El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese, nos trae de vuelta la mejor versión del director ítalo-americano en varios años. Luego de llevarse su merecido y buscado Oscar por Los infiltrados (2006), el director de Taxi Driver vuelve a hacer de las suyas con la historia de Jordan Belfort, un corredor de la bolsa hecho a pulso y que en 1987 decide burlar a todo Wall Street con su estrategia estafadora y su vida ultradisipada de drogas, sexo, alcohol y dólares. Millones de dólares.

Tomando aires de cintas como Casino y Los buenos muchachos, acá Scorsese transforma a DiCaprio (Belfort) en una versión canalla, sádica y nihilista del clásico Gordon Gekko (Michael Douglas) de Wall Street.

El lobo, DiCaprio, es el capitalismo con sobredosis de anfetaminas. Exceso puro y alquimia calibrada con precisión luego que el actor completara cinco películas junto a Scorsese. El resultado son tres horas arrolladoras de una cinta que sumerge en el fulgor y angustia de Jordan Belfort, quien a los 26 años ya era multimillonario estafando al iluso que se le cruzara con sus famosas acciones basura.

La desmesura de Scorsese lo obligó a quitar mucho sexo y droga del metraje final. Pero ni eso le resta nervio a El lobo…, un nuevo clásico instantáneo, lleno de papeles secundarios notables, como la desquiciada mano derecha de Belfort, Donnie Azoff (Jonah Hill), su segunda esposa Naomi (Margot Robbie) o Matthew McConaughey, como el zafado mentor de DiCaprio.

Tour-de-force tragicómico, acelerado, filmado como solo Scorsese podría, con una banda sonora exquisita y un DiCaprio sobregirado, exprimido como naranja y dando uno de los mejores jugos de su carrera, El lobo de Wall Street merece premios, taquilla y mucho más, con su viaje —borracho y sobre un Ferrari— al verdadero corazón del american dream: la ambición a manos llenas. Ese sueño americano que Scorsese quiere filmar matiné, vermouth y noche, siempre retorcido y cuyo próximo zarpazo ya tiene dueño: Frank Sinatra.