De todas las afirmaciones de James Hamilton aquella noche en Tolerancia Cero, una en particular se instaló en mi mente: muchos sacerdotes abusadores de menores gozan de impunidad. Me consta que es cierto. Afortunadamente, para saberlo no tuve que padecer un calvario semejante al suyo, ni tampoco puedo decir que lo viviera alguno de mis compañeros del liceo Parroquial de Maipú, allá por los cada vez más lejanos años 80, aunque dadas las circunstancias, no metería las manos al fuego.
Recuerdo con especial cariño a varios sacerdotes que conocí, a pesar de que los italianos que mandaban eran unos moralistas recalcitrantes (el padre Carlo le caía a golpes a los pololos que sorprendía de la mano por los patios en el recreo), nunca me obligaron a confesarme o a comulgar, aceptaron que no hiciera la Primera Comunión y hasta me alentaron respetuosamente cuando revelé que de la Biblia me había pasado a los clásicos y de ahí a los místicos y que al fin me había hecho librepensador y cínico.
Todos sabíamos de los comentarios, eso sí. Habladurías poco claras, rumores indirectos, cosas que pasaban en otros lugares, a otros niños, con otros curitas ‘manilargos’. Uno sabía que tenía que estar atento, pero no lo pensaba todo el rato. Nunca vi nada pecaminoso, aparte de los furtivos tragos que los presbíteros se procuraban cada vez que podían, cosa que a decir verdad me pareció ya entonces de lo más lógico, considerando sus vidas solitarias y desprovistas del ‘placer divino’.
A pesar de mi buena experiencia, sé que es cierto que existen sacerdotes abusadores de menores, cuyos crímenes burlan el castigo, amparados por altas autoridades de la Iglesia dispuestas a invertir el dinero y poder necesarios para acallar a las víctimas y recomendar al criminal un período de reflexión, en lugar entregarlo a la policía. Conocí un caso y aunque el tiempo me ha privado de los nombres y los detalles, recuerdo lo suficiente para saber que lo que dijo Hamilton es cierto.
Fue a principio de los 90. Yo trabaja en el diario La Tercera y una mañana me llamó el director, Héctor Olave, a su oficina, y me contó que había recibido la llamada de un papá de Pudahuel, cuyo hijo había sido abusado por un cura y estaba dispuesto a llegar a las últimas consecuencias para exigir justicia. Me envió a investigar en misión secreta. Era una familia humilde, con varios niños, mamá asesora del hogar, padre albañil o algo así. El hijo preadolescente asistía a la catequesis de la parroquia cercana y tenía gran afecto por el sacerdote, quien le dejaba usar sus propias zapatillas para salir a ‘tirar pinta’.
Al poco tiempo el sacerdote había sido trasladado a Til-Til y el joven comenzó visitarlo los sábados. En uno de esas aceptó su invitación a quedarse hasta el otro día. Dormiría en la habitación de huéspedes. Esa noche el sacerdote decidió que su pequeño amigo le debía algo por todas las veces que le había prestado las zapatillas y fue a hacerle una visita.
¿Qué ocurrió realmente? La víctima no se atrevía a decírmelo, el papá lo explicaba con un “piensa lo peor”, la mamá, con un llanto ahogado. El teniente a cargo de la unidad de Carabineros de Til-Til, a la que el niño concurrió a denunciar a su cura amigo, me sacó de las dudas, cuando me permitió leer el parte de aquella noche: sacerdote detenido acusado de abuso sexual. Se constataron lesiones de la víctima, también golpes recibidos por el victimario en la posta local. Antecedentes remitidos a los tribunales.
Solo bastaba que esa denuncia se ratificara ante un juez y sería tema de portada. Llegado el día D, el papá se presentó solo en los tribunales de calle Compañía, pasó a mi lado sin detenerse, se entrevistó con un actuario y luego salió por una puerta trasera. No presentó cargos. El director del diario cortó por lo sano: no hay denuncia, no hay noticia, caso cerrado, olvídate del tema. Pero no lo hice.
Mi instinto me llevó de regreso a la casa de aquella familia, sólo una semana después de la última visita: se habían mudado. Seguí averiguando, haciendo llamadas. En Til-Til había un nuevo párroco, el abusador había partido a Europa, premiado con una beca y un período de reflexión.
Tal vez por mi inexperiencia, porque era un pueblo demasiado chico, o bien porque el infierno nunca es suficientemente grande, alerté de mis averiguaciones a la Iglesia y un importante prelado me llamó para sugerirme que hiciera caso a mi jefe. Por mi bien, porque mi carrera prometedora podría dañarse si creía y repetía cualquier mentira inventada por gente interesada en dañar a la Iglesia, dijo. Resignado y asustado, me dediqué a otras cosas.
Meses después me visitó sorpresivamente el muchacho. Llevaba unas zapatillas geniales. Dijo que le daba lata que mi preocupación quedara en nada y sobre todo, saber que lo que el padeció no le importaba a nadie, ni siquiera a su papá, excepto a mí. Una casa nueva y un taxi no eran compensaciones suficientes para él. Pero bueno, ahora que se había desahogado podía seguir en paz. Me hizo jurar que no publicaría una palabra. ¿Cómo podría hacerlo, si nadie estaba dispuesto a decir esas cosas entonces?
A veces la verdad de otro, logra que la verdad de uno también decida abrirse paso hacia la luz. Eso sí, nadie puede esconderse de su propia conciencia. No se hizo justicia, pero sí es justo saber que donde quiera que se encuentre este ex párroco de Til-Til, desde el espejo un niño inocente lo mirará toda la vida con sus propios ojos.