“No quiero hacer lo mismo para siempre”, reclama Anita María Rodríguez desde un rincón de la sala. Las paredes blancas y amplios ventanales que regalan una vista privilegiada hacia el patio del colegio de pronto se tornaron para ella en un escenario monótono. Lo mismo pasa con la bocina del furgón escolar amarillo que canturrea todas las mañanas frente a su casa dando el puntapié inicial a una coreografía que día tras día culmina en el centro educacional Coocende y el taller de gastronomía.

Sus amigos Ricardo Urzúa y Rita Guzmán acaban el trayecto en la misma cocina aunque, a diferencia de ella, se envuelven en sus uniformes blancos con entusiasmo, esperando recibir las órdenes del profesor-chef. Ahí también está Andrés Martínez, su eterno enamorado y una de las evidencias más significativas de que no se trata de un taller de niños cualquiera, sino uno con ciertas particularidades: sus alumnos ya cumplieron más de 40 años y todos tienen Síndrome de Down.

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Con aquellos dos ingredientes y las personalidades carismáticas de su grupo de protagonistas, Maite Alberdi (33) logró hornear Los Niños, un documental con aroma a galletas, tortas, panqueques y alfajores hechos a mano que se estrenará el 8 de junio en Chile, tras el largo deleite de la crítica internacional en los festivales de Miami, Guadalajara —llevándose el Zeno Mountain Award en uno y destacando en la categoría de Cine Incluyente en el otro— y el IDFA de Amsterdam.

Adultez, independencia, trabajo, matrimonio y sexo son algunas de las tramas que cuajaron como resultado de la recopilación de más de doscientas horas de material filmográfico, la labor de investigación de un año en diferentes colegios e instituciones, y una duda íntima nacida en lo más profundo del seno familiar.

“Siempre fue un tema pensar qué iba a pasar con mi tía que tiene Síndrome de Down… En La Once también se plantea, porque mi abuela se lo preguntaba”, cuenta la directora. “Se condena a los países con aborto legalizado, porque dejaron de nacer personas con Síndrome de Down. Acá todos nacen, y está bien, yo tendría un hijo con Síndrome de Down sin problemas, pero me muero del dolor de guata de pensar cómo va a vivir cuando sea adulto en Chile. ¿Qué posibilidades se les están dando?”.

Los niños, explica, es un título irónico que invita a los espectadores a enfrentar la diferencia más allá de la niñez; sin embargo, no es la crítica el principal ingrediente que busca seducir a la audiencia, sino la empatía hacia los protagonistas, sus historias, personalidades, aspiraciones y berrinches.

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“Es obvio que han vivido toda su vida con dificultad, no hay que explicarlo, es físicamente identificable. Uno quiere ver personajes en el cine, no temas. Yo no voy a sentarme a la sala a escuchar un discurso sobre políticas de discapacidad, sino a vivir una historia y en ese sentido el contexto no importa”, enfatiza con voz suave, pero segura.

Licenciada en Estética, Comunicación Social y directora audiovisual de la Universidad Católica, la elogiada documentalista esquiva las conversaciones demasiado profundas acerca de su vida personal. No obstante, ciertos atisbos de ella han quedado plasmados en La Once (2014), que tuvo como una de las protagonistas a su propia abuela y ahora con este nuevo filme, que deja entrever su compromiso particular por estrechar la brecha discriminatoria. La campaña Súmate ya: Los Niños contra la discriminación laboral —un llamado a la igualdad salarial para personas con discapacidad mental— es un perfecto ejemplo de ello. Su cercanía a filmar realidades asociadas a sectores socio económicos altos no ha estado exenta de detractores, pero no le interesan las críticas ni tampoco recuerda haberlas recibido directamente.

“Creo que uno tiene derecho a representar todo: desde el lugar más popular, al más cuico”, afirma. “No hay personajes ni espacios vetados, porque si los hubiera acabaríamos filmando solo a personas que piensan como uno, y la gracia es enfrentarse a los prejuicios para generar un entendimiento del mundo. ¿No puedo filmar cuicos, porque soy cuica? Bueno, si no nos abrimos a mostrar eso que es precisamente incómodo de mirar, entonces es imposible que el cine te mueva”. Su mensaje, dice, radica en el entendimiento social que surge de conocerse y mirarse, no de argumentar quién tiene la razón.

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“Me cuesta hacer pelear…, mi idea es que desde observar un mundo se te dé un conocimiento profundo de él. Quizás el día de mañana haga alguna película sobre la lucha de clases, pero no la he hecho. Incluso Los Niños, me hubiese encantado no hacerlo en un colegio privado, pero lamentablemente los establecimientos públicos permiten que las personas con discapacidad estén solo hasta los 25 años, yo quería un personaje de 40, así que no tenía otro espacio para filmar, porque no existe”.

Dueña de una personalidad pragmática —y una agenda organizada con un mínimo de tres meses de antelación— que ha sido el molde idóneo para sus documentales, armados con una receta propia que se sigue al pie de la letra antes de comenzar a rodar. No es coincidencia que ciertos condimentos se repitan en el plato: la perfección de encuadres, colores, sonidos y sensaciones que parecen más bien arrancados de un largometraje de ficción que de una porción de la realidad. “Las historias que me interesa encontrar siempre tienen personajes dignos de cualquier ficción, que parecen de mentira, pero son reales”, detalla Alberdi.

“Considero maravilloso lograr que alguien algún día piense que lo que está viendo es totalmente ficción, aunque sea verdad. Es más entretenido el ejercicio, porque no está lleno de documentales que parezcan ficción, y creo que ahí hay una particularidad que puedo explorar, mejorar y llevar al extremo”. Y mientras tanto trabaja en un nuevo proyecto, que esta vez no tiene lazos sanguíneos, con la misma expertise de un chef escogiendo productos culinarios, Maite Alberdi mantendrá la cámara encendida para captar nuevos mundos y sabores. “La emoción son dos cosas”, dice, “una es la pena, y la otra es la risa”, pero ella siempre escoge la segunda como una última sazón que ayuda a endulzar realidades y cocinar historias a fuego lento.