Se supone que el fenómeno Cincuenta Sombras de Grey es saludable para la sexualidad de las mujeres: que libera sus fantasías, que las ayuda a traspasar límites, que las conecta con su erotismo y un largo etcétera.

¿Pero qué pasa cuando se cierra la última página de la novela o se prenden las luces del cine y una se enfrenta de sopetón con la realidad? 

Ocurrió en una de las funciones del fin de semana en que se estrenó la película. No se trataba de una avant première y aun así el ambiente era el de alguna hermandad universitaria o de una despedida de soltera. La relación era de 30 mujeres por hombre y los escasos representantes del último grupo iban junto a alguna amiga, polola o esposa como tirados por una cadena invisible. Delante de mí: un chileno promedio, algo gordito y, para qué estamos con cosas, sin ninguna gracia aparente. Su compañera no paraba de comer cabritas, presa de una ansiedad colectiva que liberó con un grito cuando el fantástico Grey se sacó la camisa.

Confieso que yo también cometí pecado y no porque quiera imitar la trama que se resume en un hombre joven, millonario, inalcanzable y ultra hot (es decir, no existe) que lleva por el camino de la perdición sadomasoquista a una mujer  que podría ser cualquiera de nosotras. Por supuesto que, como todos los cliché, ella consigue cambiarlo, aunque sin convertirlo en un perrito faldero. ¿Y por qué caí en el pecado? Porque muy mediocre será la película, pero con el actor Jamie Dornan en HD a una como que se le olvida la catequesis y la acechan la lujuria y la codicia de tener lo que no corresponde, algo así como hacer un negocio Penta o Caval, una pasadita nomás, y que Dios me perdone. Total, una es humana.

Al otro lado de la pantalla estaba el macho alfa perfecto, con su traje perfecto y su Audi perfecto haciendo padecer a una mujer con ese placer tan cristiano-occidental que mezcla la culpa y el deseo.

¿Y qué pasaba del lado de las butacas, en el mundo real? Todo iba bien hasta que prendieron las luces.

Entonces, cundió la perplejidad. Pocas veces la realidad fue tan contundente. Estaba claro que ninguna de las presentes alcanzaba a ser como Anastasia Steele. Además, en lugar del aire fresco pero afrodisíaco que sugiere la película, en la sala lo que mandaba era el olor a humanidad. 

Lo peor llegó cuando, en un acto reflejo, las miradas de las espectadoras se dirigieron a los pocos hombres que se atrevieron a pisar el cine. Las comparaciones son odiosas, es cierto, pero en algunos casos pueden ser criminales.

El pobre tipo ubicado delante de mí sufrió una especie de linchamiento ocular, disimulado, pero igual de violento. Su acompañante sonrió como quien se disculpa por un hijo que se portó mal durante la función y luego partieron, distantes, probablemente de regreso a su DFL 2 y en un auto comprado en cuotas.

Pasado el trance, imaginé a todas las solteras que arriesgan morir vírgenes de tanto esperar a su Príncipe Azul, y ahora que están mayorcitas, a su Christian Grey. También recé por las comprometidas o casadas que rompieron con su pareja porque pensaban que el libre mercado les ofrecería algo mejorcito y ahora obligadas a regatear entre los saldos se preguntan ¿Dónde están todos esos hombres? El tema de fondo es que nunca entendieron eso de “es lo que hay”.

En el sexo, como en la vida, no hay nada más peligroso que las grandes expectativas. Eso de conseguir una pareja estilo Grey o tener una noche completa de desenfreno cuando se tiene un matrimonio consolidado es pedir demasiado, digo yo. 

Por eso, así como se ha descubierto el efecto nocivo que tiene en los hombres la pornografía, por la altísima performance sexual que esperan de sus parejas, los científicos deberían estudiar qué pasa con las lectoras adictas a las novelas rosa, al soft porn; esas que idealizan a los hombres como objeto de estatus. Esa elección puede traer mucho sufrimiento y, en el mejor de los casos, soledad.

Al final del día, peor es mascar lauchas, como decía mi abuelita que era una señora respetable, pero nada de tonta.