Amor y muerte. Cuando ambas palabras se combinan, morbosamente el interés sube como espuma. En El cuarto azul, el sexto filme de Mathieu Amalric (La escafandra y la mariposa), el francés toca precisamente esa fibra, en una cinta que se presenta como la historia de un apasionado y frugal amorío extramarital, que minuto a minuto, toma tintes pesadillezcos.

Julien (Amalric) y Esther se aman a toda potencia en un cuarto (azul por cierto) de hotel del pueblo donde viven. Eso mientras una densa capa cae en escena. La esposa, la hija, el esposo enfermo de la amante. La gente del pueblo. Aparecen y desaparecen pistas. Un crimen, el pecado del sexo, la sangre, la culpa. Todo en 76 minutos que vuelan tan rápido que dejan temporalmente la sensación de que necesitas más información. 

Pero no. No hay nada más que dolor. Un golpe con un fierro en la cabeza de Julien, el protagonista de la historia que, de manera seca, nos muestra este viaje desordenado por sus recuerdos y lo que pasó para que un lío de sábanas terminara en caso judicial.

Adaptando una novela de 1964 de Georges Simenon, Amalric vuelve a mostrar su afinado timming actoral y en la dirección. En poco más de una hora introduce en un laberinto que sólo los adultos que alguna vez se han enamorado —y desenamorado también— lograrán captar.

El acercamiento total a los acontecimientos que propone el francés hace que todo parezca un gran malentendido, una estupidez que no puede estar pasando mientras un juez que bien podría ser un siquiatra interroga a un arrollado Julien, sólo obteniendo flashes inconexos. “La vida es diferente cuando la vives que cuando la recuerdas después”, alega atormentado.

Muy diferente a toda la oferta cinematográfica nacional, de Hollywood e incluso de sus colegas franceses, el trabajo de Amalric es un torbellino que con cada nueva película sube de grado, para pronto convertirse en huracán.