Estuvo más de tres horas sentada, con mirada plácida y cero incomodidad. Como si las nueve mil perlas de su vestido Chanel hubieran sido una anécdota antes que fuera llamada al escenario para recibir su primer Oscar por la actuación en Still Alice. Después de cinco nominaciones, por fin tomaba la estatuilla y daba las gracias por el premio que recibía por la interpretación de una exitosa profesora de lingüística víctima de Alzheimer.

Fue su noche de triunfo. En la pantalla, en la alfombra roja, pero sobre todo fue la victoria de los cerebros de la moda, vestuaristas y estilistas que se la han peleado en estas tres décadas de carrera.

Linda y enigmática siempre fue. Desde que el director Curtis Hanson la dirigió en 1992 en la película La mano que mece la cuna y ella dijo a la prensa que, a pesar del éxito de su debut, no le interesaba ‘andar de diva por la vida’. Discreta en el plano íntimo, forma uno de los matrimonios más estables de Hollywood junto al director Bart Freundlich. Con él, su segundo marido desde hace trece años, tiene dos hijos, una vida sana y es recurrente verla haciendo deportes en las playas de Los Angeles o Cabo San Lucas, en México. Cuando las luces se encienden, despliega sus encantos y se convierte en musa de líneas de maquillaje, perfumes y en camaleón de estilo para la pantalla.

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Tom Ford, el diseñador de smoking y que firmó la era dorada de Gucci y después en YSL, vio en ella a una perfecta intérprete para su primera entrega como cineasta en A single man (2009). Ahí aparece como Charlotte, con su pelo escarmenado y vestido en blanco y negro de inspiración Balenciaga, hit de los años ’60. Una mujer rica, sofisticada y enamorada de su amigo gay, interpretado por Colin Firth. Sin rodeos Ford admitió que no estuvo solo en el estilismo de Moore. Llamó a Arianne Phillips, la vestuarista de películas como Inocencia interrumpida, para que diera forma a una mujer en extremo culta, alhajada con Bvlgari y que se conforma con pasar las noches tomando ginebra junto a un amor que la omite y la condena.

En Lejos del cielo (2002), la película de Tom Haynes, la actriz fue asistida por Sandy Powell, la misma de Shakespeare enamorado y El aviador. El desencanto marca el look de esta heroína de polleras acinturadas, tal como dictaban los cánones de Christian Dior en los años ’50. Pañoletas en la cabeza, ondas de agua en el pelo y un glam higiénico y contenido: los detalles de una ‘imperfecta dueña de casa americana’.

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Más francesa y con melena ‘bob’,  Moore impactó en El gran Lebowski (1998) de los hermanos Coen y con la vestuarista de origen griego Mary Zophres, quien recrea a Maude, una feminista que vibra con su sello avant-garde. Una mezcla que en palabras de la misma Zophres sacó del estilo de la artista sicodélica Carole Schneemann y Yoko Ono.

Cuando le preguntaron cuál ha sido el vestido ‘de su vida’, Julianne respondió sin pensarlo dos veces. “El modelo Chanel con plumas que usé el año pasado para el estreno que hizo David Cronenberg de Map to the stars en Cannes”. Diseñado por Karl Lagerfeld, dijo que le gustaba porque era como ‘llevar una cómoda y simple camiseta’. ¿Qué pasa con los vestidos que acumula en años de rodaje y fiestas? “Nunca los vuelvo a usar, aunque los guardo por si algún día mi hija, ahora de doce años, se entusiasma”, sostiene como si su sello en la moda fuera un gen que se hereda.