Son las 7:30 am. Estoy con los ojos abiertos hace más de una hora. Faltan unas 12 horas para el partido y los nervios y la tensión no me dejan dormir más. Lo complicado es que esta sensación seguirá creciendo.
Nos vamos en el mismo bus que los sparrings: los 14 jugadores de las categorías juveniles que viajaron a Sudáfrica para entrenar con la Selección. ¡Hay ambiente mundialista!
Me gusta viajar por tierra. Es más simple que el aeropuerto y sus aviones que a veces no despegan. Se ve el entorno todo el tiempo, hay más amplitud, a mí me permite una conexión mayor. Hoy completo 12 días extraordinarios, hay algo de melancolía porque pronto regresaré, por los que se quedan acá y por la emoción del reencuentro con mis mujeres.
Luego de ver Chile –España, el agotamiento es total! A veces creo que el sufrimiento agudo y crónico (que paradoja, pero así es no más) se va a acabar y vamos a poder llegar como argentinos y brasileros, cancheritos y asegurados. Pero nunca es así. Siempre es con angustia, pese a haber ganado dos partidos seguidos, rendimiento perfecto, jugando muy bien, cabros convencidos de lo que hacen, entrenador topísimo, dirigentes a la altura.
No fue un bonito partido, la verdad. Logramos contrarrestar el inicio de los españoles, incluso llegar con más peligro que ellos. Hasta que pasó lo que pasó. Para no creerlo. En un Mundial, un equipo como este, cometer esos dos errores. ¡¡¡Ufffff!!!!
Ahora viene Brasil. En dos partidos seguidos nos enfrentamos al primero y segundo del mundo. Nacidos para sufrir. No importa, porque siempre queda el orgullo… un millón de veces el orgullo.
*Los despachos desde Sudáfrica se hacen por medio de telfono Nokia N97.
Impotencia, rabia y depresión… qué difícil vivirlas todas juntas. A las 3 am de ayer, en Namibia falló el charter que nos iba a llevar a Port Elizabeth. No hubo opciones, ni plan B. ¡Estoy en Sudáfrica para ver a Chile en el Mundial y voy a ver el partido por televisión, enterrado en Nelspruit!. No lo puedo creer.
Estamos a punto de empezar y la cosa ha ido mejorando. Después de la peor pasada por un aeropuerto de toda mi vida, el drama empieza a quedar atrás y el ánimo mejora. Somos 100 personas en el comedor del Ingwenyama viendo el partido en una pantalla gigante. En realidad es un telón. Por ahí está Andrea Tessa, Marcelo Salas, Fernando González, Nicolás Córdova, algunos dirigentes y otras visitas ilustres… al final esto ha ido tomando un tinte tragicómico. De hecho, el himno lo cantamos como si fuera la última vez, con más ganas que nunca, como si estuviéramos en la cancha, de titulares. No obstante, no me alcanza. Sigo sin poder creer lo que sucedió.
El gol lo gritamos como en el estadio, también el anulado de Alexis Sánchez como si fuera cierto. Al final… el marcador a favor, los cantos, los abrazos. Hermanos en el dolor, pero también en el triunfo. El mejor bálsamo para limpiar la herida aún abierta.
Sigo en Nelspruit con todas las ganas, creyendo ciegamente en que esta selección va a ser historia. Ya la hizo, pero que va a seguir haciéndola.
¿Cómo te imaginas Africa cuando te hablan de este continente? ¿Qué dices acerca de ella cuando sale en la conversación? En mi caso he leído algo, he visto películas y entiendo unas pocas cosas de lo que pasa en política. Obviamente, después de sólo cuatro días en Sudáfrica, las nociones que guardaba no han cambiado mucho, pero sí he aprendido un poco más.
Entendí varios hechos que confrontan abiertamente mis juicios previos, casi todos en clave depresiva. Por ejemplo, Anver Versi, editor de una importante revista de negocios, responsabiliza a las agendas de las organizaciones caritativas de la imagen que los medios transmiten de Africa: “continente negro”, “lleno de miseria, atraso, hambre y desesperanza”. Y reclama planteando que es fruto de los resabios colonialistas.
Es como si le dijeran a Bono (líder de U2) y a muchos otros: “tu caridad nos hace más mal que lo que nos ayuda”. Serían fuertes declaraciones contra un ícono de lo politicamente correcto. Y fuertes declaraciones contra la imagen que muchos de tenemos de este continente.
El orgullo, la Roja, la alegría y el nervio….todo mezclado una hora y media antes del inicio. Ya están en la cancha Bravo, Marín y Pinto, los tres se preparan. Nosotros en las tribunas gritamos, saltamos, pura emoción. Esto es increíble, las cosas que provoca el fútbol a quienes somos fanáticos son impresionantes. Y esta selección nos mueve aún más.
Mientras más se acerca el inicio, mientras menos falta para el himno nacional, esto se va poniendo peor. Ya le advertí a varios que si me ven llorar… no me jodan! Esto es muy fuerte.
¡¡¡Ahora salen todos!!!! Están los 11 en la cancha y somos miles en las tribunas sudafricanas. La Roja de Chile. Las palabras no alcanzan…imposible que alcancen. El orgullo, la selección, la alegría y el nervio….mil veces lo mismo.
Comienza el partido y tenemos tranquilidad porque el dominio es unilateral y ya hicimos el primero. Nos quedan 45 minutos, queremos ganar y queremos muchos goles mas. La Roja que más nos gusta es esta: frontal, agresiva, goleadora. Finalmente, después de 60 años: el triunfo. Ahora vamos por Suiza!!!
Hasta la próxima entrega a orilla de la cancha en Sudáfrica!

*Los despachos de Sudáfrica son enviados por medio del teléfono Nokia N97.
Cuando ustedes lean esta primera columna, estaré escribiendo la segunda entrega después del partido de Chile. La diferencia de horas no ayuda en esta tarea.

Llegué ayer. Por fin en Sudáfrica!!! Finalmente puedo cumplir un antiguo sueño: conocer este continente. Y lo hago en el increíble contexto de la Copa del Mundo, en la que Chile se ha ganado el derecho a ser protagonista. En lo personal, me suma que mi hermano Harold cumple un rol fundamental en esta nueva aventura del fútbol chileno. Una fiesta que hubiera sido perfecta si mis mujeres estuvieran aquí. De todos modos somos varios los que estamos reunidos en un mismo lugar gracias a esta celebración. No es menor…. nada menor.
Todo empezó el lunes a las 4:40 am, cuando tomé el vuelo a Sao Paulo. Una escala de 6 horas y abordamos el avión de South African. En el primer tramo, la Marea roja era incontrarrestable, a tal punto que el piloto nos pidió que volviéramos con la copa.