Con tres horas de duración, a primera vista la historia del despertar sexual de una quinceañera francesa proletaria, Adèle, puede parecer poco interesante, pero a medida que avanzan los diálogos, el recorrido vital de la protagonista (Adèle Exarchopoulos) aprieta el corazón y conmueve con su cándido tránsito, en unos seis años, desde el colegio y sus problemas de identidad y autoestima hasta su entrada al mundo laboral —como parvularia y luego como profesora básica—. Todo esto atado al nudo central de la historia: el amor por Emma (Léa Seydoux), una artista algo mayor que ella, de la cual se enamora a primera vista y que la inicia en el mundo lésbico.

Allí, mientras aparecen los primeros coqueteos, Emma hace un retrato de Adèle en un parque mientras le habla de la importancia de la obra de Sartre en sus existencias: “Inició una revolución intelectual que liberó a una generación completa. Dijo que podemos elegir nuestras vidas…”. Y es precisamente ese dulce y también amargo juego de elecciones el que transforma a La vida de Adèle en una obra recordable.

Aunque muchos se quedarán con las muy bien filmadas escenas de sexo —que no son pocas—, la mirada de Abdellatif Kechiche sobre la excepcional Adèle Exarchopoulos (quien acá se gradúa con honores como estrella), es sustanciosa. Un paseo de ida y vuelta, con drama y comedia manejados con transiciones impecables que tocan todos los extremos de las emociones posibles en una niña que se convierte en mujer mientras va a marchas estudiantiles, se enfrenta a la discriminación de sus pares, visita bares gay, convive con galeristas, intelectuales, enseña las vocales a niños o simplemente llora sus penas de amor.

Una película que no es fácil, de esas a las que generalmente el público nacional les hace el quite, como para no tener que pensar que el amor en este siglo no tiene sólo una cara.

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