¿Juzgados grises? Para nada. Patricio Ochoa (39) desde sus días de estudiante de Derecho se mueve a ritmo rocanrolero y con actitud cool por los pasillos de la Corte de Santiago. Pero que el skinny jeans no engañe, este abogado va por causas no menores. Hace unos años asumió la representación del humilde pueblo de Caimanes, para defenderla del impacto ambiental de la poderosa mina Pelambres y devolverle el agua a la comunidad. Y, en su ‘doble vida’, hace unos meses tenía listos códigos bajo el brazo para saltar si alguien o alguna entidad atentaba contra el estreno de la cinta El Tío, que abordaba de manera provocativa la figura de Jaime Guzmán.

Así como en tribunales levanta comentarios cuando aparece con algún caso llamativo, en el mundo audiovisual su nombre causa curiosidad. Silencioso, está detrás de producciones que revientan el rating o detonan polémica.

En paralelo saca un vino con amigos y prepara viaje a Vietnam para traer desde allá chef y montaje para el restorán asiático que va a instalar en Santiago en los próximos meses con un empresario gastronómico con locales en Europa.

En el ascendente circuito del cine chileno, las conversaciones han tomado un giro particular. Los rostros fueron relevados por los directores como referente de la calidad de una película. Y en las últimas temporadas los productores han salido del anonimato para tomar protagonismo (Juan de Dios Larraín, Bruno Bettati, Andrés Wood, Nicolás López, Martín Cárcamo, entre otros).  Y en ese último grupo se instaló Ochoa gracias a su gestión.

“Antes el productor era un personaje detrás de una mesa y bastante mal genio. Ahora es mucho más empático, comprometido con la obra. Menos matemático y más sensible. Hoy tiene que entender de guión, de contratos, tener cierta permeabilidad con el trabajo”,  explica frente a un té, antes de irse a una reunión por la película Doña Lucía.

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—En los juzgados, ¿conocían su lado B?

—Siempre me miraban distinto. Pero sólo algunos sabían. En los tribunales civiles estaban al tanto porque había actuado en algunos spots.

—¿Qué fue primero?

—Entré a Derecho en la Chile y después  fui a estudiar teatro a Francia. De regreso, por fuerza mayor y falta de redes volví a los tribunales.

—En esos saltos, ¿hubo un momento en que se arrepintió por relegar la actuación?

—No, porque el Derecho me dio muchas herramientas para la producción.  Volviendo, contacté a un amigo que conocí en Francia, Joaquín Mora, y allí hice de productor ejecutivo de lo que fue mi primer largometraje: Wikén.

—¿Y las leyes? 

—Siempre tuve un espacio en el estudio jurídico que creamos con mis compañeros de universidad.

—¿Consiguió fondos?

—No. Fue autogestionada. Hicimos una sociedad con acciones donde participaron mi hermana, amigos del colegio, etcétera. Llamamos a Francisca Benedetti, quien no tenía ninguna experiencia actoral y lo hizo increíble. También debutó Sofía García. A ellas nos sumamos Diego Muñoz y yo, en mi primer protagónico.

—¿Qué aprendiste?

—Que si quería actuar tenía que producir. Allí me quedó el bichito, formamos la oficina de Rayo, que partió en un espacio en el centro y que ahora está en Ciudad Empresarial.

—El productor le ganó al actor.

—Sí. Y al ser abogado, me manejo muy bien con contratos y figuras legales, que son las herramientas del productor.

—¿Cuál es su sello como productor?

—Los pioneros en Chile son los del equipo de Fábula (No, Gloria), levantando largometrajes a velocidad bastante rápida y seria. Y es así porque tienen a Juan de Dios Larraín atrás, quien también es abogado. En mi caso, he tenido mucha suerte. Conocí gente que está en la senda más artística, como Mateo Iribarren, quien tenía proyectos hace mucho rato. El necesitaba cruzarse con alguien que levantara esas ideas. Ahora estoy con Claudia Godoy, una gran periodista con quien también nos encontramos por el destino.

—Pero con Los Méndez disparó el foco hacia otro lado.

—Un día Leo Méndez llegó a nuestra puerta porque conocía a uno de nuestros socios. Venía con la idea de hacer su versión de The Osbournes en Chile. ¡Incluso apareció con el piloto! Ahora ya estamos en la cuarta temporada y contamos con un área de docu-realidad.

—Y entró más dinero…

—Gracias a ese éxito Rayo pudo abrir otra área que ha sido accidentalmente política. La primera —coproducida— fue El Tío, al que nos subimos porque Mateo estaba dirigiendo. De allí vino Víctor Jara (con guión de Carolina Correa e Iribarren), Tengo Miedo Torero (novela de Pedro Lemebel).

—Y ahora Doña Lucía

Claudia Godoy venía hace mucho rato con la idea. Se contactó con Alejandra Matus (autora del libro sobre la mujer de Pinochet). Y como se conocían, nos cedió los derechos para película y serie.

—¿Quién la dirigirá?

—Alguien que debutará en cine: Eduardo Ravanal. Es un director que trabajó en Canal 13 y TVN. Lo último que hizo fue 21 Días.

—Hitchcock hacía apariciones en sus cintas, ¿se tentará con lo mismo?

—Haré más que un guiño: en todas las películas que voy a producir también voy a actuar. No tengo el arrojo de darme un protagónico, la producción requiere mucho tiempo… Ahora escribieron papeles para mí. Pequeños, pero con pinzas.