Es un hecho que la sociedad actual se ha acostumbrado a tratar los síntomas de todos sus males y no a preocuparse de sus causas reales. Así muchas personas alrededor del mundo viven dependiendo de las benzodiazepinas para funcionar todos los días. Ravotril para la pena, Tricalma para el estrés, Rize para la angustia… la lista es larga y muchos sin darse cuenta se convierten en esclavos de los tranquilizantes. Es un hecho que uno de cada cuatro chilenos sufre de un trastorno por ansiedad. Si bien existen patologías psiquiátricas que deben ser tratadas con ansiolíticos, el incremento en su consumo no está en quienes padecen estas enfermedades, sino en personas sanas que acuden a una “pastillita” para lidiar con las angustias cotidianas. Sin considerar los riesgos que conlleva y desconociendo que este tipo de fármacos no están diseñados para curar patologías mentales, sino para tratar los síntomas físicos (tensión muscular, taquicardia, inquietud motora) y mentales (premura, temor) propios de los trastornos ansiosos. Su uso prolongado crea una enfermedad donde no la hay, transformándola en crónica y generando una adicción.

Estos medicamentos dan buenos resultados durante períodos acotados de tiempo, en el contexto de un tratamiento que debe tener como terapia complementaria una rutina de ejercicios. Pero es una realidad que en vez de canalizar estas emociones agobiantes a través de una actividad física recreativa, las personas prefieren abrir el botiquín en búsqueda de una gratificación instantánea. Olvidando que el ejercicio produce un cambio más lento en el cerebro, pero de mayor duración en el tiempo. A las pocas semanas de iniciar la práctica se aprecian los efectos del manejo de la ansiedad que, además, se mantienen en los días en los que la persona no ejercita. “Existe evidencia que demuestra que practicar un deporte en forma habitual favorece la neurotransmisión de varios sistemas, entre los que se destaca la dopamina y la serotonina, ambos íntimamente relacionados con los trastornos del ánimo”, explica el doctor Pablo Reyes, neurólogo de Clínica Santa María.

Asimismo, debe destacarse que el ejercicio es una actividad de estrés fisiológico que produce en el cerebro la liberación de adrenalina y noradrenalina y cuando el cuerpo reacciona a este estímulo se crea un espacio de ocio en el cerebro, propiciando el pensar relajadamente. “Cuando una persona está en reposo el pensamiento fácilmente cae en los afectos negativos, pero al hacer ejercicio hay una visión mucho más positiva”, puntualiza el doctor Patricio Venegas, cardiólogo clínico y deportólogo de Clínica Las Condes.

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Ejercicio: el mejor aliado.

Los médicos, sin importar su especialidad (cardiólogos, psiquiatras y neurólogos), coinciden en que cuando se trata de patologías mentales como los trastornos por ansiedad, la actividad física es una herramienta complementaria a los tratamientos farmacológicos. Incorporar una rutina de ejercicios moderados al menos 30 minutos al día, tres a cuatro veces por semana, produce múltiples beneficios físicos, emocionales y mentales. “Cualquier actividad que agite la respiración, que impida sostener una conversación fluida y eleve el ritmo cardíaco sin producir agotamiento, siempre debe ser utilizada como complemento a los tratamientos clínicos. Está comprobado médicamente que disminuye la ingesta de fármacos en todos los casos, independientemente de la patología”, afirma el doctor Venegas.

Incluso, en casos leves la incorporación de ejercicio y la modificación de los hábitos alimenticios son medidas suficientes para controlar la condición de riesgo. “El ejercicio regular tiene un efecto beneficioso tanto en la prevención como en la recuperación de las patologías que afectan el sistema nervioso, favoreciendo la mejoría de los pacientes que utilizan tratamientos farmacológicos”, agrega el doctor Pablo Reyes, neurólogo de Clínica Santa María.

Para una persona sana que no padece una enfermedad grave o crónica, el ejercicio moderado mejora su calidad de vida, impactando directamente en su bienestar físico y emocional. “Se ha demostrado que si una persona con ansiedad asociada a factores externos se ejercita, su ansiedad disminuye prácticamente a la mitad”, agrega el deportólogo de CLC.

Desde el punto de vista neurológico puede acreditarse que la actividad física tiene efectos positivos sobre la cognición, la memoria, el ánimo, la capacidad de atención, la memoria de trabajo, etc. Estos beneficios se producen no solo en aquellas personas sanas, sino también en pacientes que ya cursan alguna enfermedad, incluso degenerativas como Alzheimer y Parkinson.

Dependiendo de la patología, explica el doctor Reyes, el deporte puede incidir más significativamente en la evolución. Por ejemplo, en los trastornos de ansiedad el efecto ansiolítico del ejercicio rutinario es significativo y puede ayudar a disminuir el uso de fármacos e incluso reemplazarlos.

Salud lenta: pero segura.

Tampoco debe exagerarse con el deporte, no se trata de convertirse en expertos fitness. El ejercicio es una actividad que estresa al cuerpo y si la persona se sobreexige, solo logrará aumentar los niveles de angustia mental y emocional en vez de combatirlos. Una intensidad moderada de ejercicio constante en el tiempo es equivalente a una dosis básica de ansiolítico. Los ejercicios cardiovasculares de baja y moderada intensidad como caminatas, trote suave y bicicleta son los ideales para este fin. La práctica de yoga y Pilates es muy beneficiosa también porque incorporan la meditación y la relajación, lo que ayuda a disminuir la carga de estrés. 

El doctor Venegas recalca que “el mayor salto cualitativo se da cuando se pasa del sedentarismo al movimiento moderado”, asegurando un resultado positivo para el paciente en el corto plazo. Incluso, inmediatamente después de la actividad física ya puede experimentarse una sensación de bienestar anímico.

Con todo esto queda claro que la próxima vez que se requiera abrir el botiquín para controlar un estado ansioso, la mejor opción es ponerse las zapatillas y comenzar a moverse. Los beneficios no se harán esperar y el cuerpo lo agradecerá.

Riesgos del consumo prolongado.

En el largo plazo los ansiolíticos producen rigidez de las estructuras cerebrales, por eso se desestabiliza el cerebro cuando se suspende el tratamiento, ya que el cuerpo humano es incapaz de almacenar los químicos de los fármacos.

También su ingesta está asociada a problemas de memoria, disminución de la capacidad cognitiva, baja concentración, dificultades para conciliar el sueño. En algunos casos se puede apreciar una disminución de la libido o impotencia, y en otros puede producirse un aumento de peso, aunque el efecto secundario más peligroso es el potencial adictivo del fármaco. En muchas ocasiones acaban cronificando la ansiedad, como esta se alimenta de nuestros miedos y pensamientos, si al más mínimo síntoma se recurre a una pastilla la persona se hace más sensible a los síntomas de la ansiedad. Por lo que cada vez la tolera menos.

Pero eso no es todo, un estudio realizado por el Instituto Nacional de la Salud e Investigación Médica de Francia (INSERM) y la Universidad de Montreal, reveló que tomar ansiolíticos de forma frecuente puede aumentar en un 50% el riesgo de padecer Alzheimer.

Ansiolíticos naturales. 

En la naturaleza siempre se pueden encontrar plantas cuyos efectos medicinales son muy conocidos. Y como no podría ser menos, también existen determinadas especies que ayudan a calmar la ansiedad; podrían considerarse ansiolíticos naturales. Estos son algunos:

- Lavanda: como infusión es útil para calmar los nervios, equilibrar el sistema nervioso, reducir la ansiedad y el estrés. Ayuda a descansar mejor por las noches.

- Melisa: es una opción reconocida para reducir tanto la ansiedad como el estrés, y calmar los nervios de forma natural.

- Manzanilla: su acción ansiolítica no es tan potente como otras plantas, pero es adecuada cuando se está bajo un estado nervioso y es necesario calmar el estómago.

Para aprovechar estos beneficios lo mejor es elaborar una infusión a partir de la cocción de la planta seleccionada. En general se recomienda utilizar una taza de agua y una cucharadita de hierba por infusión. Se deja hervir el agua y al apagar el fuego, añadir la planta, tapar y dejar infusionar durante 10 minutos. Colar y tomar.