En la universidad fue un portero de hotel que le abrió la puerta a DiCaprio. Veinte años después vacacionaban juntos rodeados de modelos. Bradley Cooper (41) no pasó a nominado al Oscar o al título del Hombre Más Sexy del Planeta por la revista People de un día para otro. Desde la universidad tenía la altura, la mirada seductora, la cabellera dorada y una sonrisa perfecta para convertirse en galán instantáneo. Pero debió esperar mucho tiempo para estar entre los actores más buscados de los directores de Hollywood.

Aunque una vez que logró visibilidad y fans por su participación en series de TV se abrieron las oportunidades en cine. Eso sí, fueron papeles de reparto y no siempre agradables, como es el caso de la película Los Rompebodas. Su ventaja estaba en un entrenamiento teatral para pasar ductilmente del drama a comedia, a lo que no le hacía nada de mal su atractiva presencia ante las cámaras. Combinación que alentó a los productores a atreverse para poner jugosas fichas en él.

La jugada vino en 2009 con su liderazgo en la hilarante ¿Qué pasó ayer?, taquillazo que marcó el gran salto. De allí su nombre aparecería destacado en afiches de superproducciones junto a nombres de la talla de Robert De Niro. El acelerador se activó y el ‘prestigio’ surgió unánime gracias a su intensidad en El lado bueno de las cosas (2012). Ese título le reportó su primera nominación al Oscar y también algo clave: trabajar bajo las órdenes de David O. Russell y coprotagonizar con Jennifer Lawrence (Los Juegos del Hambre).

Con ambos extendió una relación personal y de éxito laboral en Escándalo americano y, en esta temporada, con Joy: el nombre del éxito.

Esta tercera aventura (con estreno en Chile el 4 de febrero) sigue a una joven mujer que tiene en su cabeza la idea de un gran producto para vender (un trapeador autoexprimible), pero que enfrenta malos amores, circunstancias adversas y una familia tan disfuncional que no le permite hacer real su ‘revolucionario’ proyecto. Algo que cambia cuando se encuentra con Neil, personaje de Cooper.

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Soltero deseado (tuvo un matrimonio de sólo un año en 2006 con Jennifer Esposito), el rubio ha cambiado su gusto por las actrices (Renée Zellweger, Zoe Saldana, Jennifer López) por las modelos. Apenas terminó su relación con la veinteañera top inglesa Suki Waterhouse, partió su intenso romance con la ex de Ronaldo: Irina Shayk.

No la pasa mal y pronto —quizá porque alcanzó la fama en la madurez— encontró la fórmula para que su vida personal no opacara sus proyectos en la pantalla y las tablas.

—¿Quién inspiró tu personaje en Joy?

—Neil Walker se basa en distintos hombres con los que Joy Mangano (Lawrence) se encuentra en la vida. En la película soy un tipo de Detroit con un pasado deportista que le dio particulares habilidades en los negocios. A él le dan la oportunidad para ir a Pennsylvania a iniciar un canal de compras por TV, al que le va increíble. Al igual que Joy, ve las cosas de manera poco convencional. Al contrario del resto, cuando aumenta el estrés se vuelve más tranquilo.

—¿Por qué te gusta colaborar con David O. Russell?

—David es un personaje único, al igual que su estilo de filmar. Siempre busca mejorar en su oficio y se impone retos.

—¿Por qué Jennifer destaca en su generación?

—Antes que David y ella trabajaran juntos fue nominada a un Oscar por Lazos de sangre con sólo 20 años. Es una actriz increíble, muy hábil y perfecta para casi cualquier papel.

—¿Hay suficientes papeles importantes para mujeres en la industria?

—He tenido la suerte de estar en películas en donde los personajes femeninos han sido muy complicados y fuertes. Las mujeres son una fuerza a la que siempre hay que tomar en cuenta. Partí mi carrera en televisión en la serie Alias, de J.J. Abrams, que tenía de protagonista a Jennifer Garner. Así que crecí trabajando dentro de una estructura de este tipo.

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Joy no depende de un hombre…

—Es cierto. Parte diciendo: No necesito un príncipe. Es un gran mensaje y prevalece a lo largo de la cinta. Frozen toca ese mismo tema.

Cooper quiso actuar desde que tenía 12 años. Siempre lo supo, pero el momento en que marcó ese objetivo fue cuando vio la película El hombre elefante (1980), historia a la que él dio vida —y a tablero vuelto— el año pasado en el teatro de Londres.

Esa obra fue también crucial en sus días universitarios. En esos años de espera por trabajo muchos de sus seguidores todavía lo recuerdan como ese estudiante que en un capítulo del programa Desde el Actors Studio le hacía una pregunta al aclamado Robert De Niro, sin que soñara ser su amigo años después.

—¿Qué apoyo tuviste en tu vocación?

—No crecí con una familia que conociera a actores ni a nadie en la industria del entretenimiento. Era un mundo que estaba lejísimo. Cuando estaba en la universidad trabajé de portero en un hotel y me tocó llevar a Leonardo DiCaprio a su habitación. Así que la actuación era un universo completamente extraño, pero siempre pensaba en aquello. Había ahí algo muy magnético.

—¿Cuándo se convirtió en realidad?

—Entré a estudiar literatura y después seguí a teatro. Allí recién empecé a actuar. Me ayudó que no tuve padres que se opusieran. ¡Es una carrera que asusta! Pedí un préstamo de 75 mil dólares para mis estudios universitarios. Eso fue muy atemorizante. Pero cuando mi papá me vio en El hombre elefante para mi presentación de tesis algo prendió dentro de él. Desde ahí se mostró muy emocionado. Creo que se dio cuenta de que había alguna oportunidad para que me fuera bien.

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—Has trabajado sin parar en cine y teatro. ¿Cuán importante es tomarse un tiempo libre?

—El trabajo no lo es todo… ¡Me encanta cocinar! Y me tomé unas vacaciones recientemente. Me gusta estar en nuevos proyectos, pero este año cumplí 41 y me di cuenta hace poco de la importancia del descanso. Había hecho Escándalo americano, enseguida me sumé a Bajo el mismo cielo. Luego pasé de filmar El francotirador a Una buena receta y estrenar la obra El hombre elefante en Nueva York y Londres. Fue en ese momento en que caí en que no me había parado en años. ¡Nada! Por eso me fui de viaje.

Joy no sólo es un nombre, también significa “alegría”. ¿Qué es eso para ti?

—Me alegra trabajar. Realmente amo lo que hago y me siento feliz cuando actúo para películas de David. La alegría significa muchas cosas, eso es lo bello del mundo. A veces hasta respirar es algo que te pone contento. La alegría es un compromiso profundo. Es gratitud y es también placer.

—Llevas tres nominaciones al Oscar como actor, ¿qué te pasa con los premios?

—Aunque ha sido asombroso trabajar con grandes cineastas y realizar papeles increíbles en los últimos tres años, mi motivación no tiene nada que ver con recibir premios. Mientras permanezca sano, tan solo quiero seguir aprendiendo.