Ayer me puse pestañas postizas. Un arrojo de personalidad. Pero también de humor porque la avalancha de risas y humillaciones que vinieron después, exigían cuero duro. Fui con una amiga. Claramente, ninguna de las dos somos del perfil tipo “postizos”.
Partió ella. La espera era larga. Una mujerona gorda de manos amplias ofreció un ‘masaje capilar’ para ocupar el tiempo. Obvio, después de agarrar con cierto desprecio una mecha y lanzarme un ‘mmmm, bien abandonao este pelito, ¿pasemos?’. Como oveja al matadero cedí. Feliz de ‘ocupar el tiempo’, pienso. Cuento corto, alcancé a peinarme y hacerme las manos. Incluso a ponerme un poco nerviosa de lo que estaba ocurriendo en ese box… ¿Por qué llevaba una hora encerrada si nos dijeron que media hora cuando mucho?
Se abrió la puerta. Salió la Silvia. Lloraba como Magdalena. Ojos rojos y chicos. “Le puse pegamento del bueno, arde un poco pero le dura tres semanas”, lanzó ante mi mirada la ‘profesional de la estética’. Cuando finalmente logró abrir los ojos… ¡Qué ojos! Un cambio notable aunque todavía bajo el efecto del dolor…
Mi turno. Algunas lecciones del ‘caso Silvia’: Primero, pegamento sin lágrimas, aunque dure una humilde semana (total, pienso, son solo $7.500… Y ¡no duele! Pero duran poco, es verdad, debo confesar que hoy en la mañana había un par de cadáveres en mi almohada). Segundo: Menos pestañas largas intercaladas —dan un look muy teatral—, y más en ‘ramitos’ —definitivamente pasan más piolas—. Noto que a la experta le da lata tanto requerimiento. Como no hay lágrimas, el trabajo avanza a paso firme. A la media hora, ¡caso cerrado! Nada que hacer, la mirada felina y yo, somos una. Vergüenza ajena… Cómo volver a la oficina, sostenerle la mirada al marido, aguantar los comentarios de los niños, la burla socarrona de la amiga…
