Además de hermanas, Carmen y Dolores son amigas, y como tales comparten sus vidas, que han transcurrido entre Francia y España. Son latinas y europeas, les gustan las danzas africanas y son fanáticas de Dostoievski. La una mide un metro 75 centímetros y la otra, uno 79. Espigadas y movedizas, bailan como libélulas enloquecidas, y en París –donde viven actualmente– dirigen sus cuerpos marineros a Baines Douches, la discoteca de moda. Vestidas de negro y empinadas sobre tacos aguja, parten por las noches hacía allá en calidad de vampiresas.

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De su madre, oriunda de las Antillas, heredaron un tipo exótico que las hace atractivas y diferentes. El cineasta Wim Wenders lo advirtió y las contrató a ambas para participar de su última y futurista película, Hasta el fin del mundo. Juntas habían tenido su primera experiencia cinematográfica en Las cartas de Alphonse Daudet, de Samy Pavel. Las dos estudiaron teatro y Dolores trabajó recientemente en La ronda, de Jean Genet.

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Cuando van a Madrid lo pasan bomba. No les cuesta nada sumergirse en la movida y se le ve frecuentemente en el bar Hanoi. En España también visitan a su tía Geraldine, con la que conversan entusiasmadas hasta las tres de la mañana.

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Las cartas están echadas. Carmen y Dolores son actrices y el futuro para ellas se divisa espectacular. En materia sentimental mantienen una sola cláusula: no pelearse jamás entre sí por asuntos del corazón.