Nominada cuatro veces antes al Oscar por Boogie Nights (1997), El ocaso de un amor (1999), Las horas (2002) y Lejos del cielo (2002), Julianne Moore parecía confinada a la categoría de las eternas postergadas. Aunque nadie osa dudar de su calidad interpretativa, siempre hubo un “pero” que la dejaba fuera.

Tuvo que llegar Alice, una profesora de lingüística, brillante, casada, con tres hijos y con 50 años recién cumplidos para darle el palo al gato.

En Siempre Alice hay un festín de algo del sabor que Moore les ha dado a sus personajes. Angustia, delicadeza, humor sutil y una profunda femenidad.  Al contrario de su papel en Magnolia, que buscaba el suicidio sedienta, Alice se enfrenta a uno de los peores temores de las mujeres modernas: el desgraciado Alzheimer: enfermedad que a través del olvido, degrada hasta la muerte. Acompañada por las actuaciones convincentes de Kristen Stewart, Kate Bosworth y Alec Baldwin, Julianne juega al ancho con toda su emocionalidad carcomida poco a poco mientras ve como día a día, su vida, sus recuerdos y su propio ser, se van nublando.

“Veo las palabras colgando delante de mí y no logro alcanzarlas”, dice Alice intentando explicar ese huracán mental que la tiene contra las cuerdas, sensación que traspasa gentil y terriblemente la pantalla.

Basada en el best seller homónimo de Lisa Genova y dirigida por Richard Glatzer, quien sufre esclerosis lateral amiatrófica y ha perdido el habla, Still Alice no tiene pretensiones ni gimnasia tecnológica. Es una película hecha a la medida de Moore: Dura, honesta y aterradoramente delicada, tal como Julianne ha querido mostrarnos siempre su arte.