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Las últimas dos semanas se instaló en el mundo político, medios y sociedad, la discusión por la extensión del postnatal. Titulares iban y venían. Mientras la Concertación sacaba a la luz las desventajas del nuevo proyecto, el oficialismo repetía firmemente que estaban dispuestos a ser flexibles sobre los diferentes puntos que involucraba la legislación. Finalmente fue aprobada la idea de legislar con los cambios exigidos por la oposición y ahora depende de la Cámara de Diputados lo que suceda.28_foto_lactando1
A mis 25 años debo confesar que al principio, el tema no me llamó mucho la atención. Quizás porque actualmente no tengo hijos y tampoco los considero en un futuro cercano. Realmente no sabía lo que se estaba votando y tampoco cómo me afectaría.
“Extender el postnatal a seis meses”, excelente iniciativa –pensé–, pero a mí qué. Además, debo agregar que crecí en un círculo en el que las mamás de mis amigos, al igual que la mía, no trabajaban o por lo menos la mayoría no lo hicieron. Estuvieron en casa desde que nació el primer hijo hasta el último y ni se enteraron de lo que significaba tener el beneficio pre y post natal, simplemente lo vivieron de otra manera.

El martes, el Ministro del Interior Rodrigo Hinzpeter anunció la suspensión del uso de bombas lacrimógenas para contener manifestaciones, “hasta que nuevos informes médicos nos permitan disipar cualquier duda sobre la procedencia y el empleo de estos gases”. Básicamente, la suspensión se debe a un estudio del toxicólogo de la Universidad de Chile, Andrei Tchernitchin, que demostraría efectos abortivos, edemas pulmonares y otros efectos nocivos de estos gases en la salud.

Foto: chilesur.indymedia.org

Foto: chilesur.indymedia.org

Lo curioso –o no tanto– es que el estudio fue realizado en 1986. Hace 25 años. En el intertanto volvió la democracia y tuvimos cuatro (cinco con el actual) gobiernos que siguieron utilizándolas, haciendo caso omiso de estos antecedentes.
Este anuncio, celebrado por muchos, criticado por otros, se hace a menos de una semana del 21 de mayo, día en que el Presidente Piñera dará su cuenta pública… y en que las calle de Valparaíso, y probablemente de otras varias ciudades, hervirán de manifestantes. Las Fuerzas Especiales de Carabineros estarán, de seguro, planificando lo que harán a falta de las prohibidas bombas.

Corría el año 1964 y los pendejos de tercero humanidades del Saint George organizamos la primera fiesta de curso. Teníamos 14 años y éramos mucho más inocentes que los muchachotes actuales. Fue en la casa de nuestro compañero Alfredo Yarur, cuya hermana estaba en Las Ursulinas. La mamá de Alfredo, previendo que nadie llegaría con acompañante, convidó a todo el curso de la hermana, doña Dolly. Y ahí estaba la Magdalena Matte.

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Para mí su renuncia fue casi surrealista… todo este episodio lo ha sido. Cuando Kodama empezó a aparecer en los diarios mi mente creía leer Karadima, tenía que pestañear un par de veces para que el cerebro interpretara bien, era Kodama y no Karadima. Y Kodama no era un cura, sino una empresa constructora.

Y el surrealismo onírico continuaba al tratar de entender de qué se trataba el quilombo. La ministra había firmado una orden de pago para Kodama por haber construido un corredor para el ‘Charchantiago’, obra contratada durante el gobierno de ‘mi Gordis’. Y después había retirado esa orden de pago por darse cuenta que no estaba claro si procedía. Y ese solo hecho bastó para que algunos chacales de la ‘concerta’ olieran sangre e iniciaran su feroz e implacable ataque en concierto con el fabuloso ejército de periodistas izquierdosos que infectan todos los medios.

La Iglesia Católica chilena se ha visto últimamente envuelta en varios escándalos. En realidad hace tiempo, pero ahora han salido a la luz, y algunos medios –no todos– han actuado como caja de resonancia para las denuncias. Al fin.

Primero fue Karadima. Ahora se destapa un nuevo caso: el de la Madre Paula Lagos, superiora de la Congregación de las Ursulinas. La Iglesia guarda silencio, aunque la monja en cuestión fue apartada de su cargo y, dicen, viajó a Alemania. Han aparecido dos denuncias de abusos, de ex alumnas del colegio que la orden tiene en Maipú. Lo que terminará por reventar el tema serán las acusaciones provenientes de la sede  de Vitacura, que creo vendrán luego. Por poco estético que parezca, eso vendería más…un golpe periodístico seguro.

Lo preocupante es que la “nueva” Iglesia, que se había mostrado dispuesta a combatir estos hechos, a tomar las medidas necesarias para que no se volvieran a repetir, muestra que de nueva tiene poco. Los mecanismos son los mismos de siempre: ocultar información, trasladar a los acusados, echarle tierra al asunto. Las autoridades siguen dándole una mano –nunca mejor dicho– a los acusados.

Lo poco que alcanzó a avanzar la Iglesia Católica en este tema –se anotaron un poroto con el fallo del Vaticano contra Karadima, que obligó a reabrir el caso en la justicia ordinaria y a la designación de un ministro en visita– se está diluyendo en las evasivas con el tema de las Ursulinas. Un paso adelante, dos hacia atrás. La generalización –injusta, por cierto– surge casi como defensa ante declaraciones como la del Cardenal Errázuriz, cuando a propósito de acusación de abusos dijo que los casos eran “poquitos, gracias a Dios”. Señor Cardenal: no son poquitos. No son todos los sacerdotes los implicados, pero están lejos de ser casos aislados.

Lo vergonzoso de todo esto es que muchos casos quedarán en la oscuridad, tapados por una institución que ha sido incapaz de afrontarlos. Salvo que vayan de la mano con otros más visibles, si no tienen el atractivo de los casos Karadima y Ursulinas, quedarán en nada. Pero los tiempos ya no están para instituciones oscuras. En una sociedad hiperconectada e hiperinformada cualquier hijo de vecino tiene la posibilidad de hacer público abuso así. Pareciera que la Iglesia no se ha dado cuenta de eso, y que sigue jugando con “reglas” de hace dos siglos.

Creo que todavía es tiempo para que la jerarquía eclesiástica tome el toro por las astas –por favor que sea por las astas, y no por otro lugar menos apropiado– y haga una limpieza profunda de sus filas. Mantener la política actual no sólo le costará todavía más fieles de los que le ha significado perder hasta ahora, sino que arrastrará en la caída a muchos sacerdotes y religiosas que hacen bien su pega. Son ellos, después de las víctimas, los más perjudicados con todo esto.

De todas las afirmaciones de James Hamilton aquella noche en Tolerancia Cero, una en particular se instaló en mi mente: muchos sacerdotes abusadores de menores gozan de impunidad. Me consta que es cierto. Afortunadamente, para saberlo no tuve que padecer un calvario semejante al suyo, ni tampoco puedo decir que lo viviera alguno de mis compañeros del liceo Parroquial de Maipú, allá por los cada vez más lejanos años 80, aunque dadas las circunstancias, no metería las manos al fuego.

Recuerdo con especial cariño a varios sacerdotes que conocí, a pesar de que los italianos que mandaban eran unos moralistas recalcitrantes (el padre Carlo le caía a golpes a los pololos que sorprendía de la mano por los patios en el recreo), nunca me obligaron a confesarme o a comulgar, aceptaron que no hiciera la Primera Comunión y hasta me alentaron respetuosamente cuando revelé que de la Biblia me había pasado a los clásicos y de ahí a los místicos y que al fin me había hecho librepensador y cínico.

Todos sabíamos de los comentarios, eso sí. Habladurías poco claras, rumores indirectos, cosas que pasaban en otros lugares, a otros niños, con otros curitas ‘manilargos’. Uno sabía que tenía que estar atento, pero no lo pensaba todo el rato. Nunca vi nada pecaminoso, aparte de los furtivos tragos que los presbíteros se procuraban cada vez que podían, cosa que a decir verdad me pareció ya entonces de lo más lógico, considerando sus vidas solitarias y desprovistas del ‘placer divino’.

A pesar de mi buena experiencia, sé que es cierto que existen sacerdotes abusadores de menores, cuyos crímenes burlan el castigo, amparados por altas autoridades de la Iglesia dispuestas a invertir el dinero y poder necesarios para acallar a las víctimas y recomendar al criminal un período de reflexión, en lugar entregarlo a la policía. Conocí un caso y aunque el tiempo me ha privado de los nombres y los detalles, recuerdo lo suficiente para saber que lo que dijo Hamilton es cierto.

Fue a principio de los 90. Yo trabaja en el diario La Tercera y una mañana me llamó el director, Héctor Olave, a su oficina, y me contó que había recibido la llamada de un papá de Pudahuel, cuyo hijo había sido abusado por un cura y estaba dispuesto a llegar a las últimas consecuencias para exigir justicia. Me envió a investigar en misión secreta. Era una familia humilde, con varios niños, mamá asesora del hogar, padre albañil o algo así. El hijo preadolescente asistía a la catequesis de la parroquia cercana y tenía gran afecto por el sacerdote, quien le dejaba usar sus propias zapatillas para salir a ‘tirar pinta’.

Al poco tiempo el sacerdote había sido trasladado a Til-Til y el joven comenzó visitarlo los sábados. En uno de esas aceptó su invitación a quedarse hasta el otro día. Dormiría en la habitación de huéspedes. Esa noche el sacerdote decidió que su pequeño amigo le debía algo por todas las veces que le había prestado las zapatillas y fue a hacerle una visita.
¿Qué ocurrió realmente? La víctima no se atrevía a decírmelo, el papá lo explicaba con un “piensa lo peor”, la mamá, con un llanto ahogado. El teniente a cargo de la unidad de Carabineros de Til-Til, a la que el niño concurrió a denunciar a su cura amigo, me sacó de las dudas, cuando me permitió leer el parte de aquella noche: sacerdote detenido acusado de abuso sexual. Se constataron lesiones de la víctima, también golpes recibidos por el victimario en la posta local. Antecedentes remitidos a los tribunales.
Solo bastaba que esa denuncia se ratificara ante un juez y sería tema de portada. Llegado el día D, el papá se presentó solo en los tribunales de calle Compañía, pasó a mi lado sin detenerse, se entrevistó con un actuario y luego salió por una puerta trasera. No presentó cargos. El director del diario cortó por lo sano: no hay denuncia, no hay noticia, caso cerrado, olvídate del tema. Pero no lo hice.

Mi instinto me llevó de regreso a la casa de aquella familia, sólo una semana después de la última visita: se habían mudado. Seguí averiguando, haciendo llamadas. En Til-Til había un nuevo párroco, el abusador había partido a Europa, premiado con una beca y un período de reflexión.

Tal vez por mi inexperiencia, porque era un pueblo demasiado chico, o bien porque el infierno nunca es suficientemente grande, alerté de mis averiguaciones a la Iglesia y un importante prelado me llamó para sugerirme que hiciera caso a mi jefe. Por mi bien, porque mi carrera prometedora podría dañarse si creía y repetía cualquier mentira inventada por gente interesada en dañar a la Iglesia, dijo. Resignado y asustado, me dediqué a otras cosas.

Meses después me visitó sorpresivamente el muchacho. Llevaba unas zapatillas geniales. Dijo que le daba lata que mi preocupación quedara en nada y sobre todo, saber que lo que el padeció no le importaba a nadie, ni siquiera a su papá, excepto a mí. Una casa nueva y un taxi no eran compensaciones suficientes para él. Pero bueno, ahora que se había desahogado podía seguir en paz. Me hizo jurar que no publicaría  una palabra. ¿Cómo podría hacerlo, si nadie estaba dispuesto a decir esas cosas entonces?
A veces la verdad de otro, logra que la verdad de uno también decida abrirse paso hacia la luz. Eso sí, nadie puede esconderse de su propia conciencia. No se hizo justicia, pero sí es justo saber que donde quiera que se encuentre este ex párroco de Til-Til, desde el espejo un niño inocente lo mirará toda la vida con sus propios ojos.

Fue como un narcótico de efecto alucinógeno y largo aliento. Así fueron las 21 horas en que Barak Obama estuvo en Chile. Todo estaba brillante, preparado, los zapatos lustrados y los discursos aprendidos. El menú de la comida listo y los trajes elegidos. En La Moneda estaban prestos a recibir al ‘hombre más poderoso del mundo’ y a su no menos influyente familia. Por twitter relataron la llegada paso a paso. Por ahí me enteré de que Michelle vestía de azul y me reí de buena gana con los chistes sobre la diferencia de estatura entre Piñera y Obama. La twittósfera hasta ese minuto feliz. Pero esa hoguera de las vanidades no tardaría en arder…

Los noticiarios se volvieron locos. Enlaces en directo por largos, largos minutos y a la hora del central hubo canales que le dieron casi una hora de cobertura a la visita del presidente norteamericano, dejando para el final las reacciones de Ezzati y Errázuriz frente a las declaraciones de James Hamilton y también al fatal accidente del furgón escolar en el que tres niñas murieron. Todos sucumbían ante el efecto Obama. Ricardo Lagos, feliz en la comida en La Moneda, confirmaba de que era un honor para Chile y bueno, de paso “un reconocimiento a 20 años de trabajo del país”. El Negro Piñera se daba el lujo de regalarle un CD al mandatario norteamericano (boom de comentarios en twitter), Belén Hidalgo vestía sin escote, Cony Santa María emocionada cambiaba el tsunami japonés por el menú de la “cena” y trastabillaba diciendo: “los presidentes Obama”, refiriéndose a la pareja visitante que a esa altura ya eran parte de la realeza para los chilenos.

No cabía duda, los Obama nos tenían confundidos… ya nos hacían sentir los mejores, los jaguares de América Latina nuevamente. Y claro, la primera señal de aquel optimismo fue que la bolsa chilena había sido la cuarta plaza bursátil más rentable del mundo la jornada anterior. Sí, claro… si Barak nos había elegido para lanzar su discurso de las américas, éramos –como Leo di Caprio en Titanic– ‘los reyes del mundo’.

Pero a medida que le restaban pocas horas en Chile… el efecto narcótico comenzaba a mermar. Entonces comenzaron los reclamos por el taco en la Costanera Norte… y vino cierto ‘pudor’ por la insistencia del alcalde Zalaquett por entregarle la llave la ciudad a Obama… no importa si la cita era a las 6 de la mañana, el asunto era dársela.

Luego, el último adiós en un desayuno entre mandatarios, subirse a la limusina, brazo en alto y un ‘goodbye Santiago’… ‘hasta la vista baby’. Ahora retomaremos a Golborne y el tema energético, las encuestas de populartidad, la subida de la bencina… ¿hasta cuándo? Hasta que el 29 de abril volvamos a soñar por unas horas con el matrimonio del Príncipe William. ¡Y después la gente se pregunta por qué existe la realeza…!

Les dejo algunos tweets notables que recogí al azar:

Camila González: “Obama no ofrece disculpas por el apoyo de su país al golpe en Chile” http://bit.ly/g2Ldpl / ¿Qué esperaban? Si no es la madre Teresa…

Walter Moraga Peña
Mucho lloriqueo de algunos santiaguinos por la visita de #Obama… Vivir en Stgo. tiene algunas desventajas pero tiene infinitas ventajas!

Jeff Michell @AngelaAraya ¿Quien puede decir “le regale un cd mio a Obama”? lo encuentro notable!

Cecilia Morel
Admirable el ejemplo de Michelle Obama, su historia de esfuerzo y cómo con trabajo, decisión y perseverancia se pueden lograr los sueños.

Vilma Meneses
En el balance parece que estuvo mejor la mrs que el mr…

Lo confieso. Cada vez que aparecen las imágenes del Presidente Sebastián Piñera sacando frutillas de una bolsa plástica amarilla, al lado de su varado helicóptero, me brota una carcajada. Sin embargo, parece que soy de las pocas que se ríe. La ola de comentarios que generó “el vuelo del Presidente” da cuenta de que vivimos en un país demasiado grave, falto de humor… digo yo. La verdad, no lo tacho de error ni acierto, no obstante me parece una situación tan, pero tan insólita, que sólo queda reir.

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“Reguleque”. Así calificó Ximena Ossandón, vicepresidenta de la  Junji, su sueldo al mando de la institución. Nada de otro mundo, si no fuera por algunos detalles:
-El sueldo “reguleque” ascendía a $3.729.923 brutos. Poco más de 21,6 veces el sueldo mínimo que, ya sabemos, no por mínimo está asegurado en nuestro país.
-Dicha remuneración es pagada del bolsillo de todos quienes pagamos impuestos.
-La declaración no fue hecha entre amigos, o en una conversación de pasillo, sino por medio de Twitter. O sea, públicamente.

Hay otros “detalles”, lo sé. Pero ni siquiera quiero entrar en esas profundidades… son demasiadas las aristas que se abrirían.

Nadie discute a estas alturas el desbarajuste que ha causado Wikileaks en el mundo entero. Primero fueron los archivos desclasificados de la guerra de Irak. Revelaciones potentes, controversiales, impresionantes; use el adjetivo que quiera. Julian Assange y compañía dieron un fuerte golpe al revelar lo que muchos sospechábamos, pero de lo que no teníamos certeza.wikileaks_article
Esta semana a través de medios en España, Reino Unido, Alemania y Estados Unidos, Wikileaks lo hizo de nuevo, sacando a la luz documentos clasificados que afectan a gobiernos y autoridades de todo el planeta. Incluido Chile, claro. En esta ocasión, eso sí, se trata de chismes. ‘Cahuines’, ‘pelambres’. Algo así como la desclasificación de las actas de un centro de madres –nada contra ellos, aclaro– que al ritmo del tejido y el crochet descueran a la vecina liviana de cascos, al marido picado de la araña o al hijo desordenado.
Porque saber que el gobierno de Estados Unidos pidió un informe sobre la salud mental de Cristina Kirchner es pelambre puro y duro. Seguro ya tenían claro el dato de la cantidad de bótox y silicona incorporados, y los metros de piel y litros de grasa eliminados por obra y gracia de algún cirujano. Qué decir de las opiniones que Michelle Bachelet habría emitido sobre gobernantes de distintas latitudes –y sobre el actual presidente– y que su círculo cercano ha salido raudo a desmentir. Pelambre VIP, claro, pero pelambre al fin.
No es que no sea seductor, claro que lo es. Saber las intimidades de personajes famosos siempre ha tenido un atractivo algo morboso, y ha llenado las páginas de revistas desde hace muchos años. Pero de ahí a hacerlo un problema a nivel mundial, con un asesor del primer ministro canadiense diciendo que Estados Unidos debería matar al fundador de Wikileaks hay un paso largo.
La gran revelación de todo esto, al fin y al cabo, es probar –todos lo sospechábamos, creo– que los diplomáticos, habitualmente tan compuestos, también se van de boca en la intimidad. Que quienes gobiernan con palabras de buena crianza y gestos de amistad, están al mismo tiempo dando puñaladas por la espalda, hablando mal de quien acaba de posar junto a ellos en la foto oficial de tal o cual cumbre, prendiendo un ventilador que salpica al que se cruce por delante.
Nada nuevo, entonces. Sólo pruebas de que lo que todos sabíamos es real. Que la Asamblea General de la ONU, tras bastidores, no difiere tanto del directorio de (¿todavía existe?) Cema Chile. Que la política internacional es tanto o más sucia que la local. Que llegado el momento, todos –o muchos– están dispuestos a hablar mal del otro. El ‘cahuín’ es parte de la política. Y no necesitábamos que Wikileaks lo demostrara, aunque lo hizo de todas formas.
Ahora, como si fuera poco, Julian Assange, su fundador, está detenido. Los servidores de Wikileaks en todo el mundo bajo ataque permanente. Las cuentas en Suiza de Assange congeladas por los mismos que hicieron negocios con los nazis, y las transacciones a través de tarjetas de crédito suspendidas. Los temas “Assange” y “Wikileaks” censurados en Twitter. Un ataque coordinado, un hombre y sus ‘cahuines’ peleando contra el poder. Ya veremos quién gana. Si yo fuera poderoso –cosa que está lejos de mis expectativas–, me iría con cuidado. A estas alturas, Assange y Wikileaks tienen poco que perder.

Seguramente Loreto Saavedra se definía a sí misma como “animalista”. Pero de nada le sirvió para apaciguar a la jauría que terminó con su vida y la de su madre, Patricia Araneda. Este horrible caso ha puesto nuevamente en la opinión pública el tema de la tenencia responsable y la necesidad de legislar sobre obligaciones de dueños y mascotas, así como de resolver, de manera humana y sustentable, pero radical, la epidemia urbana de perros vagos.
Amo a los animales, tengo un perro demente adoptado de la calle que implora cariño con sus ojos tristes (de ahí su nombre, Tristán) y que con gran esfuerzo aprendió a dar la pata. También a Capuccino, el gato que juega a ser león con mi mano y me tiene todo arañado. Ambos coexisten amistosamente. Con mis hijas invitamos a las moscas, polillas, grillos y arañas a salir de la casa por las buenas, antes que aplastarlas, llevamos chinitas a nuestras macetas, hacemos safaris de observación de hormigas y lagartijas por el jardín. Incluso homenajeamos a las criaturas que van a dar a nuestros platos, agradeciendo a los Dioses que dieran su vida por nuestra nutrición. Pero a pesar del hippismo observante, no estoy seguro de que la eutanasia y la esterilización masiva sean medidas inadecuadas. Tengo serias dudas sobre el animalismo profundo. Comprendo a quienes defienden el derecho a vivir de las ex mascotas abandonadas o los devenidos involuntariamente en criminales. Un pitbull que ataca a un bebé o una pandilla de canes que asesina a dos personas sin duda actúa por instinto, no por maldad. Pero tampoco lo hacen los piojos que anidan en nuestras cabelleras o las ratas que van de un lado a otro repartiendo zoonosis. Ni la lombriz solitaria, ni el estafilococo, etc.
En cuestión de favoritismos  animales el tamaño sí importa. Y es injusto. Ninguno de los fundamentalistas que harían huelga de hambre para salvar a los 400 perros vagos de Mallarauco dudaría un segundo en tomar antibióticos, si le da amigdalitis. Si su casa estuviera llena garrapatas también llamarían al exterminador. ¿Por qué un perrito tiene más derecho a la vida que un bicho asqueroso?
No podemos aceptar el parasitismo, ese proceso en el que una especie se procura la supervivencia utilizando a otra para que cubra sus necesidades, sin entregarle beneficios y, además, perjudicándola en la relación. Eso es lo que está pasando con los animales callejeros y también con el perro entrenado para ser malo por un flaite que lo usa como arma o accesorio bling-bling. Es una emergencia de salud pública y de aunque nos pese, habrá que actuar sin sentimentalismos fáciles,  mientras avanzamos en educación y una legislación que enseñe y obligue a los humanos a actuar como tales.
Hemos tardado mucho en discusiones inútiles y la muerte ha tenido que venir a decirnos “ya basta”.