Durante los últimos días, uno de los grandes temas de debate ha sido el de las declaraciones de Inés Pérez, vecina del condominio de Chicureo que prohíbe en su reglamento que nanas, obreros, jardineros o cualquier trabajador transite a pie.
Los insultos fueron violentos. La difusión de sus datos personales, innecesaria y creo que hasta ilegal. La violencia apareció rápido. La de las declaraciones de la vecina, pero más la de muchos usuarios de las redes sociales que las emprendieron contra ella, pero también –cosa extraña– contra la gente que vive en Chicureo. Así, en general. Discriminación a quienes viven en el mismo sector en que se discrimina.
Más allá del desenlace del “caso Inés Pérez”, con la filtración de las declaraciones completas de la afectada, me quedó una sensación extraña. Es raro ver a la gente tratando de tomar la justicia en sus manos –en sus dedos, a través de sus teclados– más todavía sin tener toda la información necesaria.
Lo mismo ocurrió con el tuitero que hace algún tiempo saltó a la –triste– fama por hacer una página en la que subía fotos de mujeres gordas, las insultaba, se reía de ellas y las amenazaba. Hoy mismo alguien que no estaba de acuerdo con lo que hacía, como muchos de nosotros, lo reconoció en el metro. Y lo golpeó. El victimario, devenido víctima, subió el video a la web para que todos se enteraran.
La discriminación ha existido siempre. Sin ser un estudioso del tema, creo que es parte de la naturaleza humana, en mayor o menor grado. Aunque me alegra que se discuta el tema, porque es la única forma de luchar en su contra, no entiendo que se rasguen vestiduras por algo que se ve día a día, hace demasiado tiempo.
Una historia real: señora ABC1 que vive, claro, en el barrio alto. Contrata a una nana, pero su nombre –el de la nana– no le parece suficientemente (permítanme inventar un término) “nanesco”. Es demasiado parecido al de su hija. ¿Solución? Tratarla por un nombre que a ella le parece adecuado. Un nombre más acorde a su “condición”. Lo mismo hizo con su chofer.
De esto hace varios años. Tal vez todavía mantenga su costumbre de llamar a “la servidumbre” por nombres que, aunque no sean los suyos, le permitan diferenciarse de ellos. Parecerse sería demasiado riesgoso, demasiado incómodo. Los haría demasiado similares a ella. Justamente lo que buscaba evitar.
Esa nana, ese chofer, caminaban por la calle libremente. Desconozco si podían bañarse en la piscina. Pero eran discriminados en su propio nombre, en su identidad. Por un afán de diferenciarse de ellos, quien les daba trabajo les quitaba, en una suerte de intercambio perverso, dignidad. Eso es de una violencia difícil de asimilar, y sin embargo no se veía a simple vista.
La ley antidiscriminación es una necesidad, pero no va a solucionar el problema. La discriminación, los aires de superioridad, no se eliminan por decreto. Mientras haya gente que cree que por tener un nombre o un apellido determinado, o por vivir en uno u otro barrio, o por tener un nivel de ingresos determinado es mejor que otros, esto va a seguir pasando, con o sin ley.









