Treinta y cinco centímetros de altura, cuatro kilos de peso y una delgada silueta en oro de veinticuatro kilates. Extrañamente, el destino no ha querido que uno de los trofeos más deseados —y sin duda, el más reconocible de la industria del entretenimiento— corone la carrera de Leonardo DiCaprio (41). A estas alturas, el hecho de que el protagonista de Titanic aún no se lleve a casa un Oscar es casi humorístico, materia prima de cientos de memes cada día.

Es cierto que su nombre está grabado en piedra en la industria del cine, y es innegable que ha hecho interpretaciones memorables, pero DiCaprio, el galán de oro y eterno nominado de Hollywood, no les ha podido ganar a las probabilidades: cinco nominaciones han resultado ser sólo esperanzas fallidas. En 1993, con apenas 19 años, el actor recibió su primera candidatura como Mejor Actor de Reparto por ¿A Quién Ama Gilbert Grape?. Su interpretación de Arnie, un joven con leve retraso mental, lo catapultó a la fama y lo anotó como uno de los talentos más promisorios de la industria. A pesar de todo, el premio se lo quedó Tommy Lee Jones por El Fugitivo, cinta aclamada por la crítica y que sumó siete nominaciones en total.

Pasó más de una década para que con El Aviador (2004) Leo volviera a la lista de nominados. Una actuación merecedora de premios que al lado del brutalmente honesto Jamie Foxx, en la cinta biográfica sobre Ray Charles, debió contentarse sólo con el galardón de una justa derrota. Situación similar en 2007 por su papel en Diamante de sangre, que recibió excelentes reseñas, pero que no pudo contra un implacable Forest Whitaker como Idi Amin en El Último Rey de Escocia. En los Oscar 2014, otra competencia imposible: la interpretación de Matthew McConaughey en El club de los desahuciados como un moribundo Ron Woodroof se llevó los aplausos, la taquilla y, claro, el premio dorado. Esta vez con El Renacido —en un papel que lo forzó a dormir en cadáveres de animales, nadar en aguas al borde del congelamiento y comerse el hígado de un bisonte muerto— el Oscar con su nombre es visto casi como una obligación moral de la Academia.

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Con la mitad de su sangre originaria de Nápoles, DiCaprio es una muestra de que el destino esquivo de los premios de la Academia es una maldición italiana. Ennio Morricone (87) es otro eterno viudo de la estatuilla.

En un momento de profunda tensión, cuando los nativos lo persiguen armados y con la intención de capturarlo, sólo bastó con tomar su oboe y hacerlo cantar. La melodía causa una magia tal que tanto sus persecutores como los espectadores del filme quedan cautivados. El destino del sacerdote jesuita Gabriel en la película La misión (1986) fue salvado por una composición que, para muchos, nunca tuvo un justo reconocimiento. Dicha banda sonora ha sido catalogada como una de las más influyentes en la historia del cine moderno, sin embargo no logró quedarse con el Oscar. Fue en la ceremonia de entrega de 1987 cuando Morricone perdió contra la composición de Herbie Hancock para Round Midnight. “Definitivamente pienso que debí haber ganado ese premio. Perdí contra Hancock, que hizo muy buenos arreglos, pero no era una partitura original. No es comparable con La misión, ¡fue un robo!”, aseguró el maestro —apodo que prefiere— a The Guardian en 2001.

No ganó en esa entrega, no ganó en la anterior, no ganó en ninguna de las siguientes. Ennio Morricone, el Mozart del cine, el que ha escrito música para más de 500 películas, sólo ha subido una vez al escenario de la ceremonia: en 2007, para recibir un Oscar honorífico por su trayectoria. Seis veces nominado (cifra que comparte con DiCaprio), este año va de la mano de Quentin Tarantino con Los Ocho Más Odiados en la carrera por la estatuilla.

Comenzó como el musicalizador más conocido de las películas del Oeste financiada por italianos, los spaghetti westerns, término que él considera racista y ofensivo. Su trabajo con Sergio Leone, amigo de la infancia, logró marcar una nueva era en la composición de bandas sonoras para ese tipo de cine. Su gran salto al mainstream fue con Días de gloria (1978), partitura con la que obtuvo su primera nominación al Oscar. Unos años después, con la célebre y mundialmente exitosa música para La misión, Morricone ganó su segunda candidatura… frustrada.

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El reconocimiento del italiano creció y su apellido se convirtió en sinónimo de música nostálgica, emocionante e icónica. Las nominaciones también siguieron: 1987 con Los intocables, 1991 con Bugsy y en el 2000 con Malèna. Una academia quizás arrepentida, quizá con una incómoda sensación de trabajo no cumplido, le otorgó al músico en 2007 un Oscar por trayectoria —el segundo premio de este tipo tras el que ganó Alex North en 1986–, algo que él considera magno: “Es emocionante estar nominado, pero ya tengo un premio en honor a mi carrera, y ese es el orgullo más grande”, señaló al Guardian. Un notablemente emocionado maestro subió a recibir su primer Oscar ese año. El primero y único hasta ese momento, el primero de un par si tiene suerte este 28 de febrero.

“El señor Morricone es uno de mis compositores favoritos en la historia, y cuando digo compositor no hablo sólo de películas. Hablo de Mozart, de Beethoven, de Schubert. Por Ennio y por su vida, les digo muchas gracias y grazie!”, afirmaba un emocionado Tarantino recibiendo el Globo de Oro en enero pasado por mejor banda sonora en representación del compositor italiano.

Tal vez este febrero sea el mismísimo Morricone el que se suba al escenario y agradezca al público con su acento marcado y sus manos teatrales. Probablemente el tramitado Leo DiCaprio pueda dormir en paz con un premio en su velador. Este año la deuda italiana puede quedar saldada.