Varios chilenos ya han tenido la oportunidad de probar un iPad, la nueva tableta de Apple, que revoluciona el sistema. Entre ellos, un buen amigo mío –’E'– que fue un alto ejecutivo de Apple Chile hace algún tiempo.“Al margen de algunas limitaciones técnicas tontas que asumo las corregirán, lo encuentro un juguete maravilloso; la sensación de uso es increíble, pero… ¡no sé para qué sirve!”, me confesó hace unos días.
El aparato es grande, elegante y… demasiado fino para algunos. “La sensación que me dio es que es demasiado delicado para llevarlo a todos lados”, continúa ‘E’ y agrega: “si es por navegar fuera de la oficina, uso el teléfono”.
Muchas de las cosas que hace el iPad también las logra el iPhone (que además, sirve para hablar por teléfono) y el iPod touch.
Gabriel, un gran diseñador recién recibido de la UC, probó el iPad por un mes. Ahora lo está vendiendo a través de la web. Su conclusión es que se trata sólo de un costoso lector de mail y libros digitales, “lo cual no me mata porque aún le tengo mucho cariño al papel”, remata. Piensa que le sería mucho más útil un iPod touch, “ya que podría llevarlo en el bolsillo y hacer todas las cosas que hacía con el iPad”.
Me cuenta que en MercadoLibre ya lo están vendiendo como $450 mil. A él le costó US$670 (unos $350 mil).
El epicentro de Williamsburg es la intersección de Bedford y la 7th, justo donde está la estación de la línea L del metro que viene de Manhattan. Es antigua y no tiene ascensor, pero sirve para ponerse a tono con el barrio, que no es un lugar de construcciones lujosas ni en extremo moderno. La gracia está en sus locales pequeños y la originalidad de su decoración.
En lo que a tiendas de moda se refiere, Williamsburg no tiene nada que envidiarle a Mahattan, no por nada Kate Moss compra su ropa en estas cuadras. Hay boutiques como Pop y Jumelle, con excelentes selecciones de prendas de diseñadores emergentes y consagrados. Si lo que buscas son artículos únicos y un poco de locura date una vuelta por About Glamour, un mix de tienda y galería de arte con ropa vintage de L. A., tops de Vivianne Westwood, tacitas de té inglesas y miles de artículos japoneses, muy kitsch y onderos.
Mi favorita es Beacon´s Closet, según los entendidos, la mejor tienda de ropa usada de NYC. Dos pisos de zapatos, accesorios, carteras y toda la ropa que se puedan imaginar, ordenadas en percheros por color. La tienda combina dos factores imprescindibles: ropa de marca y precios bajísimos. Steven Madden, Armani, Marc Jacobs, BCBG, Manolo Blahnik, Dolce&Gabanna y Prada, son algunas de las firmas de primera categoría que están aquí. También ropa de Miss Sixty, Forever 21, Topshop y H&M. Todo en perfecto estado, muchas veces con las etiquetas. Lo mejor de este lugar es que, si te aburriste de lo que hay en tu maleta puedes llevarlo, aquí lo tasan y te dan un ticket con la cantidad de dólares que puedes gastar en la tienda.
Para los que estén planeando viajar a Nueva York, les cuento sobre un lugar que merece visita. A sólo una estación de distancia en la línea L desde el Union Square de Manhattan, está el barrio Williamsburg, que si bien pertenece a la ciudad de Brooklyn, tiene los méritos necesarios para brillar por sí solo.
Cuando se construyó el puente de Williamsburg en 1903, se pobló de inmigrantes italianos y alemanes, luego se sumaron polacos, judíos jasídicos, dominicanos y puertorriqueños. Muchas fábricas instalaron sus cuarteles centrales y se transformó en una zona industrial. Ya en los ‘70, los artistas se tomaron Williamsburg y desplazaron a los antiguos habitantes. Atraídos por los espacios grandes y los bajos arriendos, los edificios de las fábricas se fueron transformando en amplios talleres. En la actualidad, detrás de cada cortina metálica y fachada industrial hay sorprendentes espacios reciclados y obras de arte en todos sus formatos y soportes.
No hay caso con el Transantiago. Nació para la polémica. El ex gobierno de la Concertación sigue defendiendo la obra y culpa al actual por subir las tarifas.
En la pelea por las platas del sistema de transportes, pocos tienen la película clara. Acá les presentamos el video con agudo análisis que hace Tomás Mosciatti de Radio Bio-Bio para CNN Chile y algunas líneas que escribió para CARAS.
“El Transantiago es la peor política pública en 20 años de democracia.
¿Quién se acuerda que no iba a costar ni siquiera un peso a los
contribuyentes?,¿Que los buses iban a ser 4.500 y no 8.000?, ¿Que no
superarían los 60 kilómetros por hora, que los choferes iban trabajar
uniformados, que no habría comerciantes ambulantes? Un día antes de que el
sistema empezara a funcionar, el subsecretario de la época, Danilo Núñez
dijo que los buses pasarían cada un minuto por los paraderos.
¿Cuanto ha costado el Transantiago? No lo sabemos. Hay que sumar las
inversiones que tuvo que hacer el metro (líneas, trenes, personal); la
infraestructura de vías exclusivas, paraderos, estaciones intermodales; y,
claro, las pérdidas. Son miles de millones de dólarer… son muchos puentes
Bicentenario.
La última novedad la anunció el Ministro de Transportes y
Telecomunicaciones Felipe Morandé, quien está empeñado en bajar la evasión.
Dijo que mientras más pasajeros pagan, mientras menos evaden, aumentan las
pérdidas. ¿La razón? A las empresas privadas se les paga más que el costo
del pasaje. Ahora, se anuncia que la competencia ayudará a mejorar el
asunto. Un poco como antes…pero sin el color amarillo, sino con el verde.
El verde esperanza.
La cerveza gana cada día más terreno. Quiere convertirse en la reina de la mesa, al punto que las mismas cervecerías artesanales ahora se llaman boutiques. No da lo mismo una cerveza u otra para acompañar un plato, porque según sus características y procesos de producción, hay una perfecta para cada comida, lugar, y estación.
En primer lugar llegó la hora de cambiar el concepto de que esta es una bebida que sólo se toma en verano y bien helada. En estos meses fríos del año nos proponen “cervezas de invierno” con más cuerpo, sabores más complejos, y más grados de alcohol, que nos ayudan subir la temperatura del cuerpo. Son las de la familia Ale, están fermentadas a altas temperaturas, tienen más de 7° de alcohol y recomiendan beberlas no tan frías. En Chile estamos más acostumbrados a la del tipo Lager, pero la variedad se empieza a notar en las cartas de todos los restaurantes.
Hace poco me invitaron a probar lo bien que queda una cerveza Cusqueña (lager) con un cebiche, esta vez de corvina, pejerrey y locos. Estas rubias funcionan muy bien con la comida peruana, porque la cerveza neutraliza lo picante del rocoto. También con picoteos como tapas, pinchos, comida mexicana y tailandesa, ya que bajan la intensidad de los sabores demasiado picantes o muy condimentados.
Una combinación interesante es acompañar queso azul con una Szot barley wine 2010. Es un vino de cebada, como se las llama en Inglaterra a las cervezas con mucha malta, color ámbar y con más de 8° de alcohol. Entregan un amargor muy delicado y quitan el dulzor, especiales para carnes y quesos fuertes. También van perfecto con una noche junto a la chimenea café y chocolates.
Otra novedad de la temporada es la Kross 110 minutos, que recibe su nombre gracias al doble proceso de cocción del mosto (en general de 60 minutos ), que intensifica los aromas, le da un color marrón, más oscuro que el caramelo. Estas morenas suelen ser más bien dulces, pero ésta en particular deja un agradable sabor amargo que la hace distinta. Es muy versátil y puede acompañar tanto carnes asadas o a la parrilla, como postres muy dulces, estilo creme brulé o cheesecake.
En estricto rigor, el maridaje es “la unión íntima y armónica entre dos elementos”. Pero en la experiencia de la comida podríamos definirlo como aquella combinación perfecta que permite saborear y disfrutar con los cinco sentidos, tanto la bebida como la comida. Hay que tener en cuenta que ni la cerveza puede tapar el sabor, ni la comida ser demasiado fuerte. Como el vino, la cerveza puede realzar el sabor del plato.
Raymond Dumay, un experto francés de la buena mesa, escribió: “El acuerdo entre vinos y platos abre la puerta al riesgo, a la aventura. Todo se puede hacer y, sin embargo, no se puede hacer cualquier cosa. Estamos en el dominio tenebroso del amor y hay que saber cuán lejos podemos llegar”.
Lo que me hace pensar que si el queso está casado con el vino, la cerveza definitivamente sería su amante.
Son las 7:30 am. Estoy con los ojos abiertos hace más de una hora. Faltan unas 12 horas para el partido y los nervios y la tensión no me dejan dormir más. Lo complicado es que esta sensación seguirá creciendo.
Nos vamos en el mismo bus que los sparrings: los 14 jugadores de las categorías juveniles que viajaron a Sudáfrica para entrenar con la Selección. ¡Hay ambiente mundialista!
Me gusta viajar por tierra. Es más simple que el aeropuerto y sus aviones que a veces no despegan. Se ve el entorno todo el tiempo, hay más amplitud, a mí me permite una conexión mayor. Hoy completo 12 días extraordinarios, hay algo de melancolía porque pronto regresaré, por los que se quedan acá y por la emoción del reencuentro con mis mujeres.
Luego de ver Chile –España, el agotamiento es total! A veces creo que el sufrimiento agudo y crónico (que paradoja, pero así es no más) se va a acabar y vamos a poder llegar como argentinos y brasileros, cancheritos y asegurados. Pero nunca es así. Siempre es con angustia, pese a haber ganado dos partidos seguidos, rendimiento perfecto, jugando muy bien, cabros convencidos de lo que hacen, entrenador topísimo, dirigentes a la altura.
No fue un bonito partido, la verdad. Logramos contrarrestar el inicio de los españoles, incluso llegar con más peligro que ellos. Hasta que pasó lo que pasó. Para no creerlo. En un Mundial, un equipo como este, cometer esos dos errores. ¡¡¡Ufffff!!!!
Ahora viene Brasil. En dos partidos seguidos nos enfrentamos al primero y segundo del mundo. Nacidos para sufrir. No importa, porque siempre queda el orgullo… un millón de veces el orgullo.
*Los despachos desde Sudáfrica se hacen por medio de telfono Nokia N97.
No importa no ser hombre ni hincha acérrimo. Ser chileno implica –de alguna forma– vivir futbolizado. Nuestra población se divide en colocolinos y chunchos. Las eliminatorias son suceso nacional. Y eso que no le hemos ganado a nadie… bueno, hasta ahora.
Suponíamos que las cosas con Bielsa podían ser distintas. Por lo mismo, este Mundial era imperdible. E imperdible significa: asado con los amigos, banderas, camisetas y gritos al por mayor. Pero me tocó ser testigo del histórico desempeño chileno viviendo en el país del ‘no fútbol’.
Impotencia, rabia y depresión… qué difícil vivirlas todas juntas. A las 3 am de ayer, en Namibia falló el charter que nos iba a llevar a Port Elizabeth. No hubo opciones, ni plan B. ¡Estoy en Sudáfrica para ver a Chile en el Mundial y voy a ver el partido por televisión, enterrado en Nelspruit!. No lo puedo creer.
Estamos a punto de empezar y la cosa ha ido mejorando. Después de la peor pasada por un aeropuerto de toda mi vida, el drama empieza a quedar atrás y el ánimo mejora. Somos 100 personas en el comedor del Ingwenyama viendo el partido en una pantalla gigante. En realidad es un telón. Por ahí está Andrea Tessa, Marcelo Salas, Fernando González, Nicolás Córdova, algunos dirigentes y otras visitas ilustres… al final esto ha ido tomando un tinte tragicómico. De hecho, el himno lo cantamos como si fuera la última vez, con más ganas que nunca, como si estuviéramos en la cancha, de titulares. No obstante, no me alcanza. Sigo sin poder creer lo que sucedió.
El gol lo gritamos como en el estadio, también el anulado de Alexis Sánchez como si fuera cierto. Al final… el marcador a favor, los cantos, los abrazos. Hermanos en el dolor, pero también en el triunfo. El mejor bálsamo para limpiar la herida aún abierta.
Sigo en Nelspruit con todas las ganas, creyendo ciegamente en que esta selección va a ser historia. Ya la hizo, pero que va a seguir haciéndola.
¿Cómo te imaginas Africa cuando te hablan de este continente? ¿Qué dices acerca de ella cuando sale en la conversación? En mi caso he leído algo, he visto películas y entiendo unas pocas cosas de lo que pasa en política. Obviamente, después de sólo cuatro días en Sudáfrica, las nociones que guardaba no han cambiado mucho, pero sí he aprendido un poco más.
Entendí varios hechos que confrontan abiertamente mis juicios previos, casi todos en clave depresiva. Por ejemplo, Anver Versi, editor de una importante revista de negocios, responsabiliza a las agendas de las organizaciones caritativas de la imagen que los medios transmiten de Africa: “continente negro”, “lleno de miseria, atraso, hambre y desesperanza”. Y reclama planteando que es fruto de los resabios colonialistas.
Es como si le dijeran a Bono (líder de U2) y a muchos otros: “tu caridad nos hace más mal que lo que nos ayuda”. Serían fuertes declaraciones contra un ícono de lo politicamente correcto. Y fuertes declaraciones contra la imagen que muchos de tenemos de este continente.
Es verdad, después de la espeluznante madrugada que nos remeció el alma, la vida entera aquel 27 de febrero, por Dios que se siente bien ver a hombres, mujeres y niños gritar, pero ahora de felicidad: eufóricos por este primer triunfo de La Roja ante Honduras. Hasta aquí, estamos de acuerdo. El frío, la lluvia, en carpa, en la calle… Las mismas banderas que se levantaron en señal de dolor, pena y duelo, ahora celebraban.
Pero en medio de esta Marea roja, que seguimos emocionados minuto a minuto por la tele, me quiero tomar una licencia. La verdad, es una protesta. No contra la repetitiva información mundialera, ni contra la guerra sucia de siliconas, ni esos ataques y perdonazos televisados que protagonizan los reyes de farandulandia. Qué va. Si hasta me entretengo. Me rebelo ante la hora.
Me acuerdo cuando las noticias empezaban a las ocho y media y terminaban a las nueve y media de la noche. Luego, y acorde a la vida moderna, Transantiago incluido, el horario se desplazó de nueve a diez. Para terminar a las doce en punto con los informativos de trasnoche, ideal para los rezagados trabajólicos que no alcanzaban a ver los centrales.
Pero, ¿en qué estaban pensando los cerebros de la pantalla cuando decidieron alargar-alargar-alargar y alargar los noticieros? Mi punto es la programación, no los contenidos, eso será tema para otro día.
¿Diez y media de la noche, a veces cerca de las once, para recién divisar con un ojo cerrado y el otro abierto la archipublicitada parrilla mundialera? ¿Más de hora y media masticando las mismas noticias de la mañana, del medio día, de media tarde, de medio costado…? Y qué decir de los pobres informativos ahora mal llamados “de medianoche”, si a las dos de la madrugada están recién comenzando algunos. ¿Cuál es la idea?
Protesto porque quiero ver las noticias, quiero ver los contactos con Sudáfrica, quiero ver el Tiempo para saber qué ponerme al otro día, quiero hacer zapping acostadita y saber cómo se calibran los disparos por la guerra del rating… pero vamos, ordenemos un poco el asunto. ¿Culpa del Mundial? Ni tanto, hace meses que el reloj de la TV anda medio desorientado.
¿Quién está dando la hora?