Con funciones llenas y un fanatismo muy extraño se estrenó hace poco Antes de medianoche en el Festival de Cine de Tribeca en Nueva York. Recién llegada a Chile, la incombustible historia de Jesse y Céline, dos desconocidos que se enamoran en un tren en Viena (Antes del amanecer, 1995), que se reencuentran nueve años después en París (Antes del atardecer, 2004) y que termina ahora con la romántica pareja enfrentando una crisis en Grecia —país también en problemas—, con hijas gemelas y 18 años de relación de por medio.

Con funciones llenas y un fanatismo muy extraño se estrenó hace poco Antes de medianoche en el Festival de Cine de Tribeca en Nueva York.

Genio a la hora de hacer parecer simple lo difícil, el director Richard Linklater se juega en Antes de medianoche con una historia que, para los más románticos, puede parecer densa e incluso desesperanzadora, pero que al final nos habla de todos los recovecos y misterios que debe sortear una pareja madura para seguir junta. La tensión se va acumulando y por fin explota la noche que sus amigos griegos les regalan en un hotel, sin hijos de por medio. Es allí donde el tiempo y el desgaste de cualquier relación normal —y no una pura fantasía idílica— entra en acción en las vidas de Jesse y Céline: recriminaciones, el trabajo, las desilusiones, la rutina y todo lo que una pareja con mucha historia puede acumular.

La soltura con que Hawke y Delpy —ahora coguionistas de la película— conversan en largos planos secuencia es talento de artesanos. Linklater tiene la capacidad para que Jesse y Céline no sean ni más ni menos que ellos mismos. Y eso es puro y pulcro trabajo de guión, ensayo tras ensayo.

Es allí donde el tiempo y el desgaste de cualquier relación normal —y no una pura fantasía idílica— entra en acción en las vidas de Jesse y Céline.

“Las emociones son lo más importante de la trilogía, con lo que conecta la gente y en eso nos concentramos. Había que entender los cambios que sufrieron Jesse y Céline, porque después de 18 años uno cambia, y el reto estaba en que los reconocieras, que en esencia siguieran siendo esos chicos que se enamoraron en Viena; pero al mismo tiempo que creyeras que ahora son personas en sus cuarentas, con sus crisis… No estamos tratando de que los personajes le caigan bien al público, o de tener éxito en taquilla, lo que queremos es que se sienta real, y por lo mismo confronta al espectador”, explica Julie Delpy sobre un trabajo que demoró 18 años en madurar, sin esperar arrasar en recaudación, pero que sin duda quedará como referencia obligatoria en la cinematografía romántica de las últimas décadas. A Delpy no le gustan los finales, dice, por su “personalidad obsesivo-compulsiva” y no descarta otra entrega para la saga .

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