Llegar a la casa de la familia Quevedo es lo que ayuda a darse cuenta por qué son tan creativos: su fuente de inspiración, aunque parezca contradictorio, es la naturaleza, la parte más sana de Santiago, en los terrenos de Pirque llenos de olores a bosques y aire puro.

Con una puerta de dos cuerpos rústica, el ingreso es todo un asombro. Quizá se espera encontrar cables, metales, autos voladores al buen estilo Los Supersónicos o algún robot caminando por los ambientes. Pero no. Se trata de un espacio acogedor, con grandes ambientes y ventanales con vista verde en todos los frentes.

“Llegan justo para el asado, ¿comieron?” fue la frase perfecta para coronar una tarde de sábado maravillosa. Rodrigo estaba jugando al fútbol con su hermano grande, Jorge, que hoy está en primer año de Ingeniería Civil Mecánica de la Universidad de Santiago. El pequeño genio demuestra talento para la pelota, corre y tropieza, como cualquier buena “gambeta”, aunque se vuelve a levantar y mete goles a costas del esfuerzo de su arquero.

La conversación comenzó sentados en una mesa redonda de madera maciza con sillas en la misma gama. El niño entró a la casa corriendo con el sudor propio de haber estado pateando al arco por, al menos, dos horas. “¿Conversamos aquí?”, preguntó con un tono desacelerado y con poco aire. Pasaron sólo algunos minutos en los que permaneció callado e inmediatamente después trajo un computador. Puede que haya estado inquieto por la entrevista o porque es hiperquinético. Es probable que sea más la segunda opción.

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“Desde los 3 años que estoy en este mundo”, declaró el pequeño evidenciando que los robots, no son más que juguetes para él, sino parte de su historia de vida.

El Yoyi está en séptimo básico del Colegio Instituto Sagrado Corazón de San Bernardo y es el encargado de dar talleres de robótica en el patio del colegio a sus compañeros e, incluso, a cursos más altos. “El colegio me apoya un montón. Me hicieron famoso: aparezco junto a mi robot en el lienzo de afuera. Además, cada entrevista que me hacen, ellos la suben al sitio y a las redes sociales y cuando necesito viajar a las competencias no me hacen problema”.

Además, ha sido miembro de la Cóndor Force Robot de Fisrt Robotics Competition en USA y ganador del Rookie Inspiration Award en 2014. Pero, más allá de haber ganado 7 premios de reconocimiento nacional e internacional, este minitalento acaba de llegar de Japón en donde compitió con los número uno del mundo y se llevó el galardón máximo, convirtiéndose en el ránking 16 mundial en la Robo One. “Le gané a un veterano japonés que tenía más de 26 años de trayectoria con mi Mister Cóndor”. Incluso detalla que fue cinco minutos antes de empezar la competencia cuando recién probó a su robot porque las baterías no habían llegado cuando correspondía.

“Los nervios de testearlo con tan poco tiempo me dieron la fuerza para poder competir. La verdad es que tenía miedo pero finalmente pude en dos minutos botar tres veces al contrincante. Fue divertido porque lo transformamos en un ejemplo de chilote, con el gorro y todo”.

Lo cierto es que el país del Sol Naciente es líder mundial en la alta tecnología y fue este niño de 12 años quien logró sacarlos del puesto número uno por, al menos, unos días. “Cuando me dijeron que había ganado casi me pongo a llorar de felicidad. Tuvimos una comida con el presidente de la Asociación robótica de Japón. Le gané al favorito de la competencia, fue muy emocionante”.

Impulsado por un padre enamorado de este arte, Yoyi tiene mucho de inventor y lo demuestra cada vez que compite o se pone a trabajar en el laboratorio familiar, que, para él, es su segunda casa.

“Cuando tenía 9 años con mi papá inventamos el Over Mind para poder ayudar a la gente. Lo que hicimos fue armar un sistema que les permitía moverse a personas con alguna discapacidad. Usamos mi casco de skate al principio pero cuando lo mejoramos elegimos uno más liviano porque a las personas se les iba la cabeza para adelante”.

La historia de este logro tan trascendental no termina aquí porque este pequeño experto y su familia traspasaron el laboratorio para aliarse con la Teletón y colaborar con sus pacientes.

“El robot es un sensor magnético que funciona así: se capta la señal, se filtra y hay una reacción a la electricidad. Lo bueno es que hoy esta máquina es capaz de descifrar qué tipo de estímulo recibe y logra que la gente se mueva. Ignacio, un niño con parálisis cerebral de 3 años, fue el primero en probarlo”, nos cuenta el letrado preadolescente.

Hace sólo algunos meses que Carolina, su mamá, le permite a este científico de pantalones cortos dar talleres en algunas universidades de reconocimiento nacional y colegios, acompañado de su hermano grande y su papá. La buena noticia es que son grupos de jóvenes que se interesan en un rubro que está muy poco explotado en el país. “Yo les enseño lo que aprendo viendo tutoriales: armando y desarmando. A veces le digo a mi papá: ‘quiero armar un robot para luchar’ y él me dice que lo busque en internet”.

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Con muchas ganas de seguir en este camino que, para muchos, es de grandes, Rodriguito quiere ser diseñador industrial para poder “hacer robots bonitos y útiles”. Además tiene muy claro cómo se maneja el mundo de las alianzas y que necesita de capital para poder seguir inventando: “tenemos muchos sponsors que son amigos y nos ayudan, los necesitamos para seguir con nuestro trabajo”. Casi con palabras de ingeniero comercial esta minieminencia se expresa con un gran conocimiento sobre el rubro pero sin perder la inocencia de un niño que acaba de salir nuevamente a patear al arco con su pelota casi desteñida por tantos goles.

Por definición, Yoyi califica perfectamente con lo que Joseph Renzulli publicó, en 1977, en su libro Scales for rating the behavioral characteristics of superior students, donde establece características que poseen los niños superdotados: tener capacidad intelectual en general y aptitud académica específica, mostrar logros excepcionales en alguna materia y tener pensamiento creativo y productivo y él se jacta de serlo: “Me encanta inventar cosas y me gusta enseñarles a mis compañeros cómo lo hago. Además la directora de mi colegio siempre me pide que participe en actos y en talleres”.

Hasta el minuto, se está preparando para llegar a ser un gran talento en este país, pero parece no estar pendiente del gran futuro que se aproxima. Como todo niño, vive el día a día y lo disfruta al máximo: “en algunas semanas empezaremos a trabajar con mis amigos del colegio para la VEX Robotics Competition que se hace acá en Chile. Si ganamos, viajaremos al torneo a Estados Unidos”.