Hollywood adora ese acento inglés que viene del otro lado del Atlántico. Desde que el cine es sonoro, la elegante escuela shakesperiana o el cockney desafiante (¡el que fuera!) derrite a los norteamericanos. Y si hay algo que al londinense Benedict Cumberbatch (38) le sobra es un tono seductor.




Pero por un buen tiempo fue un tesoro escondido en su isla. Pasado que ya es parte de su actual historia de superestrella. Con un nombre que desafía a quien lo pronuncie, este espigado inglés hoy se acerca a pasos agigantados a la ‘gloria’ de su profesión, que en términos del showbiz se traduce en una palabra: el Oscar. Su complicado apellido se repite entre los que vislumbran la cartilla que estará en la carrera por la estatuilla en 2015. Así también lo cree una audiencia privilegiada, que vio en el reciente Festival de Toronto su película The Imitation Game. Este título arrasó en el premio que entrega por votación el público.




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Siempre en movimiento entre teatro, miniseries, papeles secundarios de películas o en el protagónico de alguna cinta de corte más indie, Cumberbatch no tenía ansiedad por aquel golpe que pusiera su nombre a nivel planetario. Afortunadamente, era conocido en la escena británica. Pero ya pasaban los años… Hasta que en 2010 se estrenó Sherlock, la serie de la BBC que se transformó en fenómeno y que cruzó el océano hasta llegar a los ojos estadounidenses —y, por lo tanto, mundiales—.




Esta versión contemporánea del clásico investigador de misterios le quedaba perfecta. Este artista tenía la elegancia brit, el acento y su particular rostro pasaba de raro al de un atractivo intrigante. Tampoco estuvo mal la alabanza pública que hizo Steven Spielberg sobre su trabajo como Sherlock. El director ya había dado su toque mágico a la fama a otros rostros que encontró haciendo zapping en TV: Claire Danes (El mundo de Angela) y Catherine Zeta-Jones (por la miniserie Titanic).




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El pasaje en Primera Clase a Hollywood estaba reservado para el actor. Y puso su estampa en superproducciones como Star Trek, a la que sumó otras más demandantes a ojos de la crítica: como Doce años de esclavitud y El quinto poder (donde se convirtió en el platinado Julian Assange).




El talento, a esa altura, no era sorpresa (por su performance de Frankenstein en las tablas inglesas se llevaba por ese mismo período un premio Olivier). Fue el ‘factor extra’ que mostró Benedict Cumberbatch a los medios internacionales durante esas rondas de promoción de películas que selló su popularidad. Era fresco, cercano, espontáneo. Cero pose con etiqueta “vengo de la escuela dramática inglesa”. Le encantaba reír y sumarse a las redes sociales. En la pasada alfombra roja del Oscar, muy vestido de etiqueta, le hizo un ‘photobomb’ a U2: se les coló en una foto oficial dando un salto y poniendo una cara ridícula. Sin duda, uno de los momentos más recordados de la noche junto a la selfie de Ellen DeGeneres.




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Recientemente se sumó al famoso desafío Ice Bucket (en el que celebridades se tiraban una cubeta con hielo y agua fría) con un ‘cortometraje’ que posteó en internet y en el que lo mojaban en todas las formas posibles (incluyendo un homenaje a Mr. Darcy). Y recibió su premio de Hombre del Año de la revista GQ, con un divertido monólogo animado por las copas.




Con acento, encantador y soltero (terminó una relación de 12 años con la actriz Olivia Poulet y desde junio se lo ha visto de manera permanente con la directora teatral Sophie Hunter). Este británico tiene varias cartas para negociar y tener buen lobby en Hollywood.




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Pero si se consagra ante la Academia no será por su simpatía, sino por su actuación en The Imitation Game, donde comparte elenco con Keira Knightley. Una película biográfica demandante y que lo tiene a él como centro de tensión, entre la gloria y la desgracia. El drama persigue al científico, inventor y matemático Alan Turing en la II Guerra Mundial. Un pionero británico que logró descifrar el famoso codificador “Enigma” de las fuerzas nazis, lo que marcó el triunfo de los aliados al poder anticipar muchas de sus estrategias. Su entrega muestra al personaje como el genio que fue, también frágil y lleno de inhabilidades sociales. Conflictos internos que lo superaron en 1952, cuando fue descubierta su homosexualidad y lo llevaron a juicio. Se declaró “culpable” y fue discriminado de todas las agrupaciones y círculos que antes le ponían alfombra roja. En 1954 el héroe se suicidó. Tragedia para un hombre que logró resolver un misterio que dio un giro a la historia y que ni el mismo Sherlock habría podido resolver.