Hace 25 años, Steven Spielberg reventó la taquilla e inició una de las últimas sagas respetables de la industria cinematográfica con Jurassic Park. Cuatro películas después y ahora bajo la dirección del español J. A. Bayona (El Orfanato y Un Monstruo Viene a Verme), Jurassic World: el reino caído, es una cinta agridulce. Intentando salirse del cliché de modelo dinosaurios, isla, destrucción y sálvese quien pueda, Bayona agrega un dilema ético: ¿debemos dejar que los dinosaurios se extingan frente a nuestras narices?

Protagonizada por Bryce Dallas Howard y Chris Pratt, El reino caído reúne a Claire y Owen, protagonistas de la anterior entrega, para rescatar al inteligente y empático velociraptor Blue de la Isla Nublar, ahora abandonada tras el desastre ocurrido tres años antes y con un volcán a punto de explotar. Con las mejores intenciones, la pareja se embarca en una misión que es una estafa. Los dinosaurios rescatados serán puestos en subasta a los hombres más siniestros del planeta.

Engañados y trayendo la acción a tierra firme —un gigantesco palacio, para ser exactos— Bayona toma lo mejor de su cine para darle nuevos aires a esta jurásica historia, incluyendo unos filosóficos cameos de Jeff Goldblum, que intentan hacer rodar una discusión estéril sobre el ego humano y nuestra estúpida afición por convertirnos en dioses.

Aunque la idea es interesante, el corazón de la saga no permite mayor desarrollo. Blue, el velociraptor empático, no es Cesar, de El Planeta de los Simios. Los dinosaurios no tienen un lenguaje corporal que pueda ser interpretado con mucha profundidad.

Si quiere ver gente tragada, pisoteada o desgarrada en persecuciones muy bien filmadas, Jurassic World: el reino caído es eso y un gigantesco intento de un poco más.