En La batalla de los cinco ejércitos, la acción se desata apenas empezada la cinta, cuando la compañía desata el infierno tras eliminar al temible dragón de Smaug. A partir de ahí se inicia una batalla por repartir el botín de oro entre enanos, hombres y elfos mientras una guerra sangrienta está a la vuelta de la esquina.

Con su clásico tratamiento visual espectacular y la recreación elegante de un mundo —tierra media— que bien podría ser un freak show, Jackson finalmente cierra esta trilogía, precuela de El señor de los anillos, dejando la sensación que firmó su divorcio con Tolkien luego de unos maravillosos primeros años y una forzada y algo aburrida segunda parte.

La trilogía de El hobbit nunca amenazó con ser la sombra de El señor de los anillos y a trece años de la aparición de esta puesta en escena que remeció el cine, La batalla de los cinco ejércitos es un digno intento de terminar en grande una historia que precisamente carecía del elemento fundamental de El señor de los anillos: épica. 

La repartición de un botín de oro que un enano codicioso (Thorin) no quiere soltar —tal Rico McPato en su castillo recién recuperado—, no da el ancho y tiene poca sustancia dramática frente a la lucha de los oprimidos versus el mal, presentada en la primera trilogía.

Salvo destellos de ternura de Bilbo Bolsón (Martin Freeman) y pequeñas apariciones de personajes como Gandalf (Ian McKellen), Legolas (Orlando Bloom) o Galadriel (Cate Blanchett),  La batalla de los cinco ejércitos es fácilmente olvidable, al igual que sus dos antecesoras. Recomendada para fanáticos, lo mejor es quedarse con la mística de los primeros años de esta franquicia exitosa. Jackson ya lo hizo, prometiendo no filmar nada más sobre el mundo de Tolkien. Ojalá cumpla. 

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