Un diamante muy bien pulido. Eso es lo que es La La Land, la nueva cinta del director Damien Chazelle, quien hace unos años ya había sorprendido a todos con su poderosa Whiplash.

Ahora, la apuesta era mostrarnos la mejor cara de los musicales de la época dorada de Hollywood y jugar con una historia para muchos puede ser muy del siglo pasado, pero que en realidad funciona como una evocación perfecta para mostrarnos un drama-romántico-musical de los mejores que hemos visto en los últimos 25 años.

Emma Stone y Ryan Gosling sacan chispas en pantalla con una química increíble interpretando a una actriz-camarera y a un músico frustrado que quieren hacer camino en Los Angeles, la ciudad de los sueños rotos. Allí, entre audiciones fracasadas y tocatas en pool parties, el amor empieza a florecer entre jazz y canciones de alto vuelo poético.

Con humor, compañerismo y una agradable cuota de actuaciones honestas, La la Land es un combo perfecto. Es romántica como pocas, pero nunca boba. Llena de talento y mostrando la ruta de los soñadores con la vida hollywoodense, no tiene problemas en atacar el arte puesto al servicio del capitalismo y de vuelta al drama, la música y el jazz, una de las grandes obsesiones del director.

En la misma línea de Café Society (Woody Allen) y ¡Ave, César! (hermanos Coen), La la Land se encarga de traernos la nostalgia en una pastilla amorosa y vital, de la que no podrán escapar siquiera quienes se dicen “enemigos de los musicales”. No está de más decir que es bastante probable que la cinta, de la que no diremos más y recomendamos seriamente su prolija y pegajosa banda sonora, arrasará los próximos días en las temporadas de premios. Muy merecido lo tiene.