Imagine a un hombre normal, con un gran pasar, una familia constituida, auto, linda casa, ahorros y buen trabajo. Vuelva a imaginarlo ahora enfrentado a la muerte esperando un trasplante de riñón que no llega nunca.

Dirigida por el argentino Armando Bo, quien ha trabajado como guionista de Alejandro González Iñárritu en Birdman (2014), con quien ganó un Oscar, en Animal se luce haciendo un acabado estudio de lo peor del ser humano, fórmula que incluye maldad, crueldad, egoísmo y también clasismo, todos tomados desde la óptica de ser intrínsecos de nuestra raza.

Con un gigante Guillermo Francella interpretando a Antonio Decoud, exitoso gerente de un frigorífico, el ojo de Bo pone en primer plano el caos que comienza a vivir este personaje mientras su preciada estabilidad se destruye cuando sus riñones empiezan a fallar y entra en una burocrática lista de espera para un trasplante. De allí en más y con gran sutileza, Animal avanza elegante en un tour de force de Antonio, que decae emocional y síquicamente hasta incluso intentar comprar un riñón en el mercado negro. En la búsqueda aparece una pareja de indigentes que buscará aprovecharse de la delicada situación del hasta ese minuto impoluto protagonista, para transformar todo en un descalabro donde la podredumbre humana traspasa la pantalla, fenómeno poco visto en el cine latino y muy bien logrado acá.

El trabajo de Bo y el protagónico de Francella funcionan como una bailarina de ballet borracha danzando en la cornisa de un edificio. Sin perder elegancia en la sobria factura y cuidados planos del frigorífico y otros lugares donde transcurre la acción, el silencio parece ser un gran elemento en Animal. El espacio en que nadie dice nada es el momento en que el instinto primitivo actúa. Animal es una película bellamente oscura, nada de improbable y bastante honesta como relato. De lo más recomendable del cine de esta parte del mundo para este invierno frío y duro