En una tarde soleada de Los Angeles, Daniel Day-Lewis (55) aparece vestido con una chaqueta gris, pantalones negros y una camisa blanca. Sencillo, sin aires de divo, pero sí con límites: el actor ganador de dos premios Oscar (Mi pie izquierdo, Petróleo sangriento), a menudo descrito como un recluso, no habla de su vida personal ni de ese tiempo en que dejó la actuación para darse un año sabático y convertirse en un zapatero en Florencia.

Enigmático, el inglés parece afable para conversar de su último proyecto: Lincoln, donde da vida al Presidente de Estados Unidos que creó la 13ª enmienda para abolir la esclavitud. Una historia bajo la dirección del épico Steven Spielberg, con guión de Tony Kushner (Munich, Angels in America), que toma al mandatario entre su reelección para un segundo período y su asesinato meses más tarde en 1864.
Day-Lewis pasa por un período particularmente afable con los medios y frente al público, como lo demostró hace algunas semanas en Londres cuando, al recibir el premio Stanley Kubrick Britannia por la excelencia a su trabajo, no dudó en parodiar a Clint Eastwood y le habló a una silla vacía (como lo hizo el veterano actor en la última Convención del Partido Republicano).

ATRÁS QUEDÓ EL TIEMPO DEL ESCÁNDALO: Day-Lewis fue pareja por seis años de la actriz francesa Isabelle Adjani y terminó (no por fax como dice el mito) cuando ella esperaba a su hijo Gabriel, que nació meses más tarde, en abril de 1995. Nunca fue a verla en ese tiempo. El estaba mal emocionalmente, incluso se internó en una clínica parisina. En una política de mensajes a larga distancia, un año después la estrella gala recibió por Federal Express una nota escrita a mano por el británico en que le contaba que se casaba ese mismo día.
Tras la sorpresa inicial, Adjani llamó a Nueva York para felicitarlo. Después de varios intentos, respondió su novia Deya Pichardo quien, devastada, le contó que ella no era la elegida por Daniel pues éste se casó —dejando a todos en shock— con la guionista y directora Rebecca Miller, hija de Arthur Miller.
Hoy vive en familia con ella y con los dos hijos que tuvieron —Ronan (14) y Cashel (10)—, y dividen su tiempo entre Estados Unidos e Irlanda.
De sus pasiones fuera de la actuación destaca alentar al equipo de fútbol Millwall. En paralelo, recibe reconocimientos (como el doctorado honorario en Letras de la Universidad de Bristol, en 2010) y estudia proyectos.

EL CAMINO FUE LARGO. Llegó al rol tras cambios de guión y la deserción del protagónico de uno de sus grandes amigos, Liam Neeson. Por un tema físico, su nombre constantemente saltaba como candidato para el papel. Pero siempre dudaba…
Es la inseguridad que lo abruma cada vez que enfrenta un desafío. Day-Lewis necesita entender a sus personajes, se zambulle en ellos en procesos intensos. Para esta última cinta estudió por más de un año cada aspecto de la figura histórica y mantuvo el acento del ex mandatario más allá de terminado el rodaje.
Su hermana, la chef televisiva y documentalista Tamasin Day-Lewis, insiste que tanto la inseguridad como ese acercamiento profundo a cada papel no es exageración. “Todo se vuelve más difícil. Los riesgos aumentan”. Pero las recompensas llegan tras el sacrificio, ya se rumorea que volvería a ser postulado por la Academia por este nuevo filme.
—¿Cuál era el mayor desafío de esta caraterización?
—¿Aparte de todo lo que Abraham Lincoln significa? —bromea—. El reto más obvio fue tratar de dar vida a un hombre que ha sido mitificado a tal punto que se dificulta mucho acercarse y representarlo correctamente. No estaba seguro si podría hacerlo. Sentí que probablemente no debía interpretarlo (vuelve a reír) y que alguien más lo haría en mi lugar.
—Es evidente que cuando se recrea a un personaje real existe mucha información. Y más todavía en el caso de Lincoln. ¿Qué aprendió sobre él que no sabía antes? ¿Qué le sorprendió?
—Eso resultó fácil porque no sabía nada de él, tuve que aprender todo. El único conocimiento que manejaba al comienzo eran unas pocas imágenes, una estatua, un dibujo animado, algunos versos de sus primeras palabras como mandatario, otros del discurso de Gettysburg. Probablemente la sorpresa más deliciosa para mí fue el humor. Empezar a descubrir eso fue un aspecto importante para construir el personaje.
Cuenta que en su investigación descubrió lo accesible que era el mandatario norteamericano. No ponía barreras, dejaba que todo el mundo se paseara por la casa de gobierno y bromeaba. “Hay relatos de personas que iban a hacerle una pregunta que para ellos era de gran importancia, le estrechaban la mano, escuchaban una historia y dejaban la habitación antes de que siquiera se dieran cuenta. Eso es buena política (se ríe). Pienso que ese estilo fue un elemento muy alegre en él”.
Pese a su origen británico, ésta no es la única cinta que aborda la historia estadounidense y que involucra a Daniel Day-Lewis. El ha retratado desde las luchas indígenas (El último de los mohicanos) a la intolerancia religiosa (Las brujas de Salem) y el nacimiento de la sociedad neoyorquina (La edad de la inocencia, Pandillas de Nueva York). “He pasado un cierto tiempo en la Norteamérica del siglo XVII, otro en el XVIII y bastante en el XIX. Tanto así que no sé si alguna vez voy a saltar al mundo moderno”, bromea.
—Ha hablado acerca de su reticencia a hacer de Lincoln, ¿qué lo hizo cambiar?
—Bueno, no estoy seguro si alguna vez sabré si interpretar a Lincoln fue una decisión correcta, pero me quedé sin excusas en un momento dado (risas). Steven (Spielberg) me puso la idea al frente —y no es que no lo tomara en serio—, pero me parecía inconcebible que yo fuera la persona que le iba a ayudar a hacer el proyecto. Tampoco quería ser el responsable de manchar la reputación del Presidente más grande que esta nación ha conocido. Creía muy difícil contar esa historia. Sentía que no era el adecuado para la misión.
—¿Cómo se decidió?
—Juntarme con Steven. Y aunque nada hubiera salido de ese encuentro, siempre me iba a quedar el recuerdo maravilloso de todo ese rato en que nos dedicamos a hablar de Lincoln.
—¿Fue extraño asumir el papel después de que Liam Neeson dejó el proyecto?
—El se comprometió a Lincoln por un lapso de tiempo. Pero llegó un momento en que tenía que hacer otras cosas. Steven también. Desde que decidió alejarse se puso en contacto conmigo y me dio ánimo de forma increíble. De la manera más generosa me apoyó, incluso, cuando yo estaba indeciso.
—Uno de los elementos más humanos en el filme es ver a Lincoln como padre muy moderno.
—Tenía una actitud muy interesante hacia la paternidad. Supera el grado en que somos capaces de ser modernos: creía en la total ausencia de cualquier tipo de autoridad parental. Y esa era una decisión consciente. Quizás influida por la dura disciplina que vivió como hijo y su difícil experiencia infantil, un período muy triste. El y su hermana lucharon por sobrevivir por su cuenta cuando su padre fue a buscar a Sara, la mujer que se convirtió en su madrastra. Estuvieron solos durante mucho tiempo y maduraron rápidamente. No digo que es una buena crianza —en términos contemporáneos— dejar que los niños hagan lo que sea que quieran, pero fue una opción interesante en ese momento y lugar.
—Después de rodar Lincoln, ¿qué piensa sobre el gobierno de Estados Unidos y la ‘igualdad’?
—Bueno, es un trabajo en progreso ¿no es así? Pienso en la palabra enmienda en sí. Me parece algo alentador porque nos habla de un sistema de gobierno que permita el mejoramiento de sí mismo. Avanzar de a poco, un día a la vez.

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