Se viene, una vez más el día de la madre. Como todos los años somos bombardeados por publicidad que nos muestra, generosa, cómo demostrarle cariño a nuestras progenitoras con costosos regalos pagados –eso sí– en cómodas cuotas.
Más allá del discurso común llamando a no caer en el consumismo con motivo de estas u otras celebraciones, evidentemente inventadas por el marketing, quiero detenerme en la necesidad de celebrar este día.
Porque hay madres que merecen ser celebradas todos los días, no voy a negarlo. Pero tampoco me negarán ustedes que hay madres que no merecen ni un segundo de celebración. Pongamos por caso –extremo, es cierto, pero no menos real– a María del Pilar Pérez, La Quintrala. La misma que mandó matar al padre de sus hijos, dejándolos en parte huérfanos; que agredió, y casi mató, a su nuera; que tenía planes, según dice el fallo conocido esta semana y que la condena a presidio perpetuo, para matar a toda su familia.
A qué apunto: al hecho de que ser madre no la convierte en una persona digna de ser celebrada, siquiera respetada. A que la generalización nos dice que todas las madres son “celebrables”, mostrándonos a algunas que ya quisiéramos tener –no como madres, claro está– nos miente. Valeria Mazza, Claudia Conserva, Tonka Tomicic, Pampita y compañía no son el prototipo de madres que podemos ver por estos pagos.
No es que las desacredite en su rol materno –aunque ni siquiera todas son madres–, pero estaremos de acuerdo en que están lejos del promedio de la mamá nacional.
Y así con el día del niño, el de la mujer, el papá, de la secretaria y de cualquier cosa que se les ocurra. Todos tienen su día, como si por el solo hecho de pertenecer a cierto género, profesión, tener un estatus o por simple accidente –que lo digan los miles de padres y madres adolescentes de este país– merecieran un trato especial. Como si esa pertenencia les otorgara una dignidad superior.
¿Merece mi respeto, en el día de la mujer la Quintrala? ¿En el día de la madre? No me parece. Ha demostrado con hechos, que no se merece nada sino desprecio, repudio, rechazo. Punto.
Volvemos al día de la madre. Desde el jardín infantil de mi hija me mandan un papel pidiendo plata para hacer un regalo para la madre en su día. Lo enviaré, porque se lo merece. Porque esos regalos hechos con manos infantiles rescatan, dentro de todo, la esencia misma de la celebración, aunque ni siquiera en esa esencia esté de acuerdo. Porque tendrán su celebración, con los niños disfrazados y bailando-cantando-actuando-haciendo algo para sus mamás.
Lo enviaré, aunque en el jardín no celebren el día del padre. Sí, porque no lo celebran. Para mí eso es clara discriminación. Digo, no fue el Espíritu Santo. Pero no alego, porque no necesito un día, ni que mi hija se disfrace para sentirme especial para ella. A sus casi cuatro años, ella se encarga de hacérmelo sentir cada día. Y cada día es, para mí, su día. Sin regalos caros, sin estereotipos, sin rostros famosos. Con conversaciones, con juegos, con paseos a la plaza, con helados compartidos, con cuentos antes de dormir. Detalles que no necesitan fecha.