Carol puede ser la historia de un amor prohibido, aunque para la protagonista, una cautivadora Cate Blanchett (46), el sexo de su personaje no posee relevancia alguna.

Este título que dirige Todd Haynes (Lejos del cielo, Velvet Goldmine) se ha promocionado como el relato que define una época y también como un “clásico de culto lésbico”. Pero para esta actriz la premisa detrás de esta cinta —una adaptación a la pantalla de la novela de Patricia Highsmith— es mucho más simple. Y lo expresa con total certeza.

—¿Cómo define la historia?

—Es acerca de dos personas que se enamoran. De la misma manera que le sucede a Romeo y Julieta. La película tiene un carácter universal y para el relato el género femenino es absolutamente vital: es el impedimento para consumar su amor. Pero no es el centro de la cinta.

Es tarde y la actriz viene de una larga jornada promocional de este largometraje. Como integrante de la realeza hollywoodense sabe manejar esta dinámica de entrevistas eternas. Sin embargo, esta vez deja abiertos mínimos espacios donde se nota su cansancio antes de hablar. Eso sí, la disciplina y profesionalismo aparecen en dos segundos. Abre los ojos y está lista para hablar.

Con más de dos décadas de experiencia y un par de estatuillas del Oscar en su casa (El aviador, Blue Jasmine), la australiana mantiene una larga lista con ofertas de trabajo. La respuesta a estas invitaciones está en su contrato, que estipula que todo depende de su “compromiso con el guión”.

La curiosidad finalmente es lo que mueve a esta artista. Por eso se traslada sin problemas entre los más diversos géneros, desde la fantasía de El Señor de los Anillos, al drama de Elizabeth y la acción de Indiana Jones. Su siguiente aventura es impredecible, como pasó con Carol.

Admirada por su belleza, por la que tiene contratos publicitarios con un perfume y una línea de cuidado facial, lo que más la define frente al público y sus pares es su capacidad de transformación. Esta queda hecha homenaje en la última instalación audiovisual del berlinés Julian Rosefeldt en el Museo de la Imagen de Melbourne.

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Allí Blanchett se caracteriza en trece personajes paralelos y ejecuta monólogos sobre el rol del artista en la actualidad en un inesperado relato continuo.

Que llegue a un museo no es sorpresa, desde hace un tiempo esta mujer es considerada un tesoro nacional. Estatus que se materializó a inicios de este mes en una ceremonia en la que recibió el trofeo Longford Lyell por su contribución al cine de Australia. Entre lágrimas agradeció este honor, entre videos que le enviaron para la gala Martin Scorsese, Ron Howard y Robert Redford.

—¿Por qué se sumó a Carol?

—Cuando reviso un guión sólo pienso: ¿Es una buena historia? ¿Me interesa? Porque si no te conectas como actriz, la posibilidad de que aquello sí suceda con el público es mínima.

—¿Cuándo llega la historia a sus manos?

—Leí la novela hace años, cuando filmaba El talentoso Mr. Ripley (otra adaptación de Highsmith) con el director Anthony Minghella. Y me encantó. Pero esta novela se convirtió en película sólo cuando Todd Haynes tomó la dirección y Rooney Mara (La chica del dragón tatuado) firmó para actuar, lo que la convirtió en algo totalmente irresistible. Al final, todo se resume en las personas.

La publicación de 1952 representa vívidamente esa década en Nueva York. Años de posguerra en que se abrió el espacio a muchas voces de cambio. La trama se centra en la atracción poco probable entre dos mujeres que viven en esa ciudad: la veinteañera Teresa Belivet (Mara) y Carol Aird (Blanchett), una mujer madura en un largo matrimonio sin amor. Tanto el libro como el guión muestra a través de la relación de las protagonistas los aires sociales de una época y las posibiidades para ser feliz a partir de una reimaginada Manhattan como poético telón de fondo.

Las actuaciones en esta hermosa puesta en escena sacaron ovación de pie en el Festival de Cannes. Tanto la cinta como sus dos actrices ya postulan al Globo de Oro y, con seguridad, también estarán en las nominaciones al Oscar 2016, que se anuncian el 14 de enero.

—¿Que herramientas le entregó la novela para un papel tan complejo?

—El don de trabajar en algo basado en una novela de Highsmith es que la vida interior de los personajes es muy rica. Ella es maestra en su trato con los personajes que reconoce. En cierto modo, da cuenta de que cada adulto tiene un secreto.

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—¿Cuál es el de Carol?

—Es alguien que quizá parece muy lejana, autónoma y dueña de sí misma. Pero, de cierta manera, la siento desmoronándose: ni ella ni Teresa encajan perfectamente en un círculo social, en esa época o en un movimiento clandestino. Ambas son emboscadas por la intensidad de esa conexión que comparten.

—Una mirada trágica del amor.

—Cuando te enamoras corres el riesgo de estar fuera de control. Y eso forma parte de la emoción embriagadora que contiene ese sentimiento.

El romance no es la única conexión de la actriz con la película, también lo es la maternidad. Casada hace 18 años con Andrew Upton, tiene una consolidada familia que incluye a los tres hijos que dio a luz en su país y a una pequeña que adoptó a inicios de año en Estados Unidos.

En 2013 la pareja dejó la codirección artística de la prestigiosa Compañía de Teatro de Sydney para mudarse a California, con el propósito de que la actriz se reencontrara con sus raíces paternas en Norteamérica.

—Tu personaje toma una decisión difícil en la cinta, ¿cómo tocó tu fibra maternal?

—Sentí el ‘tirón’. Parte de la actuación es ponerte en los zapatos del otro. Aunque no saco mis experiencias en Carol, sí entendí su dolor.

—Esta es una historia sobre mujeres, de la pluma de una escritora y adaptada al cine por una guionista (Phyllis Nagy). ¿Es un proyecto especial para ti en días en que se discute la inequidad de género en Hollywood?

—Pienso que hay que relegar a la película de esa discusión. El poder de Carol es que es una película apolítica. Sólo Todd Haynes —quien tiene la estética de un observador que entrega filmes ‘peligrosos’, atractivos e inusuales— podría haber liderado una obra en que dos personajes femeninos se enamoran… Y de la más maravillosa manera empodera aquello y lo hace normal.