En la rue de Martyrs, dentro de un pasaje típico parisino se encuentra la Cine Fundación. Justo al frente, en un café, Marcela se sienta en una típica terraza francesa.  El gris del día y el negro de su ropa hacen resaltar su clara piel y sus ojos azules.

Luego de vivir en Francia  largo tiempo, estuvo casi ocho años en Chile, pero ya regresó a París. “Echaba de menos la cultura, la oferta de cine. Acá me siento más cómoda, me siento bien saludando al vecino, conociendo gente en la calle. Entonces, para mi trabajo creativo es más interesante estar aquí”.

—¿Está en París, pero piensa en Chile?

—Siempre reflexionando sobre mi país. Soy chilena, voy a ver a mi familia. De hecho, viví tantos años en Chile porque quería que mi hijo hablara chileno, comiera empanadas, viera la cordillera. Porque esos recuerdos no se pueden transmitir y los que uno guarda de la infancia son muy fuertes. Quería eso para él.

A través de su éxito los medios franceses hablan del renouveau del cinema chilien (renacimiento del cine chileno). Ella cree que pese a los fondos concursables, falta independencia. “La producción chilena depende del cine extranjero y de otros fondos. El hecho de tener estos recursos hizo emerger nuevos talentos, algunos que han pasado por la Cine Fundación. Sebastián Lelio, Cristián Jiménez, Fernando Guzzoni, Dominga Sotomayor, y yo hoy día. Todos tenemos que hacer este camino que está ligado a Europa forzosamente. No es malo abrirse. Pero si se está hablando de cine chileno es porque hay dinero, un poco, para hacerlo y el día que eso se acabe, se acabó el cine”.

—¿Por qué cambiar del documental a la ficción?

—Me gustan los desafíos. Ya había hecho cuatro documentales a los que les fue bien y tenía ganas de emprender algo distinto. Cuando me encontré con la historia me di cuenta de que era para una película. Busqué al guionista Julio Rojas y empezamos. Escribimos la película libremente sin pensar en la producción.

—En tus documentales y ahora en la película, la política está siempre presente.

—Creo que es algo de lo que no nos podemos deshacer, porque somos ciudadanos y la política nos ayuda a entendernos.

El verano de los peces voladores, transcurre en un fundo del sur de Chile. Allí una adolescente, Manena, se enfrenta a su padre que está obsesionado con la idea de exterminar las carpas de su laguna y para eso, no duda en usar explosivos. Todos aplauden la extravagante idea de Pancho, a excepción de su hija, que parece ser la única que percibe una tensión creciente en el ambiente y la amenaza del conflicto mapuche que los rodea.

—En el filme se vislumbra el tema de la Araucanía, ¿cómo lo ves tú?

—La vía de solución, según yo, es la política, no la armada. Y por eso me parece tan importante hablarlo. En la película se trata con fineza, no quise abordar el tema frontalmente, porque me parecía de mal gusto, traté de encontrar una manera personal de contar una historia.

—¿Por eso decidiste poner el conflicto fuera de campo?

—La película es sobre la invisibilidad del conflicto mapuche. Hay una violencia subterránea, es una cinta misteriosa, donde uno trata este conflicto como algo que está soterrado, escondido, del cual no se habla y a mí me parece que es así.

—¿Hay algo de biográfico en la historia?

—Lo autobiográfico son los dos despertares. El despertar al amor y el despertar a la conciencia política, que me ocurrió a los 16 años. Ese despertar político, como lo llamo yo, es cuando uno se da cuenta de que hay cosas que cambiar. Vivíamos en el centro de Santiago con mi familia, yo estudié en el Liceo 1, mis hermanos en el Instituto Nacional y en las tardes me iba a clases de piano en la Escuela Moderna de Música, entonces atravesaba Santiago. Mis compañeras vivían una realidad diferente a la mía, yo vi un país a double vitesse. Fue una gran educación haber estado en un liceo público, experimentar la cantidad de problemas que yo veía en la sala de clases con 45 alumnas que vienen de todas partes de Santiago.

—Volviendo a tu película, ¿cómo te has sentido con el éxito que ha tenido en los festivales y la gran acogida en su estreno en Francia?

—El mejor premio fue cuando quedó en Cannes. Tener tu primera película en la Quincena de Realizadores es un gran logro. Luego viajó por varios festivales, en Biarritz obtuvo el premio de la crítica y el de la mise en scene en otros festivales, o sea al director. Hace un año yo estaba en Cannes y un año más tarde la estoy estrenando en París.

—¿Cuál es tu nuevo proyecto?

—Se llama Hablemos del tiempo y aborda un tema político que ya está planteado en otras películas, que tiene que ver con la noción de la banalidad del mal de Hannah Arendt, es decir, el monstruo que todos llevamos dentro. Es una película que ocurre en Santiago, sobre una mujer que tiene que confrontar la violencia sicológica de su marido y que al mismo tiempo toma clases de equitación con un viejo maestro, ella se entera en el camino, con que éste fue jefe del centro de represión Simón Bolívar. Está basada en una historia real, fue mi profesor de equitación que hoy en día está en la cárcel, el mismo que aparece en El mocito (su último documental).