandro Goic hojea un libro mientras fuma afuera de la entrada principal al GAM. Espera a Alfredo Castro, que viene corriendo de la piscina para conversar de El club, la quinta película de Pablo Larraín que los tiene juntos en pantalla compartiendo escena con otros gigantes como Jaime Vadell, Alejandro Sieveking, Antonia Zegers, Marcelo Alonso y Roberto Farías.

Se ven a lo lejos y las bromas de grueso calibre afloran rápido. También los empujones y agarrones de amigotes. Miran contentos los pendones que, imponentes, visten la entrada del GAM. Ambos acaban de terminar exitosas temporadas con Un tranvía llamado deseo (Castro) y El marinero (Goic, como director). En el centro cultural pasan largas horas de ensayo, pero como en los recintos públicos no se puede fumar —reclama Goic con vehemencia—, buscamos un café en Lastarria para hablar de una película que está destinada a quedar entre lo mejor de nuestro cine. En El club, que se estrena a fin de mes, estos monstruos de la actuación se lucen sin eclipsarse. Son una orquesta, un combo ajustado y preciso. La historia nos lleva a cuatro sacerdotes “alejados” de la Iglesia por sus actuaciones reprochables y que viven en una casa de “acogida” en un solitario balneario, donde su rutina de penitencia incluye oración, misa, confesión y canto. Están obligados a no mezclarse con la comunidad, pero los curas se las arreglan para pasar sus días: tienen un galgo y lo hacen correr los fines de semana. Además fuman y beben sin culpa para acallar sus demonios mientras son vigilados por una monja bastante particular (Antonia Zegers).

La situación, algo pintoresca, da un giro dramático con la llegada de un nuevo “recluso” que abre una caja de Pandora inusual para las pantallas chilenas. Castro y Goic lo saben. Los avala el Oso de Plata que acaban de llevarse en Berlín.

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El club es descarnada en mostrar una realidad específica, como los abusos de la Iglesia, pero que se desborda hacia muchas situaciones que están pasando en Chile hoy.

—Alfredo Castro: Me parece que lo que Pablo Larraín tiene metido como gran tema es la impunidad. Es la palabra que cruza Tony Manero, Post Mortem, No y acá es un grupo de gallos que deberían ser severamente castigados y que sin embargo viven en una impunidad macabra.

—Eso del abuso de una posición dominante de un religioso es la base que une a estos personajes.

—Alejandro Goic: Estaba leyendo a un Premio Nobel de Química que plantea que hay un dramático giro del punto de vista del paradigma científico, lo que implica que por primera vez el hombre se enfrenta con certeza al hecho de que ha nacido de la nada, del azar, y por lo tanto no hay un sustrato moral. Somos un fenómeno azaroso simplemente, que viene del movimiento eterno de la materia y por lo tanto se rompe esa cohesión dada por la religión.

—La impunidad y la pérdida de poder de la religión son problemas universales.

—Goic: Exactamente. Hay impunidad en todo plano. Entonces también se entiende Penta, Soquimich, Caval, etc. Hay una sensación de impunidad moral. No hay culpables porque no hay cohesión moral. ¡Este es el único país de mierda del mundo en que voy a comprar pan y me preguntan si quiero boleta o factura! Eso es una praxis de evasión y delito permanente frente al Estado, porque no me interesa, porque no existe y eso es lo tremendo de la película, no son solo los curas, la Iglesia Católica… es nuestra civilización. 

—Castro: De hecho, el director del Festival de cine de Berlín planteó que la muestra buscaba películas que trataran temas que estuvieran corroyendo que a toda la humanidad. Además, contó que había sido abusado durante su infancia y cuando vio El club quedó impactado, porque esto pasa en todas partes. Entonces uno dice: dónde está Precht, dónde está Cox… seguramente en una de estas casas en Suiza o en Holanda, o en el sur, no sé dónde estarán, nadie sabe.

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Los curas que interpretan Vadell, Castro, Sieveking y Goic parecen cómodos purgando su pena, justo hasta que un investigador canónico (Marcelo Alonso) y un hombre abusado (Roberto Farías) entran en acción removiendo el turbio pasado de estos hombres ya mayores.

“Grabamos todo en tres semanas y media”, dice Castro. “Fue una especie de guerrilla rara”, se ríe Goic, cuando recuerdan ese tiempo en que compartieron, casi como en un retiro espiritual, algunos de los más talentosos actores de nuestra escena, quienes bajo la dirección de Pablo Larraín lanzan una granada que explota en 98 minutos en las narices del público.

“Siempre he intentado comprender cuando estoy frente a la historia y me pasó con este montaje que miraba y decía: esto es un pedazo de historia. Estoy con Sieveking, con Vadell, con Goic, con la Antonia (Zegers), con Pablo (Larraín) y toda esta gente va a ser parte de la historia de este país. Y lo que pasó entre nosotros fue muy lindo: contarse mutuamente la historia de las cosas que uno sabía del otro”, explica Castro sobre las jornadas que compartió el experimentado grupo.

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—Goic: El arte del actor en el cine es el de esperar. Y esos lapsos entre cambios de luces, de cámaras, de set, es uno de interrelación muy intensa. Diría que hubo un desprendimiento del ego en esta pequeña comunidad de guerrilla, de creación de una obra cinematográfica que en mi opinión es de las más importantes, acaso no la más, del cine chileno.

—Castro: Fue una prueba de lo que llamamos fe, así en gran letra porque lo que funcionó ahí religiosamente fue el respeto, el amor, el afecto, la inteligencia, el sentido común, la ética, la admiración del uno por el otro… Entonces ver que Alejandro Sieveking hacía su escena para uno era magnífico. Y preguntarle cómo le fue a Vadell, cómo estuvo su testimonio era un acto de mucha fe en el otro. Estábamos todos en un mismo infierno.