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Los antiguos eran gente más sabia. Qué duda cabe. Particularmente en lo referente a los temas de administración de la ciudad, la política, cuya esencia se ha perdido hace tiempo confundida en un galimatías de mentiras y declamaciones tan vacías como carentes de un verdadero principio de servicio.

Wp-Sabata-600Debe haber por cierto alguna excepción, pero en tal caso queda oculta detrás del ostentoso descaro de quienes intentan hacernos creer que vivimos y participamos de una genuina democracia, simplemente para seguir instalados en alguna parcelita de poder, profitando, si no en lo material, sin duda alimentando su narcisismo patológico: ahí donde una autoridad electa se mira al espejo y no ve a un empleado pagado por los ciudadanos, sino que al dueño del poblado y se siente orgullosísimo de sí mismo, hipnotizado por los halagos y el servilismo de una corte a sueldo que le aplaude todo, no a él, sino al jefe de turno.

¿Exagero? ¿Entonces qué otra cosa puede motivar a un edil a actuar como señor feudal, determinando el destino de un grupo de estudiantes a quienes les cancela la matrícula porque sencillamente a él le parece eso justo? Vamos, alguien que vive en Providencia bien puede compartir las ideas y hasta las motivaciones del ex coronel Cristián Labbé, pero no puede negar que esa prepotencia al ordenar a su caballería cargar contra los descontentos, en nombre de la libertad, es propia de un duque medieval, más que de una autoridad electa. Ni hablar de Pedro Sabat, devenido en una suerte de inquisidor, ordenando el desalojo de un colegio con argumentos tipo “es un antro del pecado” y calificando a las alumnas de prostitutas. Qué bonito.

En la Grecia clásica los vecinos exigían paz y cuando algo la interrumpía, claro, la autoridad debía actuar, pero solo después de que un consejo ciudadano analizaba la situación, votaba y ordenaba al servidor público qué hacer. Cuando éste, en cambio, quería imponer su criterio sin consultar a nadie o solo al círculo de adulones, los vecinos ponían en duda su sano juicio… Existía, de hecho, una figura legal para tales arrebatos, considerados a la vez delito, pecado y enfermedad: la hibris, concepto que puede traducirse como “desmesura” y que alude a un orgullo o confianza en uno mismo exagerados, un desprecio temerario hacia el espacio personal ajeno, unido a la falta de control sobre los propios impulsos. Se caracteriza por ser un sentimiento violento, por pasiones exageradas que eran consideradas enfermedades por su carácter irracional y desequilibrado, inspirado por Ate (la furia o el orgullo). El castigo público era el ostracismo, vale decir, alejarlo de la posibilidad de influir en el devenir de la ciudad, dejando que de lo penal los dioses mismos se ocuparan. Tiempo más tarde, los romanos, gente sabia, discurrieron una forma de prevenir que sus tribunos cayeran en este mal: ponían a un esclavo a su lado, presto a susurrarle a tiempo en el oído “no olvides que eres solo un hombre”, cuando el funcionario comenzaba a confundirse.

Por estos días se habla de modificar el sistema electoral –binominal- y muchos dicen que es justo y necesario. Yo no sé, nunca lo he entendido y tampoco presumo de hacerlo. No tomo un bando porque estoy seguro de una cosa: si ha sobrevivido más de 20 años es porque a la elite en el poder le convenía y cualquier cambio que se le haga, será sin duda por lo mismo. Si ahora no se han puesto de acuerdo, será porque alguno sale perdiendo en la repartición. En todo caso, una discusión inútil. Antes me parece que a estas alturas de nuestro desarrollo científico deberíamos recurrir a métodos técnicos para garantizar que quienes lleguen a un cargo vayan a servir y no sean sólo la pieza de un ajedrez entre facciones disputando supremacías, ni menos unos pillos asomados, buscando “agarrar algo”.

En el país abundan las alcandías en bancarrota producto de la gestión a lo menos deficiente de uno que llegó prometiendo el bien común y se fue entre gallos y medianoche, sin ninguna vergüenza. Algo anormal, además de delictual, debe haber en las ínfulas de gente que se permite confundir los fondos del municipio con plata suya sin miramientos, así como otros confunden un cargo con una corona.

Ahora que ya está desatada la carrera municipal, me atrevo a formular una propuesta para evitarnos todo esto. Si para manejar un vehículo debemos pasar diversos test y para portar un arma hay que demostrar que no se padecen trastornos mentales ¿por qué para ser alcalde y detentar una importante cuota de poder y recursos no se exige al menos un examen sicológico? Si en muchos países una máquina detectora de mentiras permite mandar un delincuente a la cárcel, ¿por qué no valernos de una para evitar poner a un pillo o a un egocéntrico megalómano a cargo de una ciudad? Pero claro, no tengo esperanza alguna de que la idea prospere. Si a  la ciencia le pidiéramos apoyo de este tipo para elegir solo gente virtuosa y mejorar nuestra democracia, seguramente no habría muchos dispuestos a hacer ese ingrato trabajo: dejaría de ser la forma actual de transformarse en un señor feudal.

Hace casi un año escribí por ahí un post sobre lo buenos que somos en Chile para utilizar eufemismos en vez de decir las cosas por su nombre. Lo hice a propósito de la ya olvidada detención de un “hombre de color” frente a La Moneda, pero el tema está hoy tan vigente como en esa fecha.

Wp-Maquillar-600Nos sigue costando –y probablemente eso no cambiará– decir las cosas como son. Sin medias tintas, sin vueltas y construcciones lingüísticas para hacerle el quite a lo políticamente incorrecto. En tiempos en que la corrección política parece ser el bien supremo, no es fácil usar términos mal vistos. Podríamos ser tildados de intolerantes, de discriminadores.

Hoy, la discusión se centra en el cambio implementado por el Ministerio de Educación en los textos de estudio. No va más “dictadura”, que cede paso a un casi inofensivo “régimen militar”. Casi, digo, porque el cambio no es para nada inocuo. Ya habrá aparecido alguien con eso de que “el lenguaje construye realidades”, teoría que comparto. Pero en este caso es peor, porque se intenta, creo, hacer el proceso inverso: no se intenta crear una realidad –que a esta altura, creo que tenemos clara– sino destruirla. Suavizarla, si se quiere, relativizando a través del lenguaje su dureza.
Nos cuesta decir las cosas por su nombre, pero a veces es necesario hacerlo. Aunque las realidades que nombremos sean incómodas. Casi diría que especialmente si lo son, porque de esta manera las ponemos en evidencia y dificultamos que se olviden. El “nunca más”, tan manoseado, sólo es posible si tenemos claro lo que nunca más queremos vivir.

La dificultad para hablar de pobreza, remplazándola por gente en situación de pobreza; los indigentes, que ahora son personas en situación de calle; los presos convertidos por obra y gracia del lenguaje en personas privadas de libertad, son detalles al lado de un pronunciamiento o un régimen militar. Un golpe de Estado y una dictadura.

En un mundo cada vez más cuidadoso de no herir susceptibilidades, decir las cosas por su nombre no vende. Es mal visto. El problema es que ya no es tan fácil esconder la realidad, camuflarla, maquillarla. Las cosas son –o fueron, en este caso– como son. No caben relativizaciones ni salidas neutras. El lenguaje no es neutro. Ni siquiera los eufemismos, que buscan esa neutralidad, lo logran, porque reflejan la intención ya descrita de camuflar las cosas, de sacarle el poto a la jeringa.

Esta vez, me parece, la falla es más de fondo: es más políticamente incorrecto tratar de suavizar algo que en ningún caso fue suave que nombrarlo con la dureza que corresponde. El punto es que quienes decidieron el cambio –desconozco quiénes son exactamente– fueron incapaces de verlo. Creyeron que un “detalle” así pasaría desapercibido. Además de menospreciar la cada vez más potente “opinión pública” (confieso que detesto ese término, pero no encuentro uno mejor), refleja una desconexión enorme con esa masa crítica que cree que la posibilidad de avanzar y mirar al futuro depende en gran medida de asumir los conflictos, los errores y las atrocidades del pasado.
El lenguaje no es neutro. La historia tampoco lo es. No podemos tratar de tirar la basura debajo de la alfombra, porque es tanta que los montículos resultantes harán que tropecemos una y otra vez. Y ese no es el camino.

Tal vez una de las señales más evidentes de la decadencia de nuestra civilización es la falta de recocimiento a la experiencia. Por contrapartida, todo un símbolo de la banalidad imperante es la sobrevaloración de la juventud y otras preocupaciones miserables como la posición social, el dinero, el éxito profesional que encubre la falta de sentido y profundidad del día a día y un etcétera que cada uno puede completar, donde la gente mayor y aquella que ya cumplió una etapa no gozan del más mínimo respeto.Wp-Alwin-600Para qué decir de un lugar especial desde donde contribuir con su sabiduría, quienes la tengan.

Por eso me llamó profundamente la atención y me sorprendió gratamente que el Presidente Sebastián Piñera invitara a sus antecesores a “la casa donde tanto se sufre” para consultar su opinión sobre las reformas políticas que planea impulsar. Me pareció conmovedora y solemne la imagen de don Patricio Aylwin, de 93 años, sonriente como siempre y probablemente más lúcido que nunca, feliz de poder aportar. Incluso Ricardo Lagos pareció dejar un poco de lado esa impronta de monarca que parece querer imponerle a su calidad de ex jefe de Estado, para sentarse modestamente a conversar con el Presidente en ejercicio.

Mi primer impulso fue sospechar. ¿Será acaso que don Sebastián no valora la opinión de nadie, a menos que los cosidere iguales? ¿O se trata de otro intento por granjearse alguna simpatía? Pero no me quedó más que reconocer que, al menos en este asunto, Piñera ha mostrado siempre un gran tino. No oculta el respeto por sus antecesores y siempre ha destacado el aporte que sus experiencias pueden entregarle. Pienso que se trata de un reconocimiento genuinio y, además, de una actitud muy inteligente.

Nos maravillamos con el entusiasmo y la inteligencia de los veinteañeros expertos en educación como Camila y Giorgio, pero al mismo tiempo despreciamos olímpicamente a un par de personas a quienes bien nos convendría escuchar.Y es que en este país somos tan ególatras que nos farreamos oportunidades formidables. Por ejemplo, uno de los psiquiatras más reconocidos del mundo, el chileno Claudio Naranjo, es considerado además una enimencia en temas de educación. Cualquier gobierno cilivizado lo tendría de consejero vitalicio y su palabra no sería una opinión más, sino una capaz de dirimir toda controversia. He tenido la mala suerte de escuchar como explicación para prescindir de su sabiduría el que “ya está viejo”. Es verdad, debe estar pasados los 80 años. ¿No es acaso razón suficiente para ir tras él y aprovechar cada día  que aún está, como lo hacen en la universidad de Berkeley, donde vive hace décadas, o en Europa, donde dicta cursos para formar académicos concientes? Pero acá nisiquiera ha sonado nunca para un premio de algo.

Chile, como nación joven, debería tener un consejo de ancianos-sabios vitalicios y plenipotenciarios. Claro que la elección no debería hacerse por cuoteo ni por simple estadística. Ser viejo no garantiza la sabiduría, ni los años vividos, que la experiencia haya sido bien aprovechada. Ciertamente no hay nada más triste que una persona mayor que vive de los recuerdos, importunando a todo el mundo con su incapacidad de comprender que los tiempos cambian y exigiendo a los demás veneración y sumisión.

Conozco un par de adultos mayores que insisten en que los demás deben aceptar todos sus caprichos solo por que son viejos, partiendo por la fea costumbre de acaparar las conversaciones y sentirse con derecho a determinar de qué se debe hablar y de qué no, o dar por finalizada la tertulia si a ellos el tema no les gusta, aunque estén de visita en otra casa. Eso, finalmente, es no haber entendido algo. Por mi parte, mucho más me han ayudado esos abuelos que, con paciencia infinita, nos miran con amor mientras hablamos sandeces y con un apenas perceptible gesto nos transmite el rotundo mensaje “pobrecito, ya le enseñará la vida cuando lo fustigue con su látigo”. Y es que el ego de todos salta eajenado cuando alguien se plantea exigiendo que se le reconozca supremacía. Mantener la calma y recurrir a la sana autocrítica es la mejor demostración de madurez. Y si no, a los más jóvenes nos toca al menos, la comprensión y la paciencia, eso que el cariño verdadero nos permiten.

La verdad es que el arte de aprender a escuchar consejos es más complejo y sutil que la compulsión de darlos y sin duda, más provechoso. Y aunque hay mucha gente mayor agotadora y de verbo protagónico o de crítica descalificadora lapidaria, que no siempre son simpáticos o logran hacer gratas las sobremesas, cuando uno asume que son los padres y abuelos de alguien, probablemente de nosotros mismos, y que mañana podrían no estar, la cosa cambia. El arrepentimiento ese de cuando nos faltó amor y comprensión, pero nos sobró soberbia e impaciencia, dura y duele demasiado. Ver la situación desde este punto de vista ciertamente nos permite quedarnos con algo valioso. No siempre lo ellos esperarían enseñarnos, aunque seguramente sí algo que nos conviene aprender, como por lo menos no cometer los mismos errores, que no es poco. Finalmente, más sabe el diablo por viejo…

img_15449_desaparecidos-en-la-isla-juan-fernandez“Tal vez nunca se conocerán las causas exactas del accidente”, dijo este domingo el presidente Sebastián Piñera.
La tarea es del comandante Sergio Sepúlveda, fiscal de aviación, encargado de investigar la tragedia de Juan Fernández.
Circulan hipótesis por todos lados, y las más aventuradas han venido de medios extranjeros. Como la que apuntó a un eventual sobrepeso y a un consecuente agotamiento del combustible, antes que lo presupuestado en el plan de vuelo.
El propio Presidente el domingo y el ministro Vocero del Gobierno este lunes, descartaron enfáticamente esta posibilidad. Ambos aseguraron (obviamente, basándose en los informes iniciales de la FACH) que el Casa 212 tenía reservas de combustible suficientes para haber intentado aterrizar varias veces más.
El encargado de investigar el accidente no fue tan lejos, y este lunes fue mucho más cauto: “No voy a descartar ni afirmar ninguna tesis mientras no tenga más antecedentes”, aseguró.
El presidente Piñera mencionó tres factores claves en esta desgracia: las características de la pista, los fuertes vientos y el tren de aterrizaje fijo de ese modelo de avión, que  hacía imposible un amarizaje.

A partir de esos tres problemas surgen las preguntas: ¿tenía de verdad el avión combustible suficiente para intentar sucesivamente el aterrizaje?, ¿Qué opción había si después de varios intentos los vientos no mejoraban o, peor aún, se volvían más violentos y peligrosos? La sola pregunta es escalofriante. Lo único cierto es que el avión no tenía combustible para volver al continente.

Repasando la avalancha informativa del fin de semana, nos encontramos con que sólo los primeros reportes de hallazgos el mismo viernes en la noche hablaban de elementos del avión con restos de combustible, un factor crucial en todo percance aéreo.

EL FACTOR COMBUSTIBLE Y LOS PROTOCOLOS. Cuando los aviones se estrellan en tierra, el combustible  es causa directa de explosiones e incendios, tanto de las naves como del lugar donde cayó. De hecho, son las señales más claras de la ubicación del accidente.
Cuando los aviones se estrellan en el mar, el combustible también es una de las pistas más importantes para detectar el lugar del impacto. Cuando un avión ha ido con miles de litros de combustible se produce incluso el inevitable daño ecológico y se genera una mancha en el agua que permite acercarse al punto del impacto. ¿Qué ocurrió en Juan Fernández? ¿Qué importancia tuvo de verdad el factor combustible?

Se diría que multitudes de chilenos superaron el estado de perplejidad que por años las dominó. Son cientos de miles, quizás millones. Sin embargo, no sabemos si son la mayoría en realidad. En las democracias, eso se sabe con las elecciones. En la democracia chilena, lo último que supimos es que una mayoría absoluta votó por Sebastián Piñera como presidente; y que unas mayorías dudosas y oscuras –debido al sistema electoral vigente–, eligieron a los parlamentarios. Todo lo demás es tema de percepciones o de encuestas. Podrán ser datos ciertos. Pero no son hechos tan contundentes como las elecciones.

marchaLo que ocurre hoy con las multitudes enciende todo tipo de alarmas. Su resolución para salir a la calle a manifestarse, la claridad simple de sus demandas, la determinación de plantearlas a quien las quiera escuchar (y a quien no también)… Todo es exactamente lo contrario a la perplejidad en vivieron esas mismas multitudes, las mismas que no se movieron durante años.

Definamos perplejidad: “irresolución, confusión, duda de lo que se debe hacer”. En conclusión, quienes se vuelcan a las calles y parques ya no están perplejos.

Parafraseando el libro del historiador Alfredo Jocelyn-Holt,“El Chile perplejo: Del avanzar sin transar al transar sin parar” –y que sacudiera tantas conciencias hace algunos años–, se diría que esas multitudes han  revivido la consigna del avanzar sin transar. Los que aparecen más perplejos que nunca, transando sin parar, son los “líderes” políticos. Esos que gobiernan o apoyan al gobierno, y también los que están en la oposición. Pero ya no transan ante los antiguos poderes fácticos (Fuerzas Armadas, grupos económicos, Iglesia Católica…), sino ante este nuevo poder fáctico, radicado en las multitudes.chile+perplejo

Hoy los líderes se ven irresolutos, abdicando de toda voluntad y liderazgo real, en aras de atender y satisfacer lo que las personas reclaman.

Parecen confundidos y entregan señales equívocas y contradictorias (un día dicen que “el tiempo de las marchas se agotó” y se prohíben, y otro día se autorizan gigantescas marchas y se felicita a sus participantes por lo pacíficas que resultaron; un día se anuncia una “revolución” y el final de las medidas, y otro día se anuncia otra revolución y más medidas; un día se acepta ir a La Moneda y al día siguiente se quita el saludo al presidente… para unos días después ir finalmente a La Moneda con la cola entre las piernas…). Lo único claro es que no logran despejar sus dudas sobre lo que se debe hacer.

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El presidencialismo chileno tiene cosas raras. Por ejemplo, el protocolo de la reciente ceremonia de cambio de gabinete que obliga al Presidente a preguntar a cada designado: “¿Juráis o prometéis desempeñar fielmente el cargo de ministro que se os ha conferido…?”
Una consulta con la que no sólo mantiene arcaicas segundas personas del plural –como si estuviéramos en el reino de España de hace cinco siglos–, sino también usa el adverbio “fielmente” como si realmente fuera jurar o prometer fidelidad a un monarca. Cualquier república moderna preferiría usar conceptos como lealtad, compromiso y honestidad, más que fidelidad.
Sin embargo, a pesar de esos signos de poder exacerbado, el presidencialismo chileno es tan vulnerable… una encuesta (o una serie de ellas) puede obligar al “monarca” a cambiar diseños, alterar su equipo contra su plan y voluntad, y aceptar intervenciones de partidos políticos. ¿Quién hizo de verdad el cambio de ministros? ¿El presidente? ¿La UDI? ¿Los ciudadanos que tuvieron el extraño privilegio de ser encuestados por Adimark? ¿El mismísimo Roberto Méndez?

CAMBIO DE LOS POLÍTICOS, NO DE LOS CIUDADANOS. Lo más inquietante para el gobierno,  es que el cambio tiene una bajísima probabilidad de tener algún efecto en las encuestas que lo motivaron. Más bien nos atrevemos a decir que no tendrá ninguno.

En enero la incorporación de “los primeros dos pesos pesados” al gabinete (Allamand y Matthei) generó todo tipo de expectativas. Hasta “se le perdonó” al Presidente haber alterado la voluntad popular de los electores de Coquimbo y Los Ríos, sin embargo ese “golpe” político se empezó a desdibujar  a los pocos días, cuando se designó a dedo a los reemplazantes de los nuevos ministros en el Senado. Ya entonces, la operación no se vio bonita.
La integración de los “dos segundos pesos pesados” (Longueira y Chadwick) difícilmente va siquiera a despertar las expectativas que con más razón se activaron en el verano. Veamos: el efecto del golpe es menor por la falta de novedad; aunque a varios en los círculos políticos se les acelere el pulso con los nombramientos, son cambios precisamente “muy políticos”, que están lejos de alterar a la opinión pública. Además, la operación nuevamente se oscurecerá cuando en pocos días haya que sumar dos nuevos senadores no elegidos por la gente… y, porque finalmente, el gabinete tendrá enfrentar la misma dura realidad: un conflicto estudiantil que podrá debilitarse, pero que no se extingue; un crecimiento que el próximo año será más lento; un dilema energético que está lejos de resolverse y que seguirá, cíclicamente, movilizando a las multitudes; y climas tensionados en regiones (en Magallanes, en Calama, en Dichato y quizás dónde más).

La del jueves 30 de junio, en Santiago y muchas otras ciudades de norte a sur, fue de verdad impresionante. Una convocatoria con muy pocos precedentes y llena de significados.

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Varios dirigentes pusieron énfasis en el respaldo de la “ciudadanía entera” a la causa de los estudiantes. Puede haber  parte de verdad en eso, pero también hay otra discutible. “La ciudadanía entera” es mucho decir. Vale la pena recordar que quienes se movilizan pueden ser enormes multitudes, pero no son necesariamente la mayoría. Sólo podremos saber qué piensa la ciudadanía entera en las próximas elecciones. Y aun así siempre nos quedará la duda sobre qué piensan los que no votan.

No obstante, nada de eso quita valor y relevancia a la gigantesca marcha de ayer jueves. Hay una señal potente allí, y para bien del país puede concluirse que una buena porción de la generación joven de hoy está muy lejos de la apatía y egoísmo que por tantos años se le atribuyó.

La primera y, hasta ahora, única verdadera reforma educacional que se ha realizado en nuestro país tuvo lugar en 1920, cuando el ilustre profesor Darío Salas Díaz logró convencer a la oligarquía dominante de que todos los niños, sin distinción de origen o clase, merecían aprender a leer y escribir. Las cifras de analfabetismo de entonces eran vergonzosas y a pesar de ello, educadores concientes como don Darío tuvieron que luchar por décadas para lograr que el analfabetismo fuera tema. Eso sí, no hubo necesidad de tomas violentas, ni enfrentamientos vociferantes, ni de encapuchados quemando pupitres. La única manifestación callejera del movimiento fue la marcha con que se celebró finalmente la promulgación de la Ley de Instrucción Primaria, en la que cientos de miles de personas caminaron alegremente por la Alameda, detrás de una enorme bandera chilena.

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Eran otros tiempos, sin duda. Había menos jóvenes concientes de sus derechos y no existía posibilidad alguna de que una guapa veinteañera llevara la voz cantante, como hoy lo hace Camila Vallejos. De hecho, la gran mayoría de quienes habrían de ser beneficiados por la reforma ni estaba informado de lo que en torno a ellos había comenzado a gestarse en la antesala de la Logia Masónica, para alcanzar luego los círculos docentes y mucho más tarde los pasillos del Congreso Nacional, donde con seguridad se habría diluido todo si el año 20 no hubiera llegado a La Moneda ese filósofo iluminado que recordamos como El León de Tarapacá.

En esa revolución existía un ideal que no por obvio (¡leer y escribir!) era más fácil de lograr que los objetivos que hoy mueven a cientos de miles de norte a sur. Seguramente en 90 años más también encontraremos que el acceso garantizado a la educación superior, el pase escolar y el fin del lucro eran algo de perogrullo, pero entre ambos movimientos hay una diferencia radical: el primero tenía alma, el de ahora no la encuentra porque está pendiente de los cochinos pesos.

No quiero descalificar sus demandas ni el compromiso de los miles que no van a destruir semáforos ni se conforman con lanzar el mobiliario del colegio a la calle, sólo pretendo señalar que una cosa es saber qué se exige y otra para qué. Me pregunto cuándo la educación dejó de ser algo relacionado con el alma humana, para convertirse en un simple asunto de dinero. Probablemente es otro de los males del mundo moderno en que se asimila ‘Calidad de Vida y Desarrollo Humano’ con el acceso a Internet y la posesión de diversos bienes.

Llenan los espacios de los medios. Despiertan una inquietante fascinación los indignados. Generan perplejidad en los círculos del poder. Los sociólogos están de fiesta con el nuevo fenómeno. Se llenan la boca los políticos, tratando de aparentar que son receptivos a las demandas de dichos ‘indignados’.

Están en la Puerta del Sol de Madrid, aunque empiezan a mostrar signos de cansancio por estos días. Han vuelto en semanas recientes a la plaza Tahrir de El Cairo. Aparecen ahora en la plaza Taksim de Estambul. Adivinamos que luchan sin resultados por emerger en Beijing.

Foto: efeverde.com

Foto: efeverde.com

También los vemos más cerca, en la Alameda de Santiago. Los vimos el 21 de mayo en Valparaíso.

Se ponen de acuerdo en Facebook y Twitter. En el norte de Africa, en el Medio Oriente, en la Península Ibérica y en la capital y las regiones de Chile.

Son “los nuevos ciudadanos”, los del siglo 21. Tienen voz propia. Los que en un país como éste rechazan casi por igual, y por mayoría absoluta, al gobierno y a la Concertación. “¡Que se vayan todos!”, gritan. Indignados.

¿Alguien pone atención a los contenidos? No hablamos de lo que contienen lienzos y demandas de los protestantes, sino de aquellos sujetos contenidos: ciudadanos, trabajadores y estudiantes, adultos mayores y jefes de hogar. Cabe temer (o celebrar) que son muchos más en número que los indignados.

La verdad es que hace falta una radiografía confiable de los indignados. Pero al mismo tiempo debemos tener una noción de quienes son, qué piensan y qué quieren los contenidos.

De los primeros hay algunos rasgos que parecen reiterados y serían reconocidos: no están conformes con el estado de las cosas; se movilizan por causas nuevas como la del medio ambiente, que han reemplazado a las viejas ideologías; son mayoritariamente jóvenes y adultos jóvenes; son instruidos y pertenecen sobre todo a grupos socioeconómicamente medios; no quieren nada con los partidos políticos …

Otros los califican también de “desencantados”, pero habría que preguntarse  hasta qué punto estuvieron encantados con algo alguna vez. Muchos no fueron nunca partícipes entusiastas de la democracia. Por juventud o “desencanto de origen” (lo que podría encerrar, hay que admitirlo, una contradicción).

De los contenidos se sabe menos, porque (ya está dicho) son muchos más; por lo mismo son más diversos y, atención, también más complejos.

Esta semana, y en días consecutivos, un diario regional nortino publicó dos avisos económicos que han provocado fuertes reacciones. El primero, aparecido el 23 de mayo, ofrecía “niñitos hot”, junto a un teléfono de contacto y la especificación de ’servicios’ ofrecidos: “masajes, tríos, activos, pasivos, sensuales, potoncitos, discrección” (sic).

Foto infanciahoy.com

Foto infanciahoy.com

El aviso se extendió rápidamente por las redes sociales, y se llenó de usuarios indignados denunciando la situación. Luego, el medio emitió una declaración pública lamentando que este aviso hubiera vulnerado los filtros existentes. Hasta ahí muy bien con la reacción, asumiendo su error y comprometiéndose a estar más atentos. El problema fue que el 26 de mayo apareció, en la misma sección del mismo medio, un aviso ofreciendo “pingüinitas”. Servicios ofrecidos, teléfono de contacto… La declaración anterior quedó en nada, al parecer.