Es el cumpleaños de Rodrigo, mi marido. La música nos envuelve y las copas chocan a su propio ritmo. En medio del festín, una amiga me desliza que viajará a Estados Unidos y me hace un ofrecimiento tentador. La escucho y retengo la instrucción clara, precisa: “¿quieres que te traiga bases para el aerógrafo que Pato te trajo de Los Ángeles? Mándame un mail con la lista”.

Indeleble (como escrita a fuego), la frase me persigue en las semanas posteriores. Pero las grabaciones, reuniones, el repaso de la prensa, las salidas “al aire”, los tweets, los asados y la necesidad impostergable de dormir, me impiden completar la conveniente misión.
