Los antiguos eran gente más sabia. Qué duda cabe. Particularmente en lo referente a los temas de administración de la ciudad, la política, cuya esencia se ha perdido hace tiempo confundida en un galimatías de mentiras y declamaciones tan vacías como carentes de un verdadero principio de servicio.
Debe haber por cierto alguna excepción, pero en tal caso queda oculta detrás del ostentoso descaro de quienes intentan hacernos creer que vivimos y participamos de una genuina democracia, simplemente para seguir instalados en alguna parcelita de poder, profitando, si no en lo material, sin duda alimentando su narcisismo patológico: ahí donde una autoridad electa se mira al espejo y no ve a un empleado pagado por los ciudadanos, sino que al dueño del poblado y se siente orgullosísimo de sí mismo, hipnotizado por los halagos y el servilismo de una corte a sueldo que le aplaude todo, no a él, sino al jefe de turno.
¿Exagero? ¿Entonces qué otra cosa puede motivar a un edil a actuar como señor feudal, determinando el destino de un grupo de estudiantes a quienes les cancela la matrícula porque sencillamente a él le parece eso justo? Vamos, alguien que vive en Providencia bien puede compartir las ideas y hasta las motivaciones del ex coronel Cristián Labbé, pero no puede negar que esa prepotencia al ordenar a su caballería cargar contra los descontentos, en nombre de la libertad, es propia de un duque medieval, más que de una autoridad electa. Ni hablar de Pedro Sabat, devenido en una suerte de inquisidor, ordenando el desalojo de un colegio con argumentos tipo “es un antro del pecado” y calificando a las alumnas de prostitutas. Qué bonito.
En la Grecia clásica los vecinos exigían paz y cuando algo la interrumpía, claro, la autoridad debía actuar, pero solo después de que un consejo ciudadano analizaba la situación, votaba y ordenaba al servidor público qué hacer. Cuando éste, en cambio, quería imponer su criterio sin consultar a nadie o solo al círculo de adulones, los vecinos ponían en duda su sano juicio… Existía, de hecho, una figura legal para tales arrebatos, considerados a la vez delito, pecado y enfermedad: la hibris, concepto que puede traducirse como “desmesura” y que alude a un orgullo o confianza en uno mismo exagerados, un desprecio temerario hacia el espacio personal ajeno, unido a la falta de control sobre los propios impulsos. Se caracteriza por ser un sentimiento violento, por pasiones exageradas que eran consideradas enfermedades por su carácter irracional y desequilibrado, inspirado por Ate (la furia o el orgullo). El castigo público era el ostracismo, vale decir, alejarlo de la posibilidad de influir en el devenir de la ciudad, dejando que de lo penal los dioses mismos se ocuparan. Tiempo más tarde, los romanos, gente sabia, discurrieron una forma de prevenir que sus tribunos cayeran en este mal: ponían a un esclavo a su lado, presto a susurrarle a tiempo en el oído “no olvides que eres solo un hombre”, cuando el funcionario comenzaba a confundirse.
Por estos días se habla de modificar el sistema electoral –binominal- y muchos dicen que es justo y necesario. Yo no sé, nunca lo he entendido y tampoco presumo de hacerlo. No tomo un bando porque estoy seguro de una cosa: si ha sobrevivido más de 20 años es porque a la elite en el poder le convenía y cualquier cambio que se le haga, será sin duda por lo mismo. Si ahora no se han puesto de acuerdo, será porque alguno sale perdiendo en la repartición. En todo caso, una discusión inútil. Antes me parece que a estas alturas de nuestro desarrollo científico deberíamos recurrir a métodos técnicos para garantizar que quienes lleguen a un cargo vayan a servir y no sean sólo la pieza de un ajedrez entre facciones disputando supremacías, ni menos unos pillos asomados, buscando “agarrar algo”.
En el país abundan las alcandías en bancarrota producto de la gestión a lo menos deficiente de uno que llegó prometiendo el bien común y se fue entre gallos y medianoche, sin ninguna vergüenza. Algo anormal, además de delictual, debe haber en las ínfulas de gente que se permite confundir los fondos del municipio con plata suya sin miramientos, así como otros confunden un cargo con una corona.
Ahora que ya está desatada la carrera municipal, me atrevo a formular una propuesta para evitarnos todo esto. Si para manejar un vehículo debemos pasar diversos test y para portar un arma hay que demostrar que no se padecen trastornos mentales ¿por qué para ser alcalde y detentar una importante cuota de poder y recursos no se exige al menos un examen sicológico? Si en muchos países una máquina detectora de mentiras permite mandar un delincuente a la cárcel, ¿por qué no valernos de una para evitar poner a un pillo o a un egocéntrico megalómano a cargo de una ciudad? Pero claro, no tengo esperanza alguna de que la idea prospere. Si a la ciencia le pidiéramos apoyo de este tipo para elegir solo gente virtuosa y mejorar nuestra democracia, seguramente no habría muchos dispuestos a hacer ese ingrato trabajo: dejaría de ser la forma actual de transformarse en un señor feudal.



“Tal vez nunca se conocerán las causas exactas del accidente”, dijo este domingo el presidente Sebastián Piñera.
Lo que ocurre hoy con las multitudes enciende todo tipo de alarmas. Su resolución para salir a la calle a manifestarse, la claridad simple de sus demandas, la determinación de plantearlas a quien las quiera escuchar (y a quien no también)… Todo es exactamente lo contrario a la perplejidad en vivieron esas mismas multitudes, las mismas que no se movieron durante años.



