Parto por reconocer que no vengo de una familia festivalera. No es que no fuéramos a la Quinta Vergara, sino que en mi casa ni siquiera se veía el festival por televisión. No estaba dentro de las tradiciones, a diferencia de lo que pasa –según he visto con los años– en muchas otras familias.
El festival es para mí una adopción tardía. No me recuerda mi infancia, no me evoca nada. Todo lo que sé de ediciones anteriores –el Puma Rodríguez pidiendo escuchar la voz del pueblo, por ejemplo– se lo debo a la investigación posterior. Tal vez por eso no le tengo demasiado cariño y me siento con total libertad para criticarlo. Lo miro desde fuera; no me siento parte de él.
No obstante, desde hace algunos años se ha vuelto algo así como un placer culpable. Recuerdo el papelón de Xuxa luego de que el público coreara, entusiasta, su Ilarié; la ya mítica presentación de Óscar Gangas, pifiado inmisericordemente; la breve –nunca mejor aplicado el término– animación de Ricardo Montaner, y así hitos aislados de los últimos diez o quince años. La posibilidad de comentarlo vía Twitter con miles de personas no ha hecho más que incrementar esa sensación de placer culpable. Así fue el año pasado, justo antes del terremoto. Así ha sido este 2011.
Como estamos a mitad de festival, no quiero –todavía– hacer un recuento. Ya habrá tiempo para eso. Sí puedo, con lo que ya se ha visto, emitir algunas opiniones. Como que me ha gustado la animación de Eva Gómez, a la que le tenía poca fe. Que esperaba que la obertura de la primera noche fuera más extensa. Que traer a Víctor “Zafrada” Díaz a cantar y subirlo a hacer playback por unos segundos era innecesario. Más cuando nos enteramos que ni siquiera era su voz. Un fiasco que recuerda a Milli Vanilli. Supe que también estuvo en la obertura la niña que tocó la campana en Juan Fernández. Su aparición fue tan corta que ni siquiera la vi, seguramente concentrado en tuitear algo sobre el Zafrada.
Las competencias –internacional y folclórica– siguen siendo tan malas como antes; el jurado se sigue componiendo de rostros de teleserie que poco o nada han hecho en la música, pero sirven para posicionar la próxima producción dramática del canal a cargo. ¿La novedad? Ahora la votación aparece en pantalla, excepto la de dos jurados, que permanece secreta hasta el último día de competencia. Tal como en los programas de talentos.
Poco ha cambiado en el festival. Salvo el “Monstruo”, que a estas alturas es tan dócil que difícilmente califica como tal, sigue siendo la misma fiesta nacional que muchos criticamos, pero que seguimos viendo. La misma de la que nos quejamos, pero revienta el rating. Cambian los animadores, el director, el canal que transmite, pero la esencia continúa. Seguimos nosotros pegados a la TV –en alta definición, ahora– viendo una parrilla que siempre nos parece pobre, y que probablemente siempre lo es. Y seguiremos ahí, mientras el festival siga existiendo. Porque durante una semana, los diarios, los canales de televisión, las redes sociales, las conversaciones de pasillo se centran en el festival. El que no lo ve queda fuera, desconectado. No es una mala opción, claro. Pero no tengo la valentía de tomarla.








