Es difícil que algo sorprenda a los trabajadores del Servicio Médico Legal, porque, mal que mal diariamente conviven con cadáveres, que la mayoría de las veces no llegan en buenas condiciones. Sin embargo, en los últimos años se ha producido un fenómeno que tiene consternados a los profesionales que laboran en la institución: cada vez llegan más niños entre 8 y 15 años cuyas muertes han sido provocadas por suicidio. Para el escritor Albert Camus no existía sino un problema verdaderamente serio y fundamental, el cual se trataba de ‘juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida’.

La primera pregunta que debemos responder, pensaba el experto, es decir, realizar el cuestionamiento por quitarse la vida. Lo cierto es que el suicidio adolescente es un fenómeno que se ha transformado en un serio problema epidemiológico y de salud pública a nivel global. Los estudios a nivel mundial parecen indicar que será uno de los grandes problemas sanitarios en las próximas décadas. Incluso se ha subestimado, pero el suicidio es la segunda causa de muerte entre los jóvenes del planeta, superado sólo por los accidentes de tránsito.

Chile en el mapa

Las cifras son tan alarmantes como la cara que ponen los médicos del SML cada vez que les toca hacer una autopsia a un adolescente que ha renunciado a continuar viviendo. Si en el año 2000 las tasas de suicidios adolescentes en un rango desde los 10 a los 19 años era de 4 por cada 100.000 habitantes, hoy esta se duplicó a 8 por cada 100.000 habitantes. Se estima que para el 2020 cada día se suicidará un joven chileno, según cifras que maneja la Organización Mundial de la Salud (OMS). Si hoy hiciéramos una visita por los centros hospitalarios, las cifras nos darían cuenta que la conducta suicida es motivo de consulta frecuente en los servicios de urgencia. Y no sólo eso. Más de un 50% de las hospitalizaciones de niños y adolescentes en unidades siquiátricas han sido motivadas por intentos de atentar contra su existencia.

Lo más terrible de todo es que el caso suicida de un adolescente siempre es un enigma, así como desgarrador y desolador. Sin embargo, hay factores en la sociedad chilena que son gatillantes para este tipo de conductas. Hay hipótesis clásicas que pertenecen al sociólogo Emile Durkheim, quien sostuvo que las transformaciones sociales excesivamente rápidas complican la creación de lazos produciendo un debilitamiento de la integración o cohesión social. “En Chile el crecimiento sostenido de los suicidios desde mitad de la década de los 90 es una respuesta al aumento de la desintegración social”, asegura el sociólogo Alberto Mayol.

Política cuestionada

Chile tiene una de las mayores tasas de desigualdad del mundo, con un sistema segregador, un modelo económico altamente competitivo y exigente, donde las personas que no rinden son marginadas. A esto se suma que según las últimas cifras de la OMS, el país es una de las naciones más depresivas del mundo. Claramente el suicidio adolescente y el tema de la salud mental son una bomba de tiempo. Es por eso que la OMS exigió una política de salud mental, algo que parece se demorará un poco, ya que el presupuesto asignado para los planes de salud mental en materia de prevención no supera los 90 millones de pesos. Un hecho bastante poco alentador. Y es que el gesto suicida es ante todo una ruptura del lazo social: con la familia, con los amigos, con la pareja, sobre todo una ruptura de un diálogo (con el otro y consigo mismo). De ahí que toda política de prevención debería residir esencialmente en la lucha contra el aislamiento social y la restauración del diálogo.

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Políticas de salud en la mira. Juan Flores, Sicoanalista. Es Doctor en Psicología U. de Chile, director del Magíster en Psicoanálisis de la Universidad Adolfo Ibáñez, además de presidente de International Federation of Psychoanalytic Societies (IFPS). Y tiene un diagnóstico muy interesante respecto a las políticas de salud y el suicidio.

CT/ ¿Por qué cree que han aumentado las tasas de suicidios en niños y adolescentes entre 10 y 18 años en estos últimos años?

JF/ Efectivamente, nuestro país ha tenido un aumento sostenido en la tasa de suicidio juvenil. Chile duplica la tasa de mortalidad por suicidios juveniles de Latinoamérica y el Caribe. Se espera que la muerte por suicidio juvenil llegue en 2020 a 12 por cada 100.000 habitantes. En el año 2009 era de 7 por 100.000 habitantes, es decir, en 11 años la tasa puede crecer en un 71%. Esto mirado sólo desde el ámbito de las frías cifras es un dato altamente preocupante y frente al cual urge una reflexión muy profunda acerca del estado de cosas de nuestra sociedad y de sus malestares y como frente a esto reacciona el cuerpo social de nuestra juventud. Las razones que promueven esta situación son de variada índole, donde actúan elementos propios del siquismo del adolescente, trastornos de personalidad que se han ido constituyendo en su historia, el entorno familiar y las formas que cada cultura va generando los modos de vehiculizar esta situación.

CT/ ¿Qué puede llevar a un adolescente a cometer suicidio y sentir tanto desaliento respecto a la vida?

JF/ Para eso es preciso comprender primero qué pasa en la así llamada adolescencia. Lo que hoy conocemos con ese nombre, no siempre fue así. Antiguamente el paso era de la niñez a la adultez y había ritos de pasaje que marcaban ese paso, ya sea desde una perspectiva cultural y/o religiosa. Es decir, la historia de la adolescencia es un proceso en EL cual actúan condicionantes que generan cambios con un gran peso biológico, pero que es construida como tal desde una inscripción cultural, donde ese cuerpo físico tiene un rol y una relación al interior de una estructura. En este caso, en nuestra cultura en gran parte es de marginación y subordinación vinculada a la edad y a su inserción en los procesos productivos. Por todo esto la adolescencia es un tiempo de gran reordenación síquica. Todo aquello que se ha ido construyendo desde la infancia se va a desplegar en la adolescencia. Es un momento de grandes contradicciones, ambivalencias, frustraciones y de malestares que aparecerán tanto en el siquismo como en el cuerpo y que pueden adquirir expresión en forma de angustia, estados depresivos, entre otros.

CT/ ¿Cómo los padres o quienes los cuidan podrían prever esta situación y brindar apoyo?

JF/ Los padres son el primer ambiente del niño y su rol es fundamental en los primeros años. Las actitudes parentales también son a su vez, un derivado de las relaciones conflictivas de esos mismos padres que se reactivan sus propios conflictos infantiles con sus propios padres. Por ello, el adolescente empuja y remueve el entorno familiar de un modo más o menos intenso, dependiendo cómo este ambiente enfrenta este movimiento. Que los padres puedan tener conciencia de su implicación, que puedan asumir que son un lugar de acogida y escucha frente a estos dinamismos, genera un lugar de contención y procesamiento de estas ansiedades. En algunos momentos bastará la recepción y elaboración que hace el ambiente familiar para enfrentar potenciales crisis y en otras situaciones será necesario buscar ayuda en el ámbito terapéutico. Vital es en estos momentos de crisis, no estereotipar (‘la oveja negra’) ni naturalizar (‘desde chico fue así, nació así’) al adolescente, ya que eso impide asumir el conflicto como expresión de un circuito en el cual todos son actores y presiona hacia la exclusión y la soledad. Por otro lado, la labor de contención y acogida por parte de los padres, supone una actitud de diálogo y límites, en el cual debe haber un esfuerzo por poner en palabras lo que se quiere comunicar y desarrollar una escucha de lo que se nos quiere expresar. Para ello es vital que los padres puedan tener contacto con sus propios recuerdos y la conciencia de sus propios procesos infantiles y juveniles. Eso ayudará mucho a tener una escucha más cercana.

CT/ ¿Cómo influye la cultura en todo esto?

JF/ La cultura la tenemos que entender como un espacio en que se ponen en juego los distintos discursos que intentan crear modos de hegemonía, es decir, las formas en que determinadas visiones de la vida pretenden predominar. Una sociedad, por ejemplo, donde las categorías de autoritarismo estén presentes de modo dominante, va a entender la relación con el joven desde una perspectiva donde lo que va a primar va a ser el disciplinaje punitivo, desarrollándose un aprendizaje donde las categorías de premios y castigo van a ser las decisivas. Más aún, este disciplinaje va a cumplir no sólo una forma de relación de los padres con el entorno familiar, sino que además se va prefigurando la forma en que la estructura social, a través de la familia, va a ir instaurando a “sangre y fuego” un proceso de normativización y marcando a ese cuerpo síquico en formación. Esto es especialmente claro, tal como nos recuerda Foulcault, que la familia posee una cierta analogía con la escuela, las fábricas, los hospitales siquiátricos, las universidades, el cuartel y las cárceles, desarrollando una equivalencia que se expresa en la forma en que circula el poder y la manera en que se convierten en garantes de la cohesión social mediante coerciones disciplinarias desde estas distintas instancias normativas.

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CT/ La falta de pertenencia y el modelo neoliberal parecen ser una de las grandes causas del suicidio. ¿Es así?

JF/ La urgencia de inmediatez característica de la actualidad, genera una relación con el tiempo distinta, caracterizada por una dificultad para tolerar la espera. Esto hace que por su propia lógica impulsiva exista el peligro de un pasaje al acto, es decir, de descargas impulsivas que conduzcan a conductas motivadas por una ilusión: buscar modificaciones inmediatas para lo que se estima necesario, pensando que de este modo se va a fortalecer su identidad sexual, el valor de sí mismo o el rendimiento intelectual. Esto es en el fondo una huída imaginaria a un lugar de empoderamiento, que intenta borrar una carencia y un sufrimiento síquico. Por otra parte, la inexistencia de ideales que pudieran tramitar estas ansiedades cotidianas en un proyecto de novedad o en un conjunto de organizaciones que pudieran sostener, sumada a la fractura de los tejidos sociales, crea un submundo de microilusiones individuales, intentando generar de modo ficticio un ambiente protector y de contención de las angustias particulares. Frente a las amenazas internas y externas, enfrentado a un desamparo eventual, el adolescente puede buscar refugio en grupos, sectas o en sustancias químicas. Al respecto, ya Freud señalaba: que frente al sufrimiento los seres humanos buscan por distintos caminos enfrentar este dolor. El más tosco, pero también el más eficaz, es el químico: la intoxicación. CT/ ¿Un niño de 11 años puede estar pensando suicidarse o es meramente un acto impulsivo?
JF/ Con los niños los intentos de suicidios o la ideación suicida deben ser analizados como una situación altamente preocupante y que da cuenta de procesos profundamente angustiosos. Independientemente de que en su gran mayoría son pedidos de ayuda o de formas de expresar y ‘“hacer hablar’ sus dolores, no debe de ser entendido como un acto “sólo manipulativo”. Descartada spatologías mayores, lo que sucede en un niño, es que al no estar claramente establecida la significación de la muerte (y por lo tanto, la consecuencia de sus actos) los intentos suicidas o su ideación es expresión de un gran sufrimiento y angustia que no ha podido expresarse y ser acogidos. Este dolor puede ser creado o exacerbado por una agresión (física o síquica) activa del ambiente: padres golpeadores, violencia verbal y descalificación, bullying, etc.

CT/ ¿La OMS alertó que Chile es uno de los países más depresivos del mundo y que la política de salud es muy precaria. ¿Qué piensa?

JF/ Tenemos una gran deuda en este sentido y quienes primero tenemos que asumir nuestra responsabilidad somos quienes trabajamos en este campo. No hemos sido capaces de poner este tema como un tema país a pesar de las grandes implicaciones sociales, políticas y económicas que este genera. Chile tiene una de las tasas más bajas de la OCDE en términos de gasto en salud mental, Chile es uno de los países en que más ha aumentado el suicidio después de Corea del Sur. Parte importante de las licencias laborales son por problemas ligados a lo depresivo, el consumo de fármacos siquiátricos es ya una situación establecida como corriente y normal. Tenemos que ser capaces como profesionales ligados al campo de la salud mental de relevar este conflicto y establecer las bases analíticas y conceptuales de que ha sucedido en la sociedad chilena para que hoy estemos atravesados por esta situación. Por ello, tenemos que hacer esfuerzos de salir de una salud mental privatizada, al alcance de unos pocos y de una visión de salud mental pública cuyo único norte es devolver lo más rápidamente posible a la persona al sistema productivo. El sicoanálisis es a mi juicio la praxis teórica y clínica más rica para abordar estos hechos desde una comprensión que haga posible ejercer acciones concretas para poder llegar a políticas y diseños preventivos, como también colaborar en el establecimiento de una ley de salud mental que no poseemos. Tenemos entonces tareas necesarias y grandes desafíos con altos grados de urgencia.