“Desperté una mañana hace poco tiempo y descubrí que era un hombre de setenta años”, escribió David Cronenberg en un ensayo publicado por Paris Review a comienzo de este año, haciendo referencia al intranquilo despertar de Gregorio Samsa convertido en escarabajo en La metamorfosis de Kakfa. Pero a diferencia de Samsa, la reacción de Cronenberg no fue de confusión. Para el cineasta, que ha alcanzado la categoría de culto por películas que exploran la relación entre el cuerpo, la mente, la ciencia y la tecnología; envejecer es cambiar y él siempre ha estado consciente de que los seres humanos estamos en constante transformación.




Ya en su película más exitosa The Fly (La mosca, 1986) hablaba implícitamente de esto. Para él, la mutación que su personaje Seth Brundle experimenta después de haber viajado en su dispositivo de teletransportación no era una metáfora para hablar del Sida, como muchos pensaron en la época, sino que de un envejecimiento acelerado. “(Brundle) Era una conciencia que sabía que era un cuerpo y que era mortal, y con preciso conocimiento y humor participaba en esa inevitable transformación que todos enfrentamos, solo si llegamos a vivir lo suficiente”, explica, en una frase que bien podría resumir su propia filosofía.




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Cronenberg, que se declara un existencialista con carnet, ha dedicado su carrera a estudiar la condición humana desde una filosofía que no cree en un dios, ni en un más allá, ni en lo sobrenatural. Para él somos un cuerpo que vive y luego muere, y es en esa realidad donde hay que encontrar un sentido. “La muerte es la base de todo horror”, dijo en una entrevista hace años en The New York Times. Por eso en sus películas nunca usa fantasmas o demonios, sino que es el propio hombre en busca de respuestas existenciales, a través de la experimentación de los límites del cuerpo y de la mente, quien se encarga de inquietar al espectador.




Así en sus trabajos vemos cuerpos que mutan en insectos (The Fly y Naked Lunch) o en un videograbador en Videodrome, hombres con poderes síquicos para controlar otras mentes en Scanner, ginecólogos gemelos que juegan con sus pacientes en Dead Ringers, un esquizofrénico en busca de su identidad en Spider, un hombre que se enamora sin saber de otro hombre en M. Butterfly o personas que sienten placer con accidentes automovilísticos en Crash. Todas con toques de violencia, suspenso, morbo, vísceras, sexo, drogas, y siempre un poco de humor. “Tiene que ver con tu experiencia con la belleza y el horror”, dijo Cronenberg recientemente en el Festival de Cine de Provincetown, en Estados Unidos. “Debiera haber un concurso de belleza para el interior de nuestro cuerpo porque no tenemos una estética para nuestros interiores, solo para nuestro exterior. Yo creo que he tratado de redimir la experiencia del cuerpo al explorar el interior, e inventando algunos exteriores. Me han puesto en esta categoría bizarra llamada horror corporal, pero yo nunca he usado esa frase. Prefiero cuando me llaman rey del horror”.




En el caso de su última película Maps to the stars, que se estrena este mes en el hemisferio norte, Cronenberg analiza el horror de envejecer en una industria ridículamente competitiva y superficial como Hollywood. La película es una sátira que muestra una familia disfuncional donde el padre es un gurú y terapista para millonarios (John Cusack), la madre (Olivia Williams) se dedica a la carrera del hijo actor de 13 años que viene saliendo de rehabilitación y la hija se dedica a ser nana de otros actores (Mia Wasikowska). Julianne Moore, quien ganó Palma de Oro por mejor actuación femenina en Cannes por el rol, es una actriz y paciente de Cusack a la cual ya nadie le ofrece trabajo porque está vieja. “Más allá de Hollywood o la industria del cine, esta película es sobre la condición humana”, repite Cronenberg. Para él, en cualquier industria donde hay mucho ego y competencia si no estás trabajando, eres invisible; si no apareces, dejas de existir. Y ese es el problema existencial para el personaje de Moore. La película se trata de cómo una persona lidia con desaparecer.




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Pero Cronenberg no está desapareciendo. Al contrario, crea sin parar. Según la base de datos de películas IMDB, en 48 años ha estrenado 21 largometrajes, cinco cortos, siete episodios de series de televisión, tres películas para televisión y varios comerciales. Es conocido por trabajar por fuera de los grandes estudios y con presupuestos que no superan los 13 mil dólares. Para filmar Spider, por ejemplo, trabajó dos años sin salario porque no juntó todo el presupuesto necesario. Cronenberg colabora con un equipo que se repite en varias de sus películas, donde se incluyen su mujer, sus tres hijos y su hermana como diseñadora de vestuario. Según los actores que han trabajado con él, en el set siempre está relajado y da mucho espacio para que todos intervengan. No hace ensayos ni escaletas antes de filmar porque prefiere la espontaneidad, a pesar de que en sus palabras secretamente lleva el control de todo.




Nacido y criado en Toronto, hijo de una profesora de piano y de un escritor de diario, Cronenberg ha dicho que su estilo no proviene de una infancia difícil, por el contrario, cuenta que creció en un ambiente liberal, amoroso y lleno de cultura. Hoy es descrito como un tipo casero, muy cercano a su familia, que confiesa que ve películas en su casa y que solo sale de Toronto por trabajo. De hecho, casi todas sus películas han sido filmadas en Canadá, algunas recreando Nueva York en el estudio.




Desde pequeño le interesó la literatura y la ciencia, especialmente la botánica y los insectos, pero decidió estudiar lo primero. Una vez en la universidad conoció la imagen en movimiento y no hubo vuelta atrás. Desde entonces, según The New York Times ha hecho “algunas de las mejores, más desafiantes y más inusuales películas en inglés en los últimos 20 años”.




A fines de septiembre además lanzará su primera novela, Consumed, publicada por Penguin y descrita como un texto de suspenso cargado de sexo y escenas grotescas que promete ser tan torcida y extraña como sus películas. La trama habla de dos competitivos reporteros y amantes que viajan por el mundo investigando historias paralelas donde hay crimen, canibalismo, tráfico de órganos, deformidades, locura y bastante sexo.
En julio, Cronenberg asistió al Festival de Cine de Provincetown para ser homenajeado. En las pocas calles del pequeño pueblo habitado por pescadores, liberales y gays, ubicado en la península de Cape Cod en Massachusets, Estados Unidos, Cronenberg caminaba con relajo con su clásica polera negra de cuello redondo. Para un turista despistado, no era más que un hombre canoso de buen aspecto visitando el festival de cine. Ahí habló CARAS con el director.




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—La idea de transformación y metamorfosis está presente en muchas de sus películas y usted ha dicho que no considera nada constante o estable.
—Es solo mi observación de lo que es la vida, ¿sabes? Intentamos mantener una identidad constante porque necesitamos esa estabilidad. Nuestro cerebro está constantemente cambiando, físicamente cambiando. Las células mueren y nacen otras. Lo mismo con nuestro ADN, nuestro material genético puede cambiar según las presiones del entorno. Los genes no cambian, pero unos se prenden y otros se apagan según el entorno. Entonces físicamente —y siempre vuelvo al cuerpo porque para mí eso es lo que somos, cuerpo—, estamos en constante cambio. No somos algo estable, somos más como un fluido que está en permanente transformación. Esa es mi idea de transformación y la encuentro realmente fascinante, un asunto infinitamente fascinante para estudiar en mis películas.




—¿Cree que es particularmente interesante porque rompe la tendencia general de creer que somos siempre la misma persona?
—El sujeto de un artista es la condición humana. ¿Qué significa ser humano? Estamos en una constante fascinación por nosotros mismos porque todavía no hemos entendido bien lo que somos. Tenemos muchas religiones, filosofías y artes que constantemente tratan de descubrir qué es real para un humano; lo que debiéramos ser, lo que no debiéramos ser, lo que debiéramos hacer en sociedad, cómo debiéramos interactuar, y así. Entonces, es por eso, por examinar la condición humana. Si eres artista, tienes que estar interesado en este tipo de cosas.




—En Maps to the stars está la idea de dejar de existir y últimamente usted ha estado hablando de la idea de envejecer…
—Es que envejecer, o bueno crecer, es la forma más obvia de transformación que sobrellevamos. Pero estamos como ciegos a ella porque lo vemos de una sola manera y hay muchos clichés sobre qué significa crecer y envejecer. Nos seduce pensar que en toda la mitad de nuestras vidas no hay cambio, que es completamente estática. Y creo que para mí es una suerte de revelación el estar totalmente consciente de que estamos constantemente cambiando cada día. Cuando estaba haciendo Spider me di cuenta de que para alguna gente es un problema. Pero cada mañana cuando despiertas tienes que pensar: ¿dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Dónde se supone que voy? Y de alguna manera, te rearmas, sabes, tienes que volver a crearte. Y yo creo que eso es mucho de lo que es ser un ser humano, te estás creando a ti mismo cada día y es algo fantástico de pensar.




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—Está a punto de publicar su primera novela. ¿Por qué una novela y no una película?
—Siempre pensé que iba a ser novelista y no cineasta. Mi padre era escritor y yo como que me dejé seducir y desviar por el cine y después de repente, cincuenta años después, estoy publicando mi primera novela. Pensé que la publicaría 50 años atrás, literalmente. Siempre me ha fascinado la novela como forma de arte. Y es muy, muy diferente a hacer películas y quería tener esa experiencia. Y cuando la tuve, me confirmó algunas cosas sobre escribir novelas. Es mucho más íntimo como formato artístico, y personal. Curiosamente lo encuentro más parecido a dirigir que a escribir guiones. Escribir guiones es una forma muy rara de escribir. Muchos guionistas famosos son malos escritores pero pueden escribir buenos diálogos, que es la única parte del guión que llega a la pantalla, y pueden estructurar la historia. Pero no son realmente buenos con las palabras, realmente. Creo que muy pocos guionistas pueden escribir una buena novela, y viceversa, la mayoría de los buenos novelistas no pueden escribir buenos guiones. Es muy distinto. Usas una parte distinta de tu cerebro para escribir una novela, y yo quería usar esa parte de mi cerebro.




—¿Va a volver a hacer películas o se va a dedicar a escribir novelas ahora?
—Es curioso. Mis editores quieren que escriba otra novela, lo que es bueno, porque significa que les gustó lo que escribí. Pero no sé aún, no estoy seguro de lo próximo que voy a hacer ni de qué voy a hacer en adelante.