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El martes, el Ministro del Interior Rodrigo Hinzpeter anunció la suspensión del uso de bombas lacrimógenas para contener manifestaciones, “hasta que nuevos informes médicos nos permitan disipar cualquier duda sobre la procedencia y el empleo de estos gases”. Básicamente, la suspensión se debe a un estudio del toxicólogo de la Universidad de Chile, Andrei Tchernitchin, que demostraría efectos abortivos, edemas pulmonares y otros efectos nocivos de estos gases en la salud.

Foto: chilesur.indymedia.org

Foto: chilesur.indymedia.org

Lo curioso –o no tanto– es que el estudio fue realizado en 1986. Hace 25 años. En el intertanto volvió la democracia y tuvimos cuatro (cinco con el actual) gobiernos que siguieron utilizándolas, haciendo caso omiso de estos antecedentes.
Este anuncio, celebrado por muchos, criticado por otros, se hace a menos de una semana del 21 de mayo, día en que el Presidente Piñera dará su cuenta pública… y en que las calle de Valparaíso, y probablemente de otras varias ciudades, hervirán de manifestantes. Las Fuerzas Especiales de Carabineros estarán, de seguro, planificando lo que harán a falta de las prohibidas bombas.

Al ver las imágenes de cientos de personas enardecidas y vociferantes, marchando para protestar por la aprobación del proyecto Hidroaysén, una incómoda sensación se instaló en mi mente. En todo caso, no se debía al hecho de verme irresoluto frente a las posiciones en pugna: por un lado, los argumentos a favor y su tono mesiánico amenazante, demasiado parecido a eso de “o yo o el caos” (apagón, en este caso). Por el otro, el rechazo grandilocuente y, a la vez, un tanto hipócrita (la desaparición de un considerable pedazo de ecosistema único y virgen no es más atroz que la contaminación que nos tragamos callados día a día en Santiago, sin que por ello la mayoría deje de usar su querido auto o se cuestione el asadito del fin de semana) además de las proclamas inexactas, como eso de que la energía será para las mineras del norte grande. Así, cualquiera se confunde y el que tenga una opinión formada e intransigente, que me perdone, pero me parece que para ello hay que ser medio simplón.

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Me incomoda que una élite haga lo que se le antoje sin mirar para el lado, procurando mantener sus privilegios bajo el manoseado emblema del “bien del país”, tanto como me carga la performance de los activistas profesionales, esos que pueden usar el chaleco para predicar el evangelio de la madre tierra o la chaqueta de lino de los consultores de RSE y promotores de la sustentable novedad del año. Al menos los primeros tiene el buen gusto de no dejarse ver mientras traman sus componendas.

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Pausa Bistrot

La esquina de Renato Sánchez con Gertrudis Echeñique es una de mis preferidas y aunque sólo conozco París a través de películas y fotografías, la arquitectura de los edificios, calles y añosos árboles le dan un toque europeo a esas cuatro esquinas.

En la sur- poniente está el Darjeeling que trae una propuesta de café y restorán. Un salón estiloso de decoración neoclásica y llamativos papeles murales.  Mesitas ratonas y un lindo sillón rojo invitan a disfrutar la calidez de su carta con un libro en la mano. Aunque lo bautizaron con el nombre de la ciudad productora de té más famosa de la India, destacan de su carta unos ristrettos muy bien preparados. Los muffins de ingredientes novedosos como amapola y plátano junto al chessecake son perfectos para acompañar alguno de sus brebajes.

Durante las vacaciones hice lo que mi nieto, fanático de la película Cars, describe como “pasar a pits”: me controlé con la endocrinóloga,  el oculista y el dentista.
Todo salió maravillosamente bien. Los exámenes fueron muy positivos, el colesterol está controlado, la presbicia ha aumentado, pero nada que un nuevo par de lentes no pueda subsanar.dentista-gratis-ninos
De todos los controles, lo que más me asombró (o lo único) fue mi ida al dentista. Quedé tan sorprendido que aún ahora, que ha pasado bastante tiempo, me llama la atención.
Sucede que años atrás se me había desaparecido lo que llaman “una corona”. Un premolar, producto de un antiguo tratamiento de conducto, simplemente se había fugado.
Yo estaba consciente, pero me negaba a enfrentarlo porque básicamente no me afectaba, me lo miraba en el espejo y no se veía y el diente costaba tan caro como un televisor de 32 pulgadas con última tecnología.
Esta vez, curiosamente envalentonado, decidí reponer la pieza. El especialista, que se llama Mario Bravo igual a un gran amigo mío, me dijo: “Esto ahora se hace por computador en una sola sesión. Eso sí que tiene que pedir dos horas pegadas”. No le creí mucho porque en mi recuerdo, este tipo de reposiciones precisaban de más de cuatro dolorosas sesiones, pero tomé la hora doble.
Llegó el día y me senté en el sillón del sufrimiento. Por no dejar. Lo primero que me dijo el dentista fue: “Esto no duele nada. Hay que tener un poco de paciencia solamente”.
Seguía sin creerle, pero la sesión doble se desarrollaba sin sufrimiento: lo primero que hizo fue meterme un sensor dentro de la boca y sacarme unas fotos. Sonaba cuando sacaba cada una de las tomas como mi celular Sony Ericsson Spiro nuevo que me delata cada vez que tomo una foto (¿alguien sabe cómo silenciar ese “sonido de obturador”?): pip, pip, pip, pip…
Uno se puede poner inquieto por una cosa así, pero no sufre.
Al cabo, pasamos a mirar cómo trabajaba una pantallita procesando toda la información que las fotos habían enviado. Mostraba y mostraba modelos tridimensionales. Yo miraba con la boca abierta, literalmente.
Luego, el dentista me pidió que eligiera cuál trozo de cerámica se parecía más a mis dientes. Los miré al espejo y había uno igualito.
Después salimos los dos con el pequeño cubo de cerámica elegido a la sala donde estaba la impresora tridimensional. Yo fui de puro intruso. En realidad, me podría haber quedado en el cómodo sillón, pero estaba interesado en el curioso procedimiento.
El odontólogo introdujo el cubo de cerámica en la impresora y ésta, con la información de las fotos que me habían tomado, empezó a tallar el trozo con dos taladros, como si fuera un escultor en trance.
La pieza de cerámica tenía un clavito para afuera que no me gustaba nada, como si fuera uno de esos mondadientes que uno usa para sacar aceitunas.
La impresora trabajó y trabajó un buen rato hasta que salió con mi pieza lista. En todas las etapas del proceso, el dentista hacía correcciones que la pantalla ofrecía tal como cuando uno escanea un texto y el programa pregunta: “la palabra elegida ¿será ‘sopa’ o ‘soda’?”…
Con el mondadientes tallado como si fuera un diente mío volvimos al sillón confortable. A pesar de todo lo sorprendente,  yo seguía desconfiando: algo dolerá en algún momento.
No; la verdad es que nunca dolió nada. Lo incrustó ahí no más y quedó impecable.
Para ajustarnos a la realidad, y poner los pies en la tierra, debo reconocer que no todo es maravilloso en ese centro odontológico. La semana anterior otro especialista, muy joven, me había hecho una limpieza (no, si la pasada a pits fue con bronca). Y Alejandro era muy moderno: mientras me atendía, recibía los “tweets” en su smartphone y hasta se dio el lujo de atender una llamada para reservarle un pasaje de avión más barato a un amigo. Todo esto mientras yo lo miraba con la boca abierta.
¡Las cosas que hacen ahora!

En menos una década los teléfonos celulares se convirtieron en aparatos de tal complejidad que hoy hasta el más básico cumple con todos los requerimientos que antes solíamos esperar exclusivamente de un computador de última generación.

Optimus One de LG

Optimus One de LG

Al margen de los aspectos positivos, hay uno probablemente no deseado, y bastante inadvertido y es que nos han hecho perder toda capacidad de asombro tecnológico. El más reciente modelo de teléfono inteligente del fabricante coreano LG, su smartphone L500h, conocido como Optimus One, es una prueba de esto. Nadie parece reparar en lo increíble que resulta poder realizar búsquedas en Internet a partir de una fotografía o tener en la palma de la mano un GPS que indica la ubicación de cualquier cosa en el sector donde uno se encuentre; prestaciones que han sido elegidas por la marca para promover el equipo y diferenciarse convincentemente. Contar con estas opciones en un teléfono de precio medio me parece algo muy  notable.

Detalles sin fecha

Publicado el 5 Mayo 2011 Blog, Pauta Libre 3 comentarios

Se viene, una vez más el día de la madre. Como todos los años somos bombardeados por publicidad que nos muestra, generosa, cómo demostrarle cariño a nuestras progenitoras con costosos regalos pagados –eso sí– en cómodas cuotas.
Más allá del discurso común llamando a no caer en el consumismo con motivo de estas u otras celebraciones, evidentemente inventadas por el marketing, quiero detenerme en la necesidad de celebrar este día.madre
Porque hay madres que merecen ser celebradas todos los días, no voy a negarlo. Pero tampoco me negarán ustedes que hay madres que no merecen ni un segundo de celebración. Pongamos por caso –extremo, es cierto, pero no menos real– a María del Pilar Pérez, La Quintrala. La misma que mandó matar al padre de sus hijos, dejándolos en parte huérfanos; que agredió, y casi mató, a su nuera; que tenía planes, según dice el fallo conocido esta semana y que la condena a presidio perpetuo, para matar a toda su familia.
A qué apunto: al hecho de que ser madre no la convierte en una persona digna de ser celebrada, siquiera respetada. A que la generalización nos dice que todas las madres son “celebrables”, mostrándonos a algunas que ya quisiéramos tener –no como madres, claro está– nos miente. Valeria Mazza, Claudia Conserva, Tonka Tomicic, Pampita y compañía no son el prototipo de madres que podemos ver por estos pagos.

No es que las desacredite en su rol materno –aunque ni siquiera todas son madres–, pero estaremos de acuerdo en que están lejos del promedio de la mamá nacional.

Y así con el día del niño, el de la mujer, el papá, de la secretaria y de cualquier cosa que se les ocurra. Todos tienen su día, como si por el solo hecho de pertenecer a cierto género, profesión, tener un estatus o por simple accidente –que lo digan los miles de padres y madres adolescentes de este país– merecieran un trato especial. Como si esa pertenencia les otorgara una dignidad superior.
¿Merece mi respeto, en el día de la mujer la Quintrala? ¿En el día de la madre? No me parece. Ha demostrado con hechos, que no se merece nada sino desprecio, repudio, rechazo. Punto.
Volvemos al día de la madre. Desde el jardín infantil de mi hija me mandan un papel pidiendo plata para hacer un regalo para la madre en su día. Lo enviaré, porque se lo merece. Porque esos regalos hechos con manos infantiles rescatan, dentro de todo, la esencia misma de la celebración, aunque ni siquiera en esa esencia esté de acuerdo. Porque tendrán su celebración, con los niños disfrazados y bailando-cantando-actuando-haciendo algo para sus mamás.
Lo enviaré, aunque en el jardín no celebren el día del padre. Sí, porque no lo celebran. Para mí eso es clara discriminación. Digo, no fue el Espíritu Santo. Pero no alego, porque no necesito un día, ni que mi hija se disfrace para sentirme especial para ella. A sus casi cuatro años, ella se encarga de hacérmelo sentir cada día. Y cada día es, para mí, su día. Sin regalos caros, sin estereotipos, sin rostros famosos. Con conversaciones, con juegos, con paseos a la plaza, con helados compartidos, con cuentos antes de dormir. Detalles que no necesitan fecha.

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Caminar por el Barrio Lastarria o Bellas Artes ha sido siempre una forma de mezclarse con la cultura hipster de Santiago. Con los años, el barrio ha aumentado la oferta de restoranes y tiendas vanguardistas, manteniendo las fachadas antiguas. Cada puerta se ha transformado en un portal que divide lo antiguo y conservador, reflejado en la arquitectura exterior, de un interior moderno y liberal, expresado en estilos minimalistas, kitsch, y otras tendencias urbanas importadas y nativas. Paseo obligado de extranjeros y punto destacado de todas las guías como Lonely Planet de Santiago.

Ir al cine casi siempre es un placer, pero más aún cuando te sientas en en una sala premium. Me invitaron a las del Cine Hoyts Parque Arauco y el asunto tiene su encanto. Un anfitrión nos recibe y conduce a un lounge con cómodos sofás, donde se puede comer y tomar.

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La sala del cine en sí es espectacular: butacas estilo bergere, dignas de cualquier business class. Como se puede elegir antes la comida que te llevarán a la sala, probamos unas papas rústicas muy sabrosas y una pizza de rúcula, tomates cherry y panceta ahumada. Aún no tienen patentes de alcoholes, pero una vez que la tengan, la tabla de quesos con una copa de vino tinto será la mejor opción para acompañar la película.
La cinta elegida es El Concierto. La historia: Andrei Filipov era un aclamado director de la Unión Soviética a cargo de la Orquesta del Bolshoi. En su mejor momento, su carrera se ve truncada por su creencias polícticas y Filipov es despedido. Treinta años después, sigue trabajando en el Bolshoi, pero esta vez sus instrumentos son los del aseo. Tras interceptar un fax de un prestigioso Teatro francés invitando a la orquesta a dar un concierto en París, Andrei decide esconder la carta, reunir a su antigua orquesta y robarse el show.

Es una película preciosa que hace reír, emocionarse y logra que dos horas de duración parezcan 15 minutos. Uno de sus mayores aciertos es ver retratados los estereotipos de etnias y nacionalidades con una ironía que saca carcajadas, como la habilidad innata de los gitanos tocando instrumentos o ver judíos aprovechando oportunidades de hacer un buen negocio.
En busca de la armonía perfecta se construye una película cautivante y absolutamente recomendable, donde al compás de Tchaikovsky se emprende un viaje hacia el rescate de un sueño. La escena final del concierto será recordada como uno de los buenos momentos del cine contemporáneo.
Les dejo el trailer y no dejen de verla porque no le queda mucho tiempo en cartelera.

Semana ¿Santa?

Publicado el 21 Abril 2011 Blog, Pauta Libre 3 comentarios

No es que quiera atacar a la Iglesia, ni mucho menos. Nada más lejos de mi intención. Bastante bien hacen la pega ellos mismos. Pero es que en nuestro país –y sospecho que en muchos otros– existe una Semana Santa paralela, llena de ceremonias y rituales de los que nadie sabe su sentido ni su origen, y que muchas veces se siguen por simple inercia.

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Muchos de los ritos de esta Semana Santa en las sombras son derechamente contrarios a la Semana Santa “oficial”. No creo que la Iglesia haya estado pensando en ceviches y salmones a las finas hierbas cuando determinó que no se comía carne en Viernes Santo. Ni en conejos y huevos de chocolate cuando dijo que había que celebrar la Resurrección. Ni en ese maldito conejo en la puerta del supermercado. Ni en tantas cosas, al fin y al cabo. Aquí algunas de ellas:

La locura del pescado y los mariscos. Durante todo el año, el 99% de la población se lo pasa comiendo tallarines, arroz con huevo, pan, hamburguesas, completos, porotos… En fin, básicamente comida chatarra –tan de moda con eso de la rotulación– y uno que otro alimento de relativo valor nutritivo intercalado por ahí. ¿Pescados y mariscos? Ni en broma. Si hay algo que tiene Chile son costas. Y pescados y mariscos. Pero nadie se digna comer los llamados “productos del mar”. Básicamente porque son caros. O eso dicen. Porque basta que llegue Semana Santa para que multitudes se lancen sobre el Terminal Pesquero, el Mercado, las pescaderías y los mesones de pescado de los supermercados, donde se dan codazos, patadas y lo que sea necesario con tal de conseguir algo. Aunque ese algo cueste el doble que durante el resto del año. Y eso que no comían porque era caro. Quién los entiende.

Ayuno y abstinencia. El concepto del ayuno y abstinencia que tiene el chileno es muy particular. Básicamente, se trata de no comer carne en Viernes Santo. Y punto. No se le ocurra pedir más. La carne –que probablemente tampoco iba a comer –será reemplazada por abundantes pescados y mariscos, fuentes de ensaladas, sabrosos acompañamientos y numerosos y contundentes postres. Todo sin carne, claro, porque es un día de ayuno. Si hasta en la mañana, al desayuno, el chileno es estricto en seguir los preceptos de la santa madre Iglesia, y reemplaza el humilde paté por huevos revueltos, mermelada, queso, tomate y todo lo que encuentre a mano. Menos carne, por supuesto.



Corría el año 1964 y los pendejos de tercero humanidades del Saint George organizamos la primera fiesta de curso. Teníamos 14 años y éramos mucho más inocentes que los muchachotes actuales. Fue en la casa de nuestro compañero Alfredo Yarur, cuya hermana estaba en Las Ursulinas. La mamá de Alfredo, previendo que nadie llegaría con acompañante, convidó a todo el curso de la hermana, doña Dolly. Y ahí estaba la Magdalena Matte.

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Para mí su renuncia fue casi surrealista… todo este episodio lo ha sido. Cuando Kodama empezó a aparecer en los diarios mi mente creía leer Karadima, tenía que pestañear un par de veces para que el cerebro interpretara bien, era Kodama y no Karadima. Y Kodama no era un cura, sino una empresa constructora.

Y el surrealismo onírico continuaba al tratar de entender de qué se trataba el quilombo. La ministra había firmado una orden de pago para Kodama por haber construido un corredor para el ‘Charchantiago’, obra contratada durante el gobierno de ‘mi Gordis’. Y después había retirado esa orden de pago por darse cuenta que no estaba claro si procedía. Y ese solo hecho bastó para que algunos chacales de la ‘concerta’ olieran sangre e iniciaran su feroz e implacable ataque en concierto con el fabuloso ejército de periodistas izquierdosos que infectan todos los medios.