Los ánimos están caldeados. Las encuestas cada vez más bajas –elija usted si quiere medir al gobierno o a la oposición, poca diferencia hace–, la ciudadanía cada vez más descontenta, las protestas cada vez más violentas, y así.
En medio de todo, el Loto. No la planta acuática, no. El juego de azar, ese que se acumuló durante 20 sorteos para terminar repartiendo alrededor de $8.000 millones, cerca de $5.500 de ellos a los 6 aciertos. El tema de conversación cambió. “¿Jugaste Loto?” y “¿Qué harías si te lo ganaras?” deben haber sido las preguntas más recurrentes por estos días. En el metro, las oficinas, en la casa, muchos soñaron –bah, soñamos– con los miles de millones. Mentalmente los gastamos, si no todos, buena parte de ellos. Casas, viajes, autos, pagar deudas. Cada uno tenía asignada la plata a su manera.
Materialismo, puede ser. No faltará quien diga, sobre todo en estos días, que los sueños que valen son otros, como soñar una educación gratuita y de calidad, mejores oportunidades y un largo etcétera de deseos altruistas, que incluye el inmortal “paz en el mundo” de las misses (world peace in english). Lindos anhelos todos, pero no me van a negar que soñar con asegurar el futuro propio y de un par de generaciones gastando una luca es maravilloso.
Y ahí estuvo todo el país, viendo cómo los noticiarios mostraban en directo el sorteo. Todos revisando los números, todos decepcionándonos. Casi todos, en realidad. Al fin, y luego de 20 sorteos sin un ganador, el pozo se fue. Un solo ganador, que jugó en Quilpué, y que se llevó más de cinco mil millones de pesos. ¿En números? $5.000.000.000. Son varios ceros, ¿no?
Ojalá se lo hubieran ganado unas 5 personas. De a mil millones por nuca igual se soluciona la vida, y no es uno solo el beneficiado. Pero ya ven, así es la suerte. No es cosa de preferencias o deseos, sino de suerte. Azar. Ese que determinó que todo el premio se lo llevara una sola persona.
Nosotros, los demás, nos levantaremos como siempre. La vida sigue. Seguiremos trabajando, pedaleando con las cuentas, sufriendo a fin de mes algunos, ahorrando lo que se pueda otros. Podremos, cuando queramos, gastarnos algunos pesos en el juego de azar de nuestra preferencia, y tener algunos días para volver a soñar. También, por qué no, podemos soñar sin gastarnos esos pesos. Total, soñar es gratis. Sí, hay cosas gratis en esta vida. Aunque algunos digan lo contrario.