Suelo tomarme un día libre -o dos- en la semana, ya que trabajo sábado y domingo. Mi intención es dedicarle tiempo a los “pitutos” o descansar, lógicamente, pero casi nunca puedo hacerlo. Siempre hay algo que me distrae o alguna emergencia doméstica que exige mi atención. Hoy fue una tortuga.
Vivo en un condominio en el sector de Linderos, rodeado de viñedos. Por eso a estas alturas ya estamos acostumbrados a la aparición sorpresiva de animales y bichos raros, algunos de los cuales logran hacerse notar y ganar espacio en nuestros corazones. De esta forma llegó Tristán el perro y Capuccina la gata, que así no más un día se fue y no volvió. Snif… Siempre lidiamos con grillos, tijeretas, mantis, caracoles (una plaga), observamos avecillas rapaces y asechamos lagartijas multicolores. Pero la más intensa relación interespecie que he tenido fue con la maravillosa araña que descubrí entre las flores del jardín: una sorprendente Argiope que me cautivó de manera irremediable. Sosteníamos largas conversaciones telepáticas sobre el universo y esto de ser hombre y eso de ser araña, mientras ella tejía su enorme y perfecta red. Una tarde durante mi ausencia los jardineros decidieron podar el sector y Pipa, que así le llamé, desapareció para siempre. Aún sueño con ella.
Acá los sueños son cosa seria. Hace rato que mi hija mayor, Anastasia (14), sueña con tortugas. No es precisamente que le gusten, sino al contrario. Ayer, sin ir más lejos, soñó con una que estaba herida. Y he aquí que esta mañana, cuando me disponía a preparar un almuerzo gourmet, el conserje golpeó la puerta preguntando si la tortuga que traía era nuestra. ¿Coincidencia? Tal vez, si hubiera sido un gato, un pollo, un conejo. Pero ¿una tortuga acuática? Pensé en el sueño de Anastasia y dado que no podíamos acogerla, decidí encargarme de su desamparo. Después de comprobar que no era mascota de nadie, llamé al Buin Zoo:
-Noo, no recibimos tortugas.
-¿Cómo? ¿No promocionan ustedes algo así como un SOS rescate animal?
-Es una clínica veterinaria.
-Ah, pero esta tortuga es un animal exótico y no tiene dueño, no podemos hacernos cargo de ella. ¿Qué pasa si muere?
-No se, no es nuestro problema. Llame al SAG.
Mientras tuiteaba sobre el asunto y mis amigos del TL, siempre solícitos, comenzaban a darme información relevante y algunos hasta se ofrecían a adoptarla, llamé al SAG. Después de mucha burocracia, alguien me atendió:
-¿Es de esas tortugas verdes de acuario?
-Esa misma, pero enorme.
-Ah, si, nos llaman a cada rato. La semana pasada aparecieron 30 en Puente Alto. La gente las compra chicas, pero crecen y se ponen hediondas, entonces las botan. Si fuera de tierra nos hacemos cargo, para esas tenemos gente que las recibe, pero como son acuáticas, la responsabilidad es del Sernapesca.
A estas alturas la tortuga intentaba escapar del lavatorio donde la instalamos, encaramándose en mi roca mística de cuarzo rosa que, compadecida, mi esposa Vivianne le puso para que pudiera asomarse al sol. También la alimentó con parte del sashimi de salmón que preparábamos, que le encantó. La humilde merluza no fue de su agrado, en cambio.
Finalmente en el Sernapesca metropolitano pude hablar con Andrés Albert, quien se identificó como funcionario “mentolatum” y cuya amabilidad y disposición me hizo recuperar la fe:
-Trachemys scripta, o tortuga de orejas rojas. Son importadas desde Estados Unidos, la mayoría por parte de tiendas de mascotas, aunque hay quieres las traen ilegalmente. Nosotros hacemos la cuarentena y certificamos su estado sanitario al ingreso, pero no tenemos forma de hacernos cargo de situaciones como ésta. Ciertamente es nuestra responsabilidad, pero no contamos con espacio o recursos especiales para ello. Distinto es cuando en la playa aparece un lobo marino o un pingüino, hay refugios donde los recibe y los cuida gente ad honorem. Una vez recuperamos una de esas que se quedó en la oficina de mascota, varios meses, hasta que logramos que en el Zoológico Metropolitano la adoptaran. Están llenos de ellas, igual que en Buin Zoo.
Andrés me explicó el enorme vacío legal que facilita la tenencia irresponsable de animales y confirmó que esta tortuga, incluida en la lista de las 100 especies invasoras más dañinas del mundo, ya está haciendo de las suyas en los cursos de agua de nuestro país.
Para cuando llegó Anastasia del colegio, Andrés Albert, a nombre del Sernapesca, se había comprometido a recoger a la tortuga y encargarse de ella, sin tener más que solo su buena voluntad y la de quien pudiera adoptar a la ya evidentemente triste tortuga, que estaba siendo objeto de la curiosidad de todos los niños vecinos. Imaginaran la sorpresa de mi hija al ver su sueño materializado. Interactuaba nerviosamente con ella, superando así su extraña queloniofobia, cuando apareció una pequeña diciendo que la tortuga era de su abuelo.
Efectivamente, el caballero y su esposa se mudaron hace un par de meses a la única casa dónde no había nadie cuando hice el empadronamiento. La tortuga vivía con su pareja en un acuario que ya les está quedando chico y no era primera vez que se escabullía de el. ¿Cómo salió al exterior de la casa?, un misterio. De vuelta en su hogar se veía feliz. “¡Si son muy cariñosas!” dijo su dueño. Yaa, pero, ¿quién soy yo -el hippie que hablaba con una araña- para negarlo?
Fue un final feliz que no tienen las miles de tortugas de orejas rojas que, como tantos otros animales abandonados por sus dueños, deambulan confundidas por el ingrato Chile. Al menos perros y gatos tienen sus animalistas fanáticos defensores. Las tortugas, al borde de ser plaga, solo cuentan con la buena onda de un funcionario público sobrepasado de trabajo y una niña que sueña con ellas. Pero quién sabe… tal vez sea un comienzo.