Aunque muchos no estemos de acuerdo, en este mundo finalmente todo es un asunto de apariencias. El clásico ‘como te ven, te tratan’ es el néctar con el que se alimenta esta leve pero interesante comedia francesa con mucho espíritu hollywoodense. Acá, la directora Amanda Sthers, quien además es escritora, junta a Toni Collette (Anne) y Harvey Keitel (Bob), un millonario matrimonio norteamericano que vive en París en torno a una cena que se será el detonante de un enredo estilo La cenicienta.

Preparados para recibir a amigos de alta alcurnia, el plan se transforma cuando el hijo escritor de Bob (Keitel), llegue a desordenar la cena y obligue a la supersticiosa anfitriona (Collette) a sumar a la mesa a la empleada de la casa: la españolísima y almodovariana Rossy de Palma, quien se debe transfigurar en un enigmático miembro de la realeza ibérica. El plan se cae a pedazos cuando uno de los invitados se enamora rápidamente de la excéntrica invitada. De allí en más, el tema de las apariencias, la decadencia de las clases acaudaladas y el romanticismo de manual irán configurando esta cinta que insinúa tibiamente una lucha de clases y un amor imposible tipo Romeo y Julieta, todo con un tono bien almidonado y satírico.

Sthers, quien además está a cargo del guión, está al borde del precipicio cuando trata de aumentar el caldo de su historia con diálogos y apariciones poco trascendentes, pero el corazón de la película —la madame y su empleada— sacan pequeñas pero brillantes chispas: Collette en su salsa como villana chic y De Palma viviendo su propio revival de desenfado. Ver en acción a ellas junto al viejo Harvey Keitel, es el mayor argumento para comprar un ticket e ir a ver La Madame, una cinta sin grandes ínfulas que dibuja, en grosso modo, el buen-mal vivir de los ricos del primer mundo.